VALÈNCIA. Solo un director de una ambición contrastada como Christopher Nolan podía emprender la titánica tarea de adaptar uno de los pilares fundacionales de la literatura universal, La Odisea, el poema épico atribuido a Homero del que parte buena parte de la mitología de la que se ha surtido la cultura a través de los siglos.
El reto era prácticamente suicida, pero el director ha logrado sacar el reto adelante convirtiendo el material de partida en un gran espectáculo, al mismo tiempo respetuoso con la tradición y también de lo más personal al incluir algunas de las obsesiones que han caracterizado su trayectoria.
Así, Nolan reorganiza el relato con una cronología no lineal que redobla la complejidad del texto original y deja, sobre todo en la primera mitad, una sensación de presente difuso. Ese recurso, lejos de ser ornamental, acompaña la desorientación de Odiseo tras la guerra de Troya y su deriva entre dioses, mareas y catástrofes sucesivas.
Se trata de una obra robusta, minuciosa en el detalle y fiel al gusto del director por los rompecabezas temporales. El guion simplifica y moderniza el lenguaje homérico, pero mantiene intacta la amplitud del relato, tanto en alcance mitológico como en consecuencias humanas.
Ese despliegue sostiene una sucesión constante de grandes escenas. Cada pocos minutos, surge una nueva pieza de acción o de asombro visual, una acumulación que explica buena parte de la fuerza del conjunto. Y es que Nolan se encarga de engarzar todas las piezas para darles un nuevo sentido. Las moldea, añade y elimina, transforma o ‘reinterpreta’ para otorgar una dimensión compacta a toda la narración.
Así, el centro del filme está dominado por Matt Damon como Odiseo, rey de Ítaca y vencedor de Troya. Su interpretación contiene una tristeza congénita que da al personaje una densidad más melancólica, que la entronca con la sensibilidad contemporánea. Su desorientación tiene mucho de contemporánea. Ha perdido el sentido de su vida, no sabe cómo volver a sus raíces y, en el fondo, sabe que sus acciones han contribuido al derrumbe de toda una civilización, por lo que el sentimiento de culpa lo corroerá por dentro.

Junto a él, Anne Hathaway se muestra como una muy digna Penélope, al igual que Tom Holland en el papel de Telémaco. Sin embargo, son los personajes secundarios los que brillan con más fuerza en sus respectivas apariciones, como es el caso de John Legizamo como el sirviente Eumeo o Samantha Morton como la hechicera Circe, que lidera uno de los episodios más memorables de la película.
No hay sensación de empacho al ver La Odisea, sino todo lo contrario. Resulta un milagro asistir a la puesta en imágenes de algunos de los pasajes más importantes de la literatura universal que han servido para describir los retos del ser humano para salir indemnes de las dificultades.
Nolan, además de demostrar ser un gran narrador de historias, nunca pierde de vista cada detalle y cada elemento que sirve para ir engarzando las relaciones entre los personajes. Así, La Odisea es monumental en la forma, pero también en su esencia más profunda que tiene que ver con las emociones humanas.