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gastronomía fallera

Churros rosas

¿Alguien ha comido uno de esos churros de color de rosa que venden en esas paradas de Fallas de nombres tan exóticos como Dennys Canuto, o Johnathan P, quiero decir por voluntad propia sin que forme parte de alguna tortura o de una apuesta etílica y salvaje a altas horas de la madrugada?

Por | 16/03/2018 | 3 min, 3 seg

Yo creo que no le gustan a nadie, no pueden gustarle a nadie. Nadie en su sano juicio va y dice póngame un churro de los rosas, de los cremosos y radiactivos, fritos con aceite de camión ecológico. Es imposible, como no cerrar los ojos al estornudar. Imposible.

Y sin embargo, ahí están, año tras año, resistiendo inverosímiles desde el craso rosa.

Recuerdo aquel lejano placer infantil ante la bolsa de chuches, ante esas cocacolitas ricas, y ácidas, ante esas moras, rugosas por fuera como lenguas de gato, tiernas y dulces por dentro como vientres de gato. Y luego estaban las nubes, también llamadas jamones, también llamadas gomas repugnantes y empalagosas, destinadas a permanecer en el fondo de la bolsa, intactas. No sé por qué no las tirábamos, tal vez era un sacrilegio tirar chuches, tal vez las guardábamos para momentos de extrema escasez que seguro no pertenecían a esa infancia ni probablemente a esta vida. En algún lugar habrá un arsenal de nubes abandonadas.

Yo no entendía que existieran si no le gustaban a nadie. Pero a nadie.

Como las guindas del pastel, como la fruta escarchada del roscón, como la fruta escarchada en general, como las manzanas de caramelo en particular, nunca vi a nadie en particular comerse una manzana de caramelo, como las palomitas multicolores dulces, como los garbanzos de los surtidos. ¿Para quién existen, para quién son?

Pues bien: ayer lo conocí, ayer estuve con el único hombre de España y probablemente del mundo al que le gustan los garbanzos de los surtidos, “son lo mejor”, y no solo los garbanzos “las habas también me encantan”, confesó sonriente, como de pasada, como si estuviera confesando una estafa o una infidelidad.

Supe que no pertenecía a este planeta, que era un ser venido de otro mundo, tal vez un ángel porque era muy guapo.

Claro que un solo ser no justifica todo un lobby del garbanzo torrao, no sella esa grieta sospechosa en este capitalismo perfecto. 

Pero me hizo pensar si existen alimentos objetivamente mejores, y otros que deberían ser eliminados de la faz de la tierra, lo que me conduce al fascismo a poco que me descuide.

Claro que resulta improbable que todo el mundo piense como yo, aunque es extraña esta posibilidad teniendo en cuenta que yo soy la normalidad.

Por eso he decidido que aceptar que los otros se equivocan, que eso es democracia, no, espera que no era así, he decidido que aceptar la enorme diversidad de nuestra sociedad,  que eso es democracia, no, tampoco, que diversidad es una palabreja plástica de laboratorio, he decidido que tratar de comprender al otro, hacer un esfuerzo por ponerme en su piel, que eso es democracia. Hum, tal vez sobra la palabra democracia.

He decidido que tal vez la única razón por la que vale la pena este viaje solitario es por poder colarse siquiera unos instantes en otra piel, aunque sea para que se te llene la boca de garbanzos resecos. Y me están entrando ganas de echarme a la calle y comerme un churro rosa, a ver si veo un unicornio o una ciudad arder en forma de viñeta.

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