VALÈNCIA. Como quien espera que envejezca un vino los años adecuados, ya se han cumplido diez años de la última vez que vi Los Soprano, Mad Men, The Wire y A dos metros bajo tierra. Los milenials y la generación Z me podrán decir misa, que como esto no ha habido nunca jamás nada parecido en la televisión. Hay explicaciones técnicas en las que hemos incidido una y mil veces de por qué estas series fueron la cumbre y por qué hoy no hay nada que indique una producción de este calibre vaya a repetirse. Pero no me importa, en este momento estoy volviendo a verlas y no volveré a hacerlo hasta dentro de diez años.
Necesito que pase ese periodo de tiempo para olvidarme lo suficiente y que la amnesia me permita volver a disfrutarlas. Lo cierto es que, conforme las voy viendo –he empezado por Los Soprano- me van volviendo a la mente los giros más importantes del guión antes de que se produzcan, pero no está nada mal. Tal vez por eso, precisamente, puedo estar atento a otros detalles y sigo descubriendo cosas nuevas.
He visto las andanzas de Tony Soprano más de diez veces probablemente, pero todavía hay detalles en los que no había reparado. Algunas ocurrencias de los guionistas hoy me parecen un tanto esperpénticas, son manipuladores y provocadores emocionalmente, se nota mucho que se gustaron más como parque de atracciones tanto como retrato veraz y profundo de la sociedad de su tiempo. Pero es lo que tienen casi cien horas de metraje, que cabe de todo y por eso la calificamos sin dudarlo de obra pluscuamperfecta. Toda una reflexión sobre la condición humana.
El regreso a esta serie es todavía mejor si lo acompañas con The Soprano sessions. Se trata de un ensayo curioso, vale más por los pies de página que por su texto principal, pero aún así es lo mejor que se ha escrito sobre una serie que también atrajo oportunismos editoriales de toda clase. Pero estos días, en los que se han cumplido 25 años de la emisión del episodio Pine Barrens, gracias a estas páginas puedes saber que David Chase se negó a que el capítulo tuviera resolución, aunque sus propios guionistas y el público le insistían en que eso no podía quedar así.
Recuerdo en la época cómo ardían los foros comentando que la serie acabaría con “el ruso” regresando para matar a Tony. También que Chase se inspiró en la tradición narrativa rusa en la que un personaje desaparece, pero que la idea original fue –como ocurre a menudo en la serie- fruto de un sueño de uno de los directores, Tim Van Patten, en el que Paulie y Christopher se perdían por la nieve.

- Sam DeCavalcante
U otros detalles como que no encontraron localizaciones porque los políticos de la región no querían que la serie dañase la reputación de sus condados. También, que durante el rodaje cayó una tormenta de nieve que modificó el guión, por eso los protagonistas no son capaces de seguir sus huellas. El actor Tony Sirico, muy metido en el papel de Paulie, se negó a que se le despeinara y, cuando finalmente aceptó hacerlo, fue insultando a los productores delante de todo el mundo. Y Tony, cuando se parte de risa al ver a Bacala vestido para ir al bosque, se rió de verdad, porque el actor Steve Schirripa hizo su aparición en la escena con un consolador –que no sale en cámara lógicamente- pero que le arrancó esas carcajadas reales.
Me encanta cómo David Chase se resistía a darle al público explicaciones lógicas y tramas cerradas. Esto donde más se notó fue en el último capítulo y su famoso fundido en negro. En su momento, para mucha gente el desenlace fue una basura, una decepción, un insulto. Ahora hay otra tendencia que asegura que Tony muere en esa escena. Se empeñan en demostrarlo con pruebas y tienen hasta un tic autoritario (digan lo que digan, Tony no muere, la escena se va a negro y nadie sabe qué pasa después porque no hay después), pero en este libro también se debate la escena y, aunque hay opiniones para todos los gustos, yo estoy de acuerdo con el crítico Matt Zoller Seitz, que cree que el corte a negro no mata a Tony, sino al espectador, que no necesita saber ya nada más. Ya hemos averiguado todo sobre Tony. No hay que cerrar el círculo ¡no tiene que ser aleccionador, ni tener moraleja, no tiene por qué concluir ¡No hace falta que sea “racional”!
Porque esa es otra ¿Qué tenía de realidad esta serie? ¿Era así la mafia de Nueva Jersey y Nueva York a principios de siglo? Para esas dudas está un libro aparecido hace dos años, The DeCavalcante Mafia Crime Family, publicitado como Real Sopranos, que cuenta la historia de una de las familias que inspiró la serie y amplía un documental que ya se emitió hace años, en 2006, de Thomas Viner. En los años 60, las primeras escuchas del FBI le arrebataron todo halo romántico a la mafia, en ellas lo que se escuchaba era a trabajadores agotados, jefes frustrados y saturados y, en definitiva, a empresarios estresados. Nada de glamur, una vida muy mundana, aunque fuera controlando el juego ilegal, el robo de mercancías y trapicheos varios. Los DeCavalcante fueron un caso paradigmático.
Los paralelismos más importantes con la serie vendrían por la rivalidad con Nueva York. A la familia DeCavalcante los llamaban “granjeros” por ser de donde eran. En la serie, Carmine Lupertazzi en una ocasión se mofa de que Tony y los suyos pretendan ser una familia, cuando no son más que una banda. En la realidad, Simone “Sam” DeCavalcante, que oficialmente se dedicaba a la gestión de residuos como Tony, luchó durante años para ser considerado la Sexta Familia, pero nunca llegó a conseguirlo plenamente.
A este hombre, apodado El fontanero, el FBI le colocó un micrófono en la cocina de su casa. Igual que a Tony, que se lo ponen en el sótano-ropero de su vivienda. En su caso, trascendió que sufría múltiples pesadillas por las barbaridades que había cometido y tuvo una vida extramatrimonial bastante generosa. Para Tony, también sirvió de inspiración Vincent “Vinnie Ocean” Palermo, que tenía un club de striptease, el Wiggles, un equivalente del Bada Bing. En su caso, su problema era que mantenía a dos familias y estaba completamente agotado de fingir normalidad mientras aguantaba la presión. También tenía una buena casa con una piscina enfrente.
Por otro lado, la premisa de Los Soprano era lo mismo que les había ocurrido a los DeCavalcante. Gioacchino "Jake" Amari, jefe de la familia, sufrió un cáncer de estómago que le obligó a ir delegando poder durante los años 90. Y John D'Amato, que fue jefe en funciones de la familia, era swinger en la rama bisexual, pero su pareja le traicionó revelando sus aficiones y sus compañeros acabaron ejecutándolo por haber tenido esos contactos homosexuales.
Uno de los que participó en este aquelarre, Anthony Rotondo, en 2003, en sus conversaciones grabadas por el FBI, se puede escuchar que conocía la serie Los Soprano y que reconocía todo lo que tenía de real. “En cada episodio que ves, cada vez identificas a más gente”, le decía a sus compinches. El hombre al que se cargó por homosexual, como es sabido, acabó derivando en la trama de Vito Spatafore.

