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Ciudadanos: o César o nada

23/02/2019 - 

La semana pasada hablábamos en esta columna de la arriesgada apuesta de Pedro Sánchez por convocar un adelanto electoral que maximice los efectos de la manifestación de Colón y de la foto de Albert Rivera con Santiago Abascal. El objetivo, claro e indisimulado, es llamar al voto útil en la izquierda (a costa de Podemos y de la abstención) para frenar al tripartito de las derechas, mientras el PSOE también puede crecer por el centro, a costa de votantes de Ciudadanos desengañados al ver a un supuesto partido de centro liberal coaligándose alegremente con la extrema derecha. 

El punto de partida, para Sánchez y el PSOE, es muy difícil: las derechas rozan la mayoría absoluta (en votos y escaños), y además el debate público en estos meses va a estar monopolizado, inevitablemente, por el juicio a los dirigentes independentistas: el tema favorito de la España eterna, que quiere un castigo ejemplar. Además, para más inri, Sánchez ha publicado su nuevo libro, plagado de espeluznantes sentencias "ejemplares" que nos dan un perfil del personaje que ya conocíamos, pero no por eso deja de sorprender que lo ponga por escrito: el presidente está cada vez más encantado de haberse conocido. ¡Qué diferencia con Mariano Rajoy, que sólo estaba encantado de conocer a jugadores del Real Madrid y de la selección española de fútbol!

Sin embargo, parece que los astros se están alineando en favor de los intereses electorales de los socialistas desde dos puntos de vista: por un lado, en Cataluña es posible que ERC obtenga un resultado histórico a costa del PdeCAT, con lo que quizás el PSOE sólo tuviera que negociar con los republicanos una eventual votación de investidura. Es decir, el PSOE podría ahorrarse a Puigdemont y los partidarios, en el bando independentista, del "cuanto peor, mejor".

Pero, sobre todo, al PSOE le ha tocado la lotería con la decisión de Ciudadanos de montar un cordón sanitario en torno a los socialistas, anunciando que no pactarán en ningún caso con ellos una investidura ni un Gobierno. Claro está que hablamos de Ciudadanos, un partido que dice no haber pactado con Vox en Andalucía mientras gobierna gracias a ellos y se manifiesta con ellos y se hace fotos con ellos; de manera que igual cuando dice que jamás pactará con el PSOE está diciendo, en realidad, que ya tienen ultimado el pacto. Pero no descarten que el votante asuma que, si Ciudadanos dice que no pactará con el PSOE, es que no va a pactar. Que Ciudadanos, en resumen, considera más alejado de sus posiciones a los socialistas (centroizquierda), que a Vox (extrema derecha).

Cabría considerar, en tal caso, dónde ubicamos a Ciudadanos. Desde luego, no en el centro político. Esta decisión es el mejor regalo que podría hacerle Albert Rivera a los socialistas, porque polariza más la campaña (llamando así al voto útil contra la amenaza de las derechas) y propicia que muchos votantes que aún creen que Ciudadanos es un partido de centro abandonen sus siglas para irse a otras opciones. En particular... a los socialistas.

La decisión de Ciudadanos busca dos cosas: en primer lugar, parar las fugas de votantes al PP y, sobre todo, a Vox, provocadas por la percepción de su electorado de que Ciudadanos no es lo suficientemente firme o solvente en su españolismo, y que en cualquier momento puede pactar con el PSOE un Gobierno de traidores a España, es decir: un gobierno que negocie con los independentistas. Por muy improbable que nos resulte esto en un gobierno en el que participe Ciudadanos, dado que es un partido cuyo origen y principal singularidad es su enfrentamiento atávico con el nacionalismo catalán, es una crítica que se desliza continuamente desde las posiciones conservadoras: Ciudadanos no es fiable y en cualquier momento podría pactar con el archienemigo (figúrense... ¡Si hasta son catalanes!).

