Requena y sus aldeas: la historia del cine más allá de las grandes ciudades

Cine

'La magia proyectada'

Un libro recoge la historias de salas y otras iniciativas cinéfilas en la zona, que disfrutaron y padecieron los vaivenes comerciales del siglo XX

  • Luis Hernández Motos, en la cabina del Teatro Principal.
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VALÈNCIA. Hubo un tiempo en que una sala de cine podía ser el centro de la vida social de un pueblo. En las aldeas de Requena, especialmente durante los años cincuenta y sesenta, cuando la televisión todavía no había llegado a los hogares, la pantalla era mucho más que una ventana al entretenimiento: era una forma de evasión, un lugar de encuentro y, si la película lo permitía, un acceso privilegiado a otros mundos. El ensayo La magia proyectada: cine en Requena y aldeas (Creaciones Alalimón, 2026), de José Ramón Giménez Navarro, reconstruye esa historia a partir de documentos, carteles, archivos y, sobre todo, de la memoria de quienes hicieron posible que aquellas películas llegaran a los rincones de la comarca.

El origen de este completísimo estudio está, en realidad, en un documental sobre el cine de Campo Arcís, la aldea de Requena donde el autor pasó su infancia. En su investigación, recurrió al archivo municipal de Requena y comenzó a reunir licencias, planos, programas y todo tipo de documentación. Pero pronto comprendió que los papeles no bastaban. Contactó con familiares de los fundadores del cine de la aldea, especialmente con sus nietos, que aportaron sus recuerdos y los cruzaron con los del propio autor. El proyecto creció. Después llegó un segundo documental dedicado a un pequeño teatrillo que había pertenecido a sus bisabuelos y que, décadas antes, ya había acogido sesiones de cine mudo.

A partir de ahí, la investigación escaló: “¿Por qué no reconstruir la historia de todos los cines de Requena y de aquellas aldeas que llegaron a tener sala?”. La investigación ha terminado convirtiéndose en un mapa de la cultura cinematográfica de la comarca. Giménez Navarro volvió a los archivos, consultó prensa histórica y multiplicó los testimonios. Y, a medida que avanzaba, fueron apareciendo nuevas piezas que ampliaban el relato: desde los primeros feriantes que llevaron el cinematógrafo a principios del siglo XX hasta los cineclubs de los años cincuenta, sesenta y setenta, pasando por la producción cinematográfica amateur.

  • Fachada del Cinema Astoria, antes Armero. -

El cine, un negocio quijotesco

En los testimonios recogidos quedan reflejadas las anécdotas que cuentan toda la trascienda necesaria para hacer funcionar una proyección. El recorrido de las películas de un pueblo a otro, la dificultad para conseguir copias o las estrategias de los exhibidores para mantener abiertas sus salas… Fuera de todo glamour, pero todo un reflejo de la vocación de muchas de las personas que han trabajado en una sala de cine en el ámbito rural.

Leer la historia del Teatro Principal, el Cinema Armero, el Cine Lara o los diferentes teatros instalados en las aldeas es también leer una micro-historia del cine, que reproduce casi a la perfección las tendencias que ha padecido a lo largo de estos cien primeros y convulsos años de vida. Este libro no está solo repleto de nombres de cines; también lo está de nombres, apellidos y motes de sus trabajadores y promotores. 

El momento de mayor expansión de las salas llegó durante los años cincuenta: “No había invadido todavía la televisión los hogares. No había otro sitio de distracción y esto era el único sitio de entretenimiento. Y por eso había mucho negocio, funcionaba mucho entonces todo esto”, recuerda el autor en conversación con este diario.

Abrir una sala, sin embargo, no era sencillo. Había que afrontar una inversión considerable y asumir un negocio cuya rentabilidad podía depender de circunstancias que escapaban al control del empresario. El autor llegó a entrevistar a propietarios que habían vivido toda la trayectoria de sus cines y que, con perspectiva, contemplaban aquella aventura casi como una empresa quijotesca. "Si hubiéramos sabido lo que iba a pasar década y media después...", le llegaron a decir. Sobre lo que pasaría, espérense unos párrafos más.