- Vincent Palermo
Hesh Rabkin, el consejero judío de Tony y su padre en la serie, venía de Morris Levy, propietario de Roulette Records, discográfica en la que se sustrajeron no pocos derechos de autor, aunque esa es una práctica demasiado extendida en el mundo cultural como para denominarla exclusivamente mafiosa. Levy estaba conectado a los DeCavalcante por Gaetano Vastola, miembro de la familia que había compuesto éxitos de doo-wop, falsificaba discos y extorsionaba a las discográficas. En alguna foto tiene cierto parecido físico con James Gandolfini.
Y luego hay muchos guiños en el argumento. El final de la quinta temporada, en la que Tony tiene que huir del FBI corriendo por la nieve, cuando detienen a Johnny Sack, fue un episodio ocurrido en Apalachin en 1957 en el que los jefes de la familia DeCavalcante tuvieron que huir por los bosques después de una redada de la policía, enterada de su reunión.
Cuando Christopher Moltisanti trabaja en el fraude de Webistics inflando acciones de una empresa fantasma de nuevas tecnologías, era el mismo caso por el que fue acusado Phil Abramo, capitán de los DeCavalcante, conocido como El Rey de Wall Street.
La paradoja es que la naturaleza imita al arte y, acabada la serie, esta familia siguió protagonizando incidentes que ahora tenían ecos en la serie de televisión que quedaba atrás en lugar de al revés. En 2009, un intento de extorsión de Francesco Guarraci en una pizzería fue descrito en la denuncia a la policía como la escena en la que Richie Aprile le da una paliza a Beansie hasta dejarlo paralítico.
Es más, los propios DeCavalcante eran fanáticos de la serie. Según Giovanni Rocco, un agente que logró infiltrarse en la organización (que también ha escrito un libro sobre la experiencia), el local de reunión del clan se parecía mucho a la carnicería Satriale, con mesas de póker y persianas caídas. Pero había algo más, dice el libro:
Rocco también informó de que las paredes de este refugio más discreto de los DeCavalcante estaban cubiertas de pósteres de Los Soprano y de otros objetos relacionados con la mafia (Rocco y Schofield, 2021), lo que volvía a demostrar no solo que la familia DeCavalcante era consciente de las conexiones con Los Soprano que otros señalaban y que ya se habían comentado dentro de la propia organización, sino también que algunos de sus miembros eran lo bastante fans de la serie como para empapelar las paredes de su lugar de reunión con recuerdos y memorabilia de Los Soprano.
En las conversaciones que grababa el FBI, se podía escuchar a los miembros de la familia bromear entre ellos con escenas de Los Soprano. Cuando todo esto llegó al juicio, el magistrado, Michael McGovern, les preguntó si le parecía gracioso que su vida delictiva se llevara a la ficción en televisión. La conversación que pusieron en los tribunales fue esta:
Joseph “Tin Ear” Sclafani: Oye, ¿qué coño es esta mierda de Los Soprano? ¿Qué cojones están…?
Guarino: ¿Tú la has visto?
Sclafani: ¿Se supone que esos somos nosotros?
Rotondo: Tú sales ahí.
Guarino: (Ríe)
Rotondo: Han mencionado tu nombre ahí.
Sclafani: Sí, ¿y qué dijeron?
Billy, dueño de un club de Brooklyn: «Tened cuidado con ese tipo», dijeron. «Vigilad a ese tipo».
Rotondo: Cada episodio que ves, cada episodio que ves, cada vez reconoces a alguien más. En cada capítulo… Una semana era Corky (el miembro de los DeCavalcante Gaetano Vastola). Otra semana… desde el principio… era… Don Giacomino.
Más tarde:
Sclafani: Ya, pero ¿de dónde sacarán toda esta información?
Rotondo: Ah, ¿de dónde?
Billy: Joey, ahí dentro hay alguien muy cercano a ti, Joe.
David Chase dijo que todas estas historias le llegaban por haber crecido en Newark. Posiblemente, habría algo más que dimes y diretes. Como el FBI, y como ocurre recurrentemente en la serie cuando aparecen directores de cine en la trama, él también tendría su confidente, su Christopher, quien, por cierto, tiene un podcast de casi cien episodios –empezó en la pandemia- en el que comenta junto a Bacala (Schirripa) cada capítulo de cada temporada. Es normal, uno nunca quiere dejar de vivir en Los Soprano.

- Christophe y Paulie en Pine Barrens