VALÈNCIA. Hay documentales que tienen su tesoro en una historia que contar; y otros que nacen de la intuición de que funciona simplemente socializando la observación de algo. La Pietà, la nueva película de los cineastas valencianos Rafa Molés y Pepe Andreu, cree que puede abordar las dos cuestiones a la vez.
El film, que inaugura este viernes el festival DocsVLC en el TEM de València, mira hacia el glaciar Vatnajökull, el mayor de Europa, para convertirlo en un ser vivo que agoniza, un cuerpo herido y un paisaje en duelo. Y lo hace en un punto de encuentro (o de tensión) entre el ensayo visual, el relato espectral y la revisión del archivo, siguiendo el rastro de la familia Björnsson, que en 1910 se aislaron en una granja a los pies del glaciar para registrar el comportamiento del hielo décadas antes de que existiera siquiera el concepto de cambio climático.
“La idea que teníamos era intentar transmitir la belleza y, por tanto, la preocupación y el apego hacia el glaciar; que el glaciar fuera el protagonista”, explican Molés y Andreu durante una conversación con este diario.
Esto de que el lugar sea un personaje más puede sonar a tópico, pero en el caso de La Pietà es más: es su protagonista, con la dificultad narrativa que eso conlleva: “Los seres humanos sentimos empatía por elementos humanos y no tanto por los lugares”. Ahí entró en juego la historia de granja abandonada y de los distintos personajes que orbitan alrededor del glaciar, respondieran a una llamada silenciosa, casi espiritual, del propio glaciar.
“Necesitábamos encontrar una puerta de acceso al glaciar. Y la encontramos en esta granja y esta familia, y luego todos esos personajes que llegan allí como en una especie de peregrinaje”, recuerdan los autores. Entre los vivos y los fantasmas terminan humanizando el hielo, dándole vida y voz: “Era muy fácil hacer una película sobre la familia Björnssonsson, pero ese no era el origen de lo que queríamos hacer. Queríamos compartir la sensación de que estamos perdiendo algo”, concluyen la idea.
El duelo de un glaciar que habla
La película toma su título de la iconografía de la Piedad cristiana, una referencia que se muestra a través de varios elementos a lo largo del film. Una gran lona blanca extendida sobre el glaciar funciona como sudario y como símbolo de un duelo colectivo. “La película está construida como un réquiem hacia el glaciar, que está muriéndose. La muerte siempre ha sido un aviso para cambiar, para mejorar. Y de alguna manera, la inmortalidad sí existe en este glaciar gracias a quienes intentan conservar su legado”, explican los directores.
La Piedad también funciona para conectar con una incontestable dimensión espiritual que se genera con la mera observación de la belleza del paisaje y atraviesa todo el documental. La fascinación, de hecho, precede a la propia película. Molés y Andreu cuentan que llevaban “15 o 20 años” queriendo rodar un documental sobre un glaciar. Ambos visitaron Islandia por separado en 2006 y sintieron la misma atracción. “Compartíamos muy claramente esa emoción”, recuerdan. Lo difícil fue encontrar la forma cinematográfica adecuada.
Aunque las imágenes del Vatnajökull parecen dominar toda la experiencia de la película, La Pietà también le concede una importancia capital al sonido. El documental incorpora desde el crujido del hielo hasta una reinterpretación del Ay, triste vida del Misteri d’Elx interpretada por la soprano Quiteria Muñoz, pero también un elaborado diseño sonoro que convierte el glaciar en algo casi humano. Un ser vivo que habla, que transmite su agonía.
“Si hay un elemento genuinamente humano es la voz. Todo el diseño sonoro y la música van destinados a que el glaciar nos hable, nos cante”. Los cineastas recuerdan especialmente ciertos sonidos difíciles de describir: “Hay una especie de sonido metálico que produce el glaciar, como un tubo de órgano”. El objetivo era amplificar esas resonancias para que el espectador pudiera percibir “las palabras sutiles del glaciar”.
La música también rehúye el acompañamiento convencional para convertirse “más bien el espíritu o el alma del glaciar”. “Queríamos que sonara como una ballena varada en la playa que se está muriendo”, añaden. Y eso se traslada a decisión de producción como por ejemplo grabar también la respiración de los músicos que tocan los instrumentos de viento, también para incorporar sonidos que evocan un cuerpo exhausto.

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Fantasmas
Si el glaciar funciona como un organismo vivo, la granja de los hermanos Björnsson aparece en la película como un espacio suspendido. Los directores la filman como una naturaleza muerta habitada todavía por rastros humanos: gafas, cuchillas de afeitar, postales, manchas en la pared… “La granja es la personificación humana del glaciar. Es la maqueta a escala humana de esa degradación constante”, relatan.
Y es que la desaparición del hielo también es la desaparición de un modo de vida y de un ecosistema entero que implica la naturaleza y el humano. En la intuición de los hermanos Björnsson en el siglo pasado por cuidar de un glaciar ya está mucho del mensaje que Molés y Andreu querían transmitir. Por eso incluso evitan explícitamente nombrar el cambio climático a pesar de la denuncia obvia que hace la película. “Mirar al pasado nos hace pensar en el futuro, en lo que perdemos. Si no, el presente se nos impone”, concluyen.

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Rodar en el Vatnajökull
Sobre esto, uno de los científicos que participan en el film dice que la información científica ya existe y la gente ya la conoce; y que por eso hay que aproximarse desde otro lugar, como la fotografía, la poesía, o el cine.
Precisamente, en el montaje, los directores han tenido que contener esa información para seguir dejando que protagonice la película las imponentes imágenes del glaciar sin nada más que su impacto visual y su voz. “Lo más difícil ha sido frenarnos a nosotros mismos en el nivel de información porque queríamos dejar espacio al espectador. No queríamos que pareciera que te estamos dando la chapa sobre el cambio climático”, reconocen.
El montaje fue lo segundo más complicado, claro, porque rodar en el Vatnajökull supuso también un desafío físico y logístico. El equipo trabajó con temperaturas extremas, caminatas de horas sobre el hielo y un material técnico que tenía que medirse con el frío. El tiempo, la observación tranquila, la necesidad de fascinarse individualmente para buscar la imagen que lo ha hecho y poder capturarla: esas son las coordenadas de este documental.
Y así, Andreu y Molés se sienten ya parte de ese legado de cuidado del glaciar: “Cada personaje hace lo que puede. Unos desde la ciencia, otros desde la fotografía, otros guiando a visitantes por la montaña. Nosotros hacemos cine. Esta película es nuestra manera de hacer lo mismo”.