El segundo efecto que busca Ciudadanos tiene relación con el primero, y es asentar su pedigree como partido derechista. Ciudadanos busca, muy claramente, ser el nuevo PP, una vez ha renunciado por completo a la socialdemocracia y ha visto cómo el asunto de la identidad nacional y el enfrentamiento con los independentistas les permitía crecer electoralmente a costa del PP de Rajoy, visto como demasiado "blando". Pero para sustituir al PP hay que seducir al electorado del PP, y eso significa ser más PP que el propio PP, lo que incluye acabar cualquier devaneo con el PSOE (salvo que se trate de pedirle al PSOE que se abstenga para una investidura, que entonces la cosa cambia, claro). Eso es lo que busca Ciudadanos con esa decisión: dejar claro a los votantes de derechas que Ciudadanos es de los suyos, y aspira a ocupar ese espacio.

Sin embargo, esta decisión tenía mucho más sentido en un contexto en el que Ciudadanos compitiese con un PP moderado, y sin que Vox formase parte de la ecuación. En el contexto actual, en cambio, pocas cosas están más disputadas en España que el voto del señor de derechas de toda la vida, que cuenta con tres opciones a su alcance para elegir (más el Pacma, si el señor en cuestión tiene a un perro correteando alegremente a su alrededor mientras escucha a Federico Jiménez Losantos o lee el ABC). Ciudadanos es una opción más (y no es la más "pura", precisamente, para los señores de derechas de toda la vida), y además deja de ser una opción para muchos de los votantes que habían llegado al partido desde posiciones centristas o directamente desde el PSOE.

Porque, para estos votantes, posiblemente haya una diferencia entre votar a Ciudadanos cuando era un partido de centroderecha que aspiraba a sustituir al PP de Rajoy y votarles ahora, cuando el partido se mimetiza con un PP radicalizado (el de Pablo Casado) y con un partido político, Vox, que se ubica en muchos aspectos fuera de la Constitución. Que esa es otra cuestión que merece la pena comentar: el pacto de los "constitucionalistas" cuenta con un socio, Vox, que se ubica inequívocamente fuera de la Constitución; y con otro, el PP, que no votó la Constitución cuando ésta se aprobó en 1978 (pero ya sabemos que el constitucionalismo bien entendido se resume en "partidos que pactan con el PP" vs "partidos inconstitucionales que no pactan con el PP").

En resumen: puede ser que a Albert Rivera, en esta y otras decisiones, le haya perdido la ambición por alcanzar la presidencia. Algo que es muy poco probable en un pacto con el PSOE, que parece destacarse en cabeza en todos los pronósticos, pero que Rivera podría lograr en un tripartito de derechas en el que Ciudadanos gane en votos. Pero para eso tiene que ganar en votos al PP (y, dado que Ciudadanos no es "puro" para muchos votantes del meollo de la derecha en España y que Pablo Casado compite exactamente con la misma retórica radicalizada, o peor, esto parece poco probable), y además las tres derechas tienen que sumar una mayoría suficiente.

Esta segunda cuestión, que parecía probable al convocar Sánchez las elecciones, comienza a difuminarse: en una campaña en la que hay un bloque de derechas tan definido y tan radicalizado, y en la que el PSOE logre movilizar a su electorado invocando al voto útil, cualquier cosa puede pasar. Y eso incluye que Ciudadanos, desdibujado con estas decisiones, pueda quedar incluso por detrás de Vox, como ya apuntan algunas encuestas. Anuncios como el de Inés Arrimadas de que irá a Waterloo a decirle a Puigdemont que la República Catalana no existe (podría hacerlo por whatsapp, la verdad, y ahorrarse el viaje y la patochada) dan la medida del nerviosismo de Ciudadanos y su necesidad por figurar en el espacio de referencia de la derecha española. Es su apuesta, y lo van a dar todo por ello, aunque tengan que tirar su voto centrista a la basura.

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