Uno de los grandes problemas estaba en la distribución, que ejercía un poder absoluto en la cadena de la película. Las salas pequeñas competían por unas copias limitadas y, para acceder a los grandes éxitos comerciales, muchas veces debían aceptar lotes de películas mediocres que las compañías no podrían colocar en la cartelera de otra manera. Los empresarios recuerdan a las grandes distribuidoras casi como "mafias". "Era un mundo muy oscuro, muy difícil negociar con ellos", señala.

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La escasez de copias en 35 milímetros también abrió una brecha entre el área metropolitana y las zonas rurales. Las películas llegaban primero a las plazas consideradas más rentables y solo al agotar su vida allí, alcanzaban los pueblos y aldeas. “Cuando llegaban a los pueblos, a las aldeas, eran películas directamente de reestreno. Las películas estaban súper castigadas, con rayas, empalmes y cortes que podían suceder en el momento más inoportuno”.

El público de los pueblos también tenía su idiosincrasia. Según el estudio del autor, el cine español popular tenía un peso especial en las aldeas, con las películas protagonizadas por figuras populares como Sara Montiel o Antonio Molina —“Cine de cante y baile”, quedó etiquetado en la zona, según Giménez Navarro. Los espectadores conocían a los cantantes por la radio y acudían a verlos en pantalla.

Video killed

La decadencia de las salas rurales comenzó con la televisión y, posteriormente, con el vídeo y los videoclubs. Empezó, lógicamente, en las aldeas y ya más tarde a Requena, donde los últimos cines privados resistieron hasta finales de los noventa y principios de los dos mil. El golpe definitivo llegó con la expansión de los grandes centros comerciales y sus multicines: “No pudieron competir con lo que ahí se les ofrecía: una pantalla enorme, un sonido maravilloso, envolvente, una butaca súper cómoda…”. Los pueblos perdieron, a la contra, un espacio de socialización que ha marcado el ocio del siglo XX en España y más allá.

Con la desaparición de la iniciativa privada, los ayuntamientos han ido asumiendo progresivamente la responsabilidad de mantener una oferta cinematográfica. En Requena, la última sala privada cerró en 2002 y desde entonces la programación pública se puede ver en Teatro Principal, un espacio que también acoge otras actividades. Esta condición, explica el autor, dificulta una programación cinematográfica regular, lo que supone “un hándicap para el espectador”.

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El cine más allá de las salas

Pero la Historia del Cine va más allá de un puñado de salas y de empresas. Por eso el autor encuentra motivos para el optimismo en iniciativas como el Cinefórum José María Monzó, que organiza sesiones mensuales y ha llevado hasta Requena a cineastas para presentar sus películas. "Eso es un lujo", afirma.

El cinefórum es la última de una larga lista de iniciativas llevadas a cabo por la comunidad cinéfila local, que también ha promovido el concurso de cortometrajes Requena… ¡y acción! en los últimos años, la realización de películas amateur como El muchacho de Torrecillorigo, y por supuesto, la larga sombra del crítico cinematográfico e intelectual Juan Piqueras, hijo predilecto de la ciudad y uno de los pioneros de la cultura cinematográfica en España aún a reivindicar.

El futuro del cine en la zona, para Giménez Navarro, pasa precisamente por recuperar aquello que ninguna plataforma puede ofrecer: una experiencia en una sala que todavía puede sobrevivir (incluso resurgir) en los pueblos, incluso en formatos modestos como el cine de verano. "Lo importante es estar allí", sostiene el autor, aunque la película no sea el último gran estreno ni la obra más extraordinaria; “compartirla frente a una pantalla grande y al aire libre recupera esa dimensión social que el cine tuvo durante décadas”.

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