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“Cumbres borrascosas”, con comillas y osadía

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VALÈNCIA. Dice la cineasta Emerald Fenell que ella no ha hecho una adaptación de Cumbres borrascosas, sino “Cumbres borrascosas”. Con unas comillas formando parte del título, porque esa es su historia, la de Fenell, y no la de Emily Brontë. Es decir, “Cumbres borrascosas” es: lo que hay en la cabeza y la imaginación de la cineasta amalgamando el libro y lo que sintió al leerlo y luego al evocarlo + las adaptaciones cinematográficas y televisivas que ha visto y que, como nos pasa a todos, se mezclan inevitablemente con el original literario + su condición innegable de mito romántico incrustado en el imaginario colectivo y, por eso mismo, por ser un mito, exento de algunos matices que ahora todo el mundo reivindica. 

Con todo esto, Fenell ha hecho su película importándole un bledo el realismo, la coherencia histórica y, sobre todo, la fidelidad a la obra original, porque a lo que es fiel a su propia visión y a lo que para ella significa la novela. Y, francamente, nada que objetar a esto. La creadora, cualquier creador, puede hacer lo que le dé la gana con los materiales previos. Libertad creativa, se llama eso. Que luego el resultado guste más o menos es otra cuestión. Y sobre gustos, ya se sabe. Así que, si no te gusta, qué le vamos a hacer. Esta es mi historia, pensará Fenell, y ahí tienes unas cuantas versiones más, de todo pelaje y condición, para entretenerte: la del Hollywood clásico; la de Buñuel, tan buñueliana, claro; la de Andrea Arnold que es una gran película, por cierto; la de Ralph Fiennes y Juliette Binoche, tan correcta, convencional y entretenida; varias series de televisión y una canción legendaria de Kate Bush

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Así que Fenell ha creado su mundo de fantasía, porque fantasía es para ella Cumbres borrascosas, un “quiero que todo sea bonito, aunque la historia sea atroz y sus protagonistas dos personas terribles”: dos de las estrellas más atractivas del momento, que, oye, ya que puede elegir, no se va a conformar con menos que dos seres bellísimos que, además, son buenos intérpretes; un vestuario completamente incongruente pero fastuoso y fascinante; imágenes impactantes y arrebatadoras, insufladas de un claro sentido de la maravilla; espacios de sueño o pesadilla según se tercie, claramente presentados como escenarios de un cuento gótico y pop a la vez. Está la casa del terror, las Cumbres del título, el lugar donde se crían Catherine y Heatcliff, que es oscura, siniestra y macabra. Está la mansión a donde va a parar Catherine huyendo de la miseria y el miedo, concebida como una casa de muñecas completamente artificiosa, irreal y no menos terrorífica; una prisión de oro. Y, por supuesto, tenemos ese páramo fantasmal y onírico. 

¿Que le ha salido desequilibrada y desigual? No hay duda. ¿Que a ratos funciona y a ratos no? Así es. ¿Que es muy bella, pero en algunos momentos parece carecer de alma? También, también. Pero, ¿que esto es cine autoral, por más comercial que parezca la operación y todo el marketing previo? Indudablemente. Esta es la película de Emerald Fenell, con las mismas ganas de provocar y no dejar indiferente que ya mostró en sus films anteriores, para bien en Una joven prometedora (Promising Young Woman, 2020) y no tan bien en Saltburn (2023), y el mismo manierismo estetizante. 

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“Cumbres borrascosas” y su goticismo entroncan con la vuelta de un cine de género fantástico o similar, que recupera los monstruos y los relatos de siempre con miradas contemporáneas que asumen el peso de la obra original y de todas las capas que le han sido añadidas con los años, a través de sus múltiples versiones y adaptaciones. Para ello exhiben un desacomplejado y exacerbado romanticismo estético que algunos llaman esteticismo, no digo que no, pero que es muy disfrutable: Frankenstein de Guillermo del Toro, la audaz extravagancia de ¡La novia! (The Bride!) de Maggie Gyllenhaal, Nosferatu (2024), de Robert Eggers. 

Les confieso que durante el visionado del film de Fenell iba fluctuando del “qué bello esto” al “pero vamos a ver”. Al final, aparte de constatar que no llega a algunas cosas que pretende, por ejemplo, en la expresión del deseo o en el hecho de que no siempre funciona la química entre los bellos actores, sí acabas convencida de que es una expresión muy personal, por mucho que haya un gran aparato de producción y mucho dinero detrás. 

No está sola Fenell en esta condición autoral y comercial a la vez, ni en el hecho de ofrecer películas desconcertantes y excéntricas. Tenemos la cartelera de los últimos tiempos llena de producciones relevantes de Hollywood, de esas que quedarán para el futuro, en esta línea: obras desequilibradas y hasta desquiciadas que nos desafían, capaces de fascinarnos e irritarnos a la vez. Obras, además, claramente autorales, como Una batalla tras otra (One Battle After Another), el título más reciente de Paul Thomas Anderson, llena de personajes estrafalarios e inverosímiles al límite, un ritmo cambiante y esos buenos veinte minutos de persecución, extraordinariamente rodada, sí, pero extemporánea. Ya hablamos el otro día de Los pecadores (Sinners), el sorprendente film de Ryan Coogler, y su condición de rareza inclasificable y amalgama de cosas inesperadas. Anora (2024), de Sean Baker. Joker: Folie à Deux (2024), de Todd Phillips. La vida de Chuck (2024), de Mike Flanagan, La sustancia (The Substance, 2024), de Coralie Fargeat. Y es que quizá estos relatos inarmónicos y descoyuntados reflejan en su estructura fragmentaria y su agresiva estética estos tiempos terribles que vivimos, gobernados por seres desquiciados casi inverosímiles, pero desgraciadamente muy reales.

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