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Ciencia y porno: la extraña pareja

Aunque es evidente que el cine erótico tiene más adeptos que la divulgación científica, a veces sus caminos se cruzan y van más allá de la ‘sexy’ profesora haciendo su numerito frente a una pizarra llena de números

17/10/2020 - 

VALÈNCIA. Son los principios de los años noventa. Maradona da positivo en un control antidoping, nace Justin Bieber y en un convento de València aparecen tres películas antiguas. Estos tres hechos, que son totalmente independientes, también podrían competir entre ellos por ser el más sórdido. Y si bien los dos primeros son de dominio público, cómo acabaron tres de las películas pornográficas del rey Alfonso XIII en una iglesia es un misterio. 

Estas tres películas centenarias formaban parte de la gran colección que llegó a tener el bisabuelo del actual rey, que a través del conde de Romanones contrató a prostitutas para ser filmadas mientras mantenían sexo en situaciones de lo más variadas. Este hecho, que a priori podría parecer una anécdota más, sirve como ejemplo para ilustrar que el interés por plasmar el erotismo y el sexo de forma explícita viene de antiguo. Y es que, en lo que a enseñar cacho se refiere, los seres humanos han sido siempre muy imaginativos. Desde las representaciones de gente practicando sexo en excelsas orgías en los milenarios templos hindúes de Khajuraho a La maja desnuda de Goya a finales del siglo XVIII. Ahora bien, la industria erótica ha cambiado mucho desde que la realeza ejerciera de productora del cine erótico patrio, y en ese cambio  —tanto para bien como para mal— la ciencia ha tenido mucho que ver.

«La primera escena que rodé fue por sorpresa. Yo contacté con un actor que estaba en València y pensé que íbamos a hacer una entrevista normal y corriente, no que fuera un encuentro para comenzar a rodar. Es decir, que no tenía las pruebas hechas, aunque se rodó con preservativo».

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Así fue la primera experiencia de Loulou Bonnet —conocida anteriormente como Lulu Pretel— con el cine erótico. Ella es una actriz erótica valenciana con una amplia trayectoria en el sector. Y en concreto, se refiere a las pruebas para enfermedades de transmisión sexual. «Ahora normalmente se rueda bastante con preservativo, pero aparte también se hacen las analíticas para VIH, hepatitis B, gonorrea, gonococo, clamidia y algunas más», matiza.

Ver, oír y casi tocar

Este tipo de pruebas son uno de los mejores avances que ha traído la ciencia al cine para adultos, ya que no hace tanto tiempo que la pandemia del sida (producida por el VIH) se llevó por delante en los ochenta a una treintena de estrellas del porno, haciendo peligrar el sector. Estas pruebas se fundamentan en la técnica PCR, muy de moda actualmente por culpa del coronavirus. En resumen, unas proteínas llamadas polimerasas permiten copiar el material genético presente en la muestra gracias a unas cosas que en la jerga genética se conocen como primers, y que no son otra cosa que pequeños trozos de ADN que coinciden con fragmentos del patógeno a identificar. Si la polimerasa continúa copiando a partir de ese fragmento significa que el actor está infectado, por lo que no podría trabajar hasta estar recuperado.

Más allá de mejorar los aspectos sanitarios en los platós del cine para adultos, los avances científicos han permitido innovar mucho desde que Alfonso XIII ejerciera de productor pornográfico, sobre todo en las técnicas de filmación.

«Ahora se rueda bastante con preservativo, pero también se hacen las analíticas de VIH, hepatitis B, gonorrea, gonococo...»

De hecho, la realidad virtual y el cine en 3D también han llegado al cine erótico. «En una escena que rodé el actor llevaba puestas unas gafas con las que me grababa. Luego el espectador podía verlo todo en tres dimensiones como si estuviera dentro de la escena. En otra película unas cámaras fijas grababan todo el plató. Se podía hasta pasear por la sala desde el ordenador. Era como estar allí mismo», detalla sobre unas técnicas que nacieron gracias al estudio científico de la visión humana. Y ahora hay plataformas de contenidos para adultos dedicadas en exclusiva a este nuevo formato.

Para entender estas técnicas es necesario saber que los ojos reciben por separado la luz que reflejan los objetos, y como están en lugares diferentes de la cara la imagen que obtiene cada ojo no es la misma. Y no solo eso, sino que el cerebro junta las dos imágenes para dar la sensación de ver en tres dimensiones. De hecho, cerrando uno de los ojos se pierde totalmente la sensación de profundidad. Lo que hacen las películas tridimensionales tipo Avatar (James Cameron, 2009) es ofrecer una imagen diferente a cada ojo para que el cerebro las junte e interprete como algo totalmente tridimensional. En realidad la pantalla proyecta las dos imágenes al mismo tiempo, pero el secreto está en las gafas que se usan en el cine 3D, que están polarizadas para que cada una de las lentes solo deje pasar una de las imágenes. 

De este modo, los ojos y el cerebro son engañados para dar la sensación de estar viendo lo que ocurre como si realmente se estuviera delante. Eso es lo que pasa en el cine 3D, pero la realidad virtual es algo más compleja, aunque se utiliza el mismo principio biológico para engañar al cerebro. La diferencia es que las gafas de realidad virtual proyectan de forma activa mediante dos pantallas imágenes a cada uno de los ojos, y en función de cómo se mueve el espectador, la imagen se mueve con él, dando la sensación de estar en directo y poderse mover por el plató.

Ahora bien, estas técnicas aún suponen una parte marginal para la industria del porno, aunque auguran un futuro de nuevos formatos que cada vez utilizarán más la tecnología y la ciencia para mejorar la experiencia de los consumidores. 

Elige la pastilla azul

«A lo largo de una escena, mantener la erección durante un buen rato puede ser complicado. No todo el mundo podría hacerlo». Loulou simplifica en una frase el gran problema a la hora de pensar en dedicarse al cine para adultos, sobre todo para un hombre. Fingir placer o excitación es posible, pero hay ciertas reacciones biológicas que son difíciles de conseguir, sobre todo delante de una cámara, con focos alumbrando y un director dando órdenes. Pero el médico Giles Brindley, en 1983, estaba a punto de darle al cine erótico la solución. Y aunque parezca mentira, su presentación en el 78º Congreso Anual de la Asociación de Urólogos Americanos sería calificada por muchos de los asistentes como un auténtico espectáculo erótico. 

Tal vez un congreso de urólogos no parezca el sitio más interesante del mundo, pero tal cual explicó el British Journal of Urology, uno de los asistentes se dio cuenta de que algo iba a pasar durante un encuentro que tuvo con Brindley justo antes de que el médico realizara su ponencia. Lo primero que le llamó la atención fue que el hombre llevaba una caja de puros en la mano y vestía un chándal de deporte, un atuendo muy poco recomendable para asistir a un congreso médico.

Cuando Brindley comenzó su ponencia dijo que tenía pruebas de que algunos compuestos químicos vasoactivos tenían una gran importancia en la erección del pene —un compuesto vasoactivo ensancha o encoge los vasos sanguíneos—. No obstante, Brindley era un experimentador y dijo que podía demostrarlo. Según confesó allí mismo, había estado inyectándose en su pene esos compuestos para probar su teoría, sacó de su caja de puros unas cuantas diapositivas y mostró imágenes de su propio pene después de dichas inyecciones. 

Ahora bien, él mismo reconoció que era difícil saber si sus erecciones se producían por la estimulación de tocarse el pene para inyectarse, así que hizo su segunda confesión: se había inyectado justo antes de bajar por el ascensor. También argumentó que nadie podría pensar que una charla sobre urología pudiera excitar a nadie desde un punto de vista sexual, y haciéndose a un lado dejó ver su chándal: donde antes no había nada ahora tenía una gran erección. Pero la audiencia se mostró escéptica, y ante la duda de los asistentes, decidió quitarse el chándal y los calzoncillos. Mucha gente comenzó a huir de la sala y finalmente Brindley se subió los pantalones orgulloso de su descubrimiento. 

Este pequeño espectáculo dio paso a lo que hoy conocemos como viagra y, teniendo en cuenta que la duración normal de una erección puede estar en torno a los diez minutos, y que algunos rodajes eróticos pueden prolongarse horas, tal vez la famosa pastilla azul haya sido una de las más grandes aportaciones de la ciencia a la hora de facilitar el trabajo de los actores porno. Aunque, tal vez, la relación más interesante entre el cine erótico y la ciencia vaya en la otra dirección: los intentos de censurar la pornografía con supuestos argumentos científicos.

Las falacias argumentales

Dicen que el órgano sexual por excelencia es el cerebro, y de esto podría hablar ampliamente Raj Redlich, nombre artístico de un científico que trabajó en neurobiología —actualmente lo hace en bioinformática— y además compagina todo ello con shows eróticos a través de webcams. «Comencé en ese mundo cuando volví de Alemania después de abandonar el doctorado que estaba haciendo». No obstante, en los últimos años este investigador y modelo webcam se ha centrado en el activismo a favor de los derechos de los trabajadores sexuales y en desmentir creencias arraigadas en la sociedad. «Principalmente se trata de dos ideas que intentan atacar al porno. La primera es que el porno produce adicción, la segunda que genera violencia».

