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Cuando nosotros éramos los refugiados: el viaje de los valencianos a bordo del Stanbrook y el African Trader

Recuerda que algo queda. Las historias de refugiados valencianos huyendo a Argelia contada por sus descendientes

10/10/2015 - 

VALENCIA. Laura, de Casablanca, se entretiene unos minutos para entregarme su libro, que firma, "afectuosamente", sellado con una consigna. "Conocer el pasado para comprender el presente y luchar por el futuro". Emili está a su lado recordando como estos días, donde un reguero de refugiados sirios buscan su cobijo en el mundo, se le han precipitado demasiados paralelismos. Josep, un sábado, circula por la Valencia que fue resguardo pensando en cómo, pasadas tantas décadas, algunas de las actitudes, parte de la escenografía, se repite machaconamente. En muchos hogares valencianos un revival ha tomado sus televisores. Historias pasadas volviendo en alta definición.

Africa Trader, Stanbrook. Dos nombres para dos barcos atestados de dolor y de esperanza. Miles de refugiados españoles. 1939. Destino: Orán. Españoles en busca de la supervivencia. El capitán del Stanbrook, Mr. Dickson, relata cómo aquel trayecto corto, la distancia entre Alicante y Argelia, un palmo de mar pero todas las millas entre muerte y vida, comenzó ordenadamente. Pasaportes, visados... pasen. Con el paso de las horas Dickson permitió que todos los que estaban en el puerto de Alicante, con o sin papeles, se subieran al barco. Sobre las once de la noche del 28 de marzo zarpa, "escorado por el peso de aquel gentío".

"La travesía ha sido una pesadilla: hombres, mujeres y niños hacinados durante días a la intemperie en las cubiertas del barco o en las bodegas insalubres e infectadas de ratas. La travesía dura no más de 48 horas, pero las autoridades francesas (al control de Orán) tardan mes y medio en autorizar el desembarco. Las condiciones a bordo se deterioran de día en día: falta la comida, se extienden las enfermedades, no hay asistencia médica. Pero nadie se queja, se han librado de las garras del franquismo", describe Patricio Azcarate en el prólogo de Diario de Gaskin (Ed. L'Eixam), el libro con el que Laura Gassó rescata aquellas palabras que escribió su padre, Antonio, un jovencísimo piloto republicano, durante años de reclusión en Argelia, internado en campos de trabajos forzados y de castigo en pleno desierto.

En una caja de zapatos dentro de otras cajas no hace mucho Laura encontró varios papeles, hojas de antiguos dietarios franceses, escritos a lápiz, prácticamente ilegibles. Llegó a tirar a la basura varias de ellas creyendo que sólo eran viejos papeles sin importancia. Hasta que cayó en un detalle: en aquellas hojas estaba su padre contando para sí mismo su sufrimiento en Argelia. "Durante unos meses no me atreví a leer el diario, me parecía como si fuera a desvelar su secreto".

Volvemos al barco. Al llegar a Orán la promesa de un nuevo futuro choca contra el muro de las autoridades francesas. "No les dejaron desembarcar y obligaron a los hombres no enfermos a quedarse dentro del Stanbrook durante más de un mes. Después los encerraron en campos. Mi padre fue internado en el de Morand, en Boghari". Huyendo del horror en su propia tierra se encontraron con otro. Habla su hija, Laura, nacida después de que el veinteañero Antonio lograra escabullirse y pasar a Marruecos, donde viviría durante veinte años. "En la escuela siempre me preguntaban por qué había nacido en Marruecos. Yo sabía la causa, pero en casa no querían que la explicara".

Por las noches la pequeña Laura temblaba cada vez que veía un araña. Su padre, que apenas contó todo aquello por lo que pasó, la tranquilizaba hablándole de las tarántulas que le pasaban por encima en las noches en el desierto sin haberle lastimado. "Terminaba soñando que las tarántulas me rodeaban la cama".

Unos días antes que el Stanbrook, zarpó el African Trader. En él, huyendo por el puerto de Alicante, dos metalúrgicos de Alcoi, Tomàs Payà y Ricard Baldó. Ricardo estaba casado con la hermana de Tomás. Al llegar a Orán, la misma realidad. "Me impacta mucho -toma ahora la palabra Emili Payà, sobrino de Tomàs- el recibimiento que tuvieron por parte de las autoridades y el ejército franceses, que los trataron de forma inhumana, como los parias de Europa". Por el contrario la población argelina, compuesta en parte por muchos españoles que habían llegado décadas atrás por motivos económicos, tejió redes espontáneas para proveerles. "Como podían se acercaban a los barcos a darles comida. Pero eran tantos y tantos los que estaban recluidos...", dice Laura Gassó.

Los cuñados Tomàs y Ricardo, miembros de la CNT, quedan en campos de trabajo como el de Bouarfa. Participan en la construcción del ferrocarril Transahariano. Sus caminos acaban separándose cuando son liberados. Mientras que Ricard vuelve a Alcoi (termina escribiendo libros de memoria-ficción como Exiliados españoles en el Sahara 1939-1943: (un punto negro en la historia), Tomàs decide seguir su exilio en Casablanca. Allí contrae matrimonio por poderes con su novia alcoiana. Desde allí le escribe a su hermano una carta mucho después de la guerra en la que le confiesa que "aunque sabe que podría volver a Alcoi sin consecuencias excesivamente graves, no lo quiere hacer por un convencimiento moral", cuenta Emili Payà.

En la construcción del Transahariano participó el abuelo de Josep. "De él sólo sabíamos que había muerto en el exilio. Mi abuela, a la que nunca vi reír, había levantado un muro de silencio, se había convertido en una persona totalmente hermética; era muy difícil sacarle una palabra sobre aquello. Cómo huyó, su experiencia de refugiado, el exilio y su muerte eran una realidad absolutamente desconocida para la familia". Y así fue hasta que un buen día encontraron la lista de pasajeros del Stanbrook. "En el número 416 de aquel viejo barco que salvó a miles de españoles el día antes de la entrada de las tropas franquista a en Alicante estaba el nombre de mi abuelo: Vicente Mataix".

En diciembre de 1940 le llegaba una carta a la mujer de Vicente comunicándole su muerte en el campo de trabajo de Bouarfa. "Había muerto, según la carta, de enfermedad con treinta años en uno de aquellos campos que eran verdaderos campos de concentración", comenta su nieto, Josep Vañó Mataix. Tras ver unas tumbas en medio del desierto a través de un documental de TVE sobre aquellos que murieron construyendo el Transahariano, la familia Mataix contrató a un detective para averiguar el lugar exacto. Después de mucho tiempo consiguieron exhumar y repatriar sus restos hasta Banyeres de Mariola, enterrados junto a los de su mujer.

- ¿Qué os traído a la mente la huida de los refugiados sirios?

- Emili Payà: Me ha recordado demasiado a la historia de nuestros familiares. Aquella gente amontonada en barcos precarios que son detenidos por los policías de Grecia, Chipre, de donde sea... Colas en las fronteras caminando por las vías férreas, con los niños arrastrados por sus padres. Gente que huye de una muerte segura recibida con malas caras y malas maneras por las autoridades de tantos países, con las policía que los interna en campos (disimulados) de concentración...

- Laura Gassó: A pesar de la distancia temporal coinciden en una cuestión fundamental: unos y otros intentaron escapar del horror de la guerra. Españoles y sirios coinciden en el hecho de haber sido rechazados por países que no quieren acogerlos. De alguna manera la historia se repite.

- Josep Vañó: Ahora que aquel terrible pasado se vuelve a repetir en nuestra casa con refugiados de otros países, ahora es el momento de tomar la iniciativa para ayudar a quienes padecen la misma experiencia traumática que hace muchos años sufrieron nuestros antepasados.

- Emili Payà: Con la inoperancia absoluta de las autoridades europeas, incapaces de responder con eficacia e inmediata una situación de urgencia como ésta, pretendiendo dejarlos durante años pudriéndose en lugares miserables. La única diferencia real es que ahora las imágenes son a todo color y aquellas de los refugiados que pasaban por Petrús eran en blanco y negro.

26 de mayo de 1942. Antonio Gassó escribe en su diario: "Comienza a agudizarse el hambre. Cojo este diario con el fin de no comerme todo el pan, que he reducido ya a la mitad. Es imposible aguantar ¡6 horas de trabajo con un vasito de café bebido! Los indígenas que nos guardan se complacen en martirizarnos. Me entero que en la Compañía se ha leído mi partida para España... Sin embargo me encuentro pudriéndome y debilitándome en esta maldita cárcel. ¿Por qué?".

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