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el callejero

Dani vive de lucir palmito

Foto: KIKE TABERNER
22/05/2022 - 

VALÈNCIA. Dani Burriel decidió hace un año nadar a contracorriente. En un tiempo en el que los viejos oficios desaparecen del casco histórico de las ciudades, colonizadas por las franquicias, Dani ha llegado con sus abanicos artesanales, los mismos que empezó a elaborar su padre allá por 1964 en Aldaia, pueblo de abaniqueros. Este artesano de 44 años buscó una planta baja por el centro y en cuanto vio ese pequeño rincón de la calle San Fernando entendió que ese era su sitio. Allí se instaló en verano y abrió en agosto. Un buen día, harto de que se llenara todo de serrín, cogió una mesa y una banqueta y salió a la calle, que es peatonal, y se puso a trabajar allí. Ya no ha vuelto a entrar. 

Abanicos Burriel está al lado de la famosa librería de Rafael Solaz. Enfrente hay una tienda de té. Y un poco más allá, otra librería. Entre todos compraron unas macetas y las pusieron a lo largo de la calle para adornar el espacio. A uno de ellos también se le ocurrió alargar unos cables de fachada en fachada para iluminar las tardes-noches con luces de colores. Aunque ahora están recogidas a la espera de ser desplegadas de nuevo porque hace unos días las tuvieron que retirar. Una de las calles por donde tradicionalmente pasa la Virgen en el mes de mayo está en obras, la Geperudeta se desvió por San Fernando y las bombillas estorbaban. 

Dani es una de esas personas que te contagian su buen talante. El vecino de Aldaia fomenta un trato cordial con sus vecinos y no hace falta que verbalice que está encantado en este nuevo emplazamiento porque se le ve en la cara. La fábrica sigue en Aldaia, donde gobierna su hermano Javi. Pero en la pandemia, al ver que cerraban muchos de sus clientes, vieron la necesidad de vender ellos de primera mano sus palmitos. "La única salida que vimos fue, cuando dejaron abrir los comercios, montar nuestra propia tienda para vender directamente a los particulares. Esta zona nos pareció muy bonita y especialmente esta calle. La calle San Fernando a mí me gusta mucho. Yo no soy de venir mucho a València pero cuando venía me llamaba mucho la atención esta calle. Ver a Joan y a Gloria, que tienen una tienda especializada en té, o Rafa Solaz, que tiene una de las librerías más bonitas de España, o Toni, que tiene una librería de libros antiguos... Me encantó". 

Cuenta todo esto mientras lija unas varillas sentado en una banqueta diminuta protegida con un cartón. Mientras se acercan los curiosos a ver qué demonios hace ese hombre ahí fuera y los turistas sacan fotos antes de llegar a la entrada de Solaz, donde deciden sentