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CRÍTICA DE CINE

Coco: Disney-Pixar y la transculturalidad como reivindicación política

1/12/2017 - 

VALÈNCIA. En los últimos tiempos, Disney parece haber querido quitarse de encima muchos clichés y apostar por una imagen renovada acorde a los nuevos tiempos. Si el año pasado intentó trasmutar el concepto de princesa tradicional al de princesa aventurera en Vaiana, ahora pretenden hacer un hueco a otras culturas para que formen parte de su galería de héroes en Coco.

Su protagonista se llama Miguel, y es un niño mexicano de doce años que vive con su extensa familia en armonía. Pero tiene que acatar una única norma para que toda la estabilidad no se vaya a pique: nada de música. Es la prohibición que cae sobre todos los miembros desde que su bisabuelo, que era guitarrista, abandonara a la matriarca para buscar fama y fortuna y la dejara sola con su pequeña Coco. Ahora, una nonagenaria Coco se pasa el día en una mecedora, hundida en sus recuerdos y esperando todavía a que venga su padre a cantarle canciones antes de morir. 

Pero Miguel nos ha salido un poco rebelde y será incapaz de seguir las reglas, porque ha heredado el talento musical de su antepasado y se dedica a ensayar a escondidas de manera autodidacta mientras sueña con convertirse algún día en el sucesor de su gran ídolo, Ernesto de la Cruz. Así, el amor por los suyos chocará frontalmente con su verdadera vocación, que cada vez tendrá una fuerza más intensa hasta que le haga sublevarse contra su entorno. 

Se trata de una rebelión muy sui generis, nada demasiado insurgente ni incendiario. Los responsables en realidad querían realizar una película que constituyera una oda a los valores familiares. Y se encargan de subrayarlo a lo largo de toda la película de una manera quizás un tanto insistente. “Queríamos hacer un homenaje a aquellos que vinieron antes que nosotros”, ha comentado el director Lee Unkrich, responsable de títulos míticos como Buscando a Nemo (2003) y Toy Story 3 (2010). “Y con Coco tratamos de aprovechar algo universal con lo que todos podemos identificarnos, nuestra familia. Así enlazábamos tanto el pasado, el presente como el futuro”. 

Y qué mejor que situar la historia en una cultura tan apegada al culto familiar, a los antepasados y a la muerte que la mexicana. Por eso Coco se desarrolla en la tradicional festividad del Día de los Muertos, dos jornadas dedicadas a honrar a los difuntos con altares llenos de flores y sus indispensables fotografías correspondientes, con comida, bebida, disfraces y mucha música. Alegría para honrar la muerte. 

Esa festividad será la encargada de vehicular toda la narración a partir del momento en el que Miguel se adentre en la Tierra de los Muertos para escapar de las imposiciones de su familia y buscar a ese antepasado que le ayude a ratificar sus capacidades musicales. Las fronteras entre ambas esferas se difuminarán y Miguel entrará en contacto con todo ese mundo de fantasía y folclore que había visto representado en su día a día y que ahora cobra vida inesperada. Las tradicionales calaveras y toda su troupe espectral se convertirán en seres reales (aunque sea sin carne, solo de hueso), y también los alebrijes, piezas de artesanía tradicional pintadas de colores muy brillantes que representan animales de ensueño y que se convierten en seres mágicos y espirituales. 

Los responsables querían que, a partir del momento en el que Miguel se introdujera en ese mundo fantástico, la pantalla se inundara de texturas y colores, y de un enorme vitalismo que se convirtiera en la base de toda la aventura. 

Cuando comenzó a gestarse la producción, los directores hicieron un viaje a la ciudad de Morelia, en el Norte de México, para empaparse de la cultura y las tradiciones de la zona. Fue su fuente de inspiración a la hora de recrear todo el paisaje arquitectónico de la película, que mezcla construcciones barrocas con otras de carácter colonial. 

Pero también encontramos muchas referencias pop a la cultura mexicana, desde Frida Kahlo a canciones icónicas como La llorona, que sirven de anclaje emocional entre las diferentes generaciones. 

La música se convierte en el otro gran pilar de la película. Unkrich y su equipo querían música mexicana auténtica y también canciones originales. Para la banda sonora recurrieron al compositor Michael Giacchino (responsable de la música de Ratatouille, de Del revés (Inside Out) o Up), que intenta con su partitura que el espectador se sumerja en el espíritu auténtico de la tierra. Para las canciones, ficharon a Kristen Anderson-Lopez y Robert Lopez, que ya acertaron con los temas de Frozen. Aquí, son responsables de una de las melodías que tiene más presencia en la película y que corresponde a uno de los temas más famosos de Ernesto de la Cruz, Remember Me, la cual terminará por desencadenar el clímax de la película. Con él querían hacer un guiño a los boleros rancheros de los años 20 y 30. También destaca la más festiva Un Poco Loco, que se acerca al estilo Son Jarocho y que seguramente se convertirá en la canción favorita de los más pequeños. 

En la versión original han puesto su voz actores como Benjamin Bratt (Ernesto de la Cruz), Edward James Olmos (Chicharrón) o Gael García Bermal (Héctor, que acompañará a Coco en su aventura por el ultramundo). Para este último, la película va dedicada “a los hijos de los inmigrantes insultados por Trump”. Para él se trata de una reivindicación del valor que tienen los trabajadores latinos en Estados Unidos después de que el presidente los redujera a la categoría de violadores, narcotraficantes y criminales. “Es emocionante”, dijo el actor, “que la película pueda llegar a convertirse en un acto transcultural. No es algo menor decir que Disney y Pixar han hecho una película mexicana”. Para Bernal resulta emocionante y muy bello que se reivindique de esa manera tan especial la identidad cultural de su país sobre todo en un momento político como este, tras las controversias sobre el cierre de las fronteras. “Es una forma de conectar a las personas, no de separarlas”. 



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