Sobre la adicción al porno, Redlich explica que «puede haberla, como puede haber adicción a cualquier cosa. Si tenemos en cuenta que aproximadamente el 80% de los hombres ven porno, y aproximadamente el 50% de las mujeres, y que la adicción al porno no es un problema epidemiológico en nuestra sociedad, es fácil ver que son argumentos sacados de contexto».

«Hay dos ideas que intentan atacar al porno. La primera es que produce adicción; la segunda, que genera violencia»

El científico y activista argumenta que estas ideas provienen de algunas investigaciones que se han publicado al respecto y que fueron tergiversadas, y cita especialmente algunos estudios de neurobiología que, cuando llegan a la prensa, ofrecen titulares bastante cuestionables. Uno de ellos, publicado por el Huffington Post, tenía por titular «Ver porno infantiliza el cerebro», y más allá de parecer un panfleto abolicionista del erotismo gráfico, defendía que el porno daña la corteza prefrontal del cerebro. Además, la autora lo justificaba con un artículo científico. «Lo curioso es que ese estudio hablaba de personas con adicción a la pornografía, no de consumidores de porno. A ese nivel, los efectos neurológicos son los mismos que los que presentan el resto de adictos a cualquier cosa. Están midiendo efectos graves vinculados a la adicción a la pornografía, pero en ningún caso son efectos provocados por el propio consumo de pornografía». 

En resumidas cuentas: que las adicciones son dañinas es algo que nadie discute, pero que el porno sea más adictivo que el chocolate, el Tetris, las apuestas, los móviles o las películas de vaqueros no está fundamentado en la evidencia científica. Ni qué hablar de la misma comparación con otras sustancias de amplio consumo como el alcohol o el tabaco, ya dañinas por sí mismas y sin necesidad de generar adicción. Además, ¿qué se puede considerar como un consumo excesivo? ¿Cuándo ocurre el daño? ¿En qué punto nuestro cerebro comienza a desarrollar síntomas de adicción? Es casi imposible dar una respuesta, y en todo caso las mismas preguntas podrían hacerse sobre cualquier otro producto de consumo. 

¿Y qué hay respecto a la violencia? Redlich argumenta que «cuando se hacen estudios de consumo de pornografía entre agresores sexuales, efectivamente puede ocurrir que consuman porno más violento que la media, pero esto no quiere decir que ver porno les convierta en agresores sexuales; porque algo esté relacionado no quiere decir que sea la causa». De hecho, lo que puede estar ocurriendo es justamente lo contrario, que la gente con tendencias violentas acuda a contenidos violentos. Este debate ya es antiguo y falacias similares se han usado para atacar a los cómics y los videojuegos. El argumento utilizado siempre es el mismo, que pueden provocar un aumento de la violencia. Pero, en ese caso, ¿cómo explicar que los índices de agresiones sexuales en países donde la pornografía es ilegal —o donde no es de consumo amplio— sean igual o más altos que la media? 

Redlich opina que detrás de los ataques contra la pornografía muchas veces hay intereses políticos, aunque también que «los lobbies que se oponen a los trabajos de índole sexual, practicados de forma libre, son diferentes en cada país. Por ejemplo, en Estados Unidos suelen ser los conservadores quienes se oponen a la pornografía, pero en España suele ser algo más centrado en la izquierda, que por ciertos sectores del feminismo no se la ve con buenos ojos». 

No quedan tan lejanos los días en los que el estudio científico del sexo era considerado por la academia como una excentricidad, y actualmente se dan casos de redes sociales censurando desnudos pintados en el s. XVIII. Mucha gente, guiada por esa repugnancia a lo erótico, intenta atacar el porno en el nombre de la ciencia. Pero lo que muchos desconocen es que el ser humano, cuando por primera vez se levantó en una cueva para expresarse mediante la pintura, dibujó personas copulando. El sexo forma parte de la naturaleza del ser humano, y el porno es la expresión artística de esa naturaleza, desde las películas centenarias de Alfonso XIII hasta las modernas técnicas de realidad virtual. Y al final del camino, como ha sido siempre, el sexo y la ciencia se combinarán de increíbles formas que aún no se pueden ni siquiera imaginar.  

* Lea el artículo completo en el número 72 (octubre 2020) de la revista Plaza

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