MENÚS EN LAS NUBES

Comer en modo avión

Hay cosas que cambian: viajar con mascarilla y aportar test de antígenos, PCR, carta de salud del viajero, cartilla de vacunación. Y cosas que no: la comida de los aviones en los vuelos intercontinentales. Así es, así de salada está

| 07/05/2021 | 5 min, 21 seg

Mientras escribo estas líneas, sobrevuelo el Atlántico a bordo de un Boing de una compañía holandesa. Las azafatas, vestidas de azul, reparten bandejas perfectamente herméticas, perfectamente llenas de envases que se acoplan entre sí, buscando el uso más perfecto y eficiente del rectángulo de plástico que humea después de pasar por el infiernillo de la parte trasera del avión. De los carros de comida sacan menús completos, algunos están marcados con una uve que no es de vendetta, es de vegano. Hay otras con marcas crípticas para el ojo inexperto del pasaje. En el papel de aluminio tienen iniciales, dibujos esotéricos o aburridas rayas pintadas con permanente.

Una azafata dice mi nombre. Mi primer apellido, Caro, pronunciado con su apellido de Edam-Volendam, suena a lo que le gritarías a un gato para que se baje de la encimera. Intuyo que sonríe, porque es lo que les enseñan a hacer, pero lleva mascarilla y sus ojos son dos piedras de osmio enmarcadas por un flequillo rubio. Me tiende la bandeja, que acomodo —es un decir, viajo en clase turista— entre el cuaderno de notas y un blíster de Dormidina que no sé si empezar. Tomar pastillas para dormir me hace sentir cobarde, ¿cómo no voy a ser capaz de hacer una función que consiste en no hacer nada? ¿Por qué provoca ese pánico, corto pero atroz, pasar de la vigilia al sueño?

Destapo la bandeja con un garabato que pone “special” y una bocanada de vapor y especias me da en la cara. Al sacar billetes para un vuelo intercontinental, desmarco la casilla del seguro que debería pagar y busco con anhelo la de ‘elegir su menú a bordo’. No soy vegana, ni vegetariana, ni tengo intolerancia a la lactosa. Menos mal que no soy celiaca, porque me gusta que mi pan tenga gluten. Tampoco diabética, ni sigo una dieta médica baja en grasas. ¿Alergia a los frutos secos o a los cacahuetes? En los bares lamo el fondo del cuenco de los cacaos.

Deseos según principios religiosos. Ese era el apartado de la web en el que encontré lo que voy a comer hoy que me alejo de Europa: comida kosher. «Comida kosher: para esta comida, los alimentos son elegidos, preparados y servidos de acuerdo con las leyes y costumbres dietéticas judías. Solicite su comida kosher al menos con 48 horas de antelación a la salida». Según un foro de viajes de negocios que he leído, la he cagado. La kosher es muy pobre, la que mola es la hindú según un usuario, BadMan0009, que es es fan de las lentejas estofadas con curry de la compañía aérea. La hindú no contiene carne de vaca, de ternera, de cerdo ni productos derivados de estos tipos de carne. La mía, mi menú, tiene una porción de Breaded Schnitzel con vegetales salteados y patatas asadas y una salsa amarillenta que no logro distinguir. El Breaded Schnitzel es una suerte —una desgracia, más bien— de San Jacobo de ¿pavo? ¿pollo? Ternera no es, y cerdo, el rabino y la Torá, no lo permiten.


También tengo una ración de ensalada de atún y una bandeja en miniatura con una imitación de Corned Beef, mantequilla, pepinillos agridulces y un mini Challah roll que con mantequilla, es lo que mejor entra. El Challah también es conocido como jalá o pan trenzado

Dicen que el ruido en los aviones hace que la comida sepa distinta a como debería. La presión de la cabina tampoco ayuda: atrofia el olfato y el gusto. De ahí, que le echen sal a todo. Sal al bizcocho que nunca fue jugoso, al salmón, a sal. Sal a la sal. Pero lo que tengo delante e intento comer no se arregla saliendo de la aeronave. Donde no hay cariño y hay muchas normas sanitarias, no hay buen sabor.

La primera compañía aérea en servir comidas preparadas —terminadas— en vuelo fue United Airlines. Año 1936, cuando en España, ni sabíamos qué era el catering. Ni en muchos casos, no pasar hambre. Lo de sustituir los cubiertos metálicos por cucharas, cuchillos y tenedores de plástico de un solo uso fue a raíz de los atentados de septiembre de 2001. En ese año, la comida en los vuelos supo peor.

En la digestión, la presión vuelve a hacer de las suyas y amargar la experiencia gastronómica: al disminuir la presión, los órganos como los intestinos, se inflaman y tienen un árduo trabajo para procesar macarrones con salsa fluorescente o carne a la zapatilla. Los productos cárnicos se cocinan en excesos para evitar que se desarrollen bacterias. ¿Qué tiene la carne? Proteínas. ¿Qué es complicado de digerir? Las proteínas y que el vuelo se retrase.

La azafata me retira la bandeja en la que ha quedado un poco de todo menos el pan y una porción de tarta de manzana que de tan química y azucarada que era, estaba buena. Buena adictiva. Me reconforta pensar que los “expertos” recomiendan consumir hidratos durante los vuelos porque son más fáciles de digerir.

Me duermo. Sin pastillas.

Me despierto por el fogonazo de las luces de la cabina. Nos quieren con los ojos abiertos para abrir nuevas cajitas: croissants con jamón York y queso o sándwiches, como el mío, de un fiambre que quiere ser pastrami pero es un empastre. Le doy un bocado que baja por mi garganta acompañado de un trago de café instantáneo. Podría ser peor, pienso. Podría ser el sándwich vegano con pepino y nada más.

El vaso de zumo de piña industrial me hace sonreír debajo de la mascarilla en la que llevo viviendo 14 horas. Si estoy bebiendo este líquido turbio y pálido, servido en un endeble vaso de papel, es porque estoy de viaje.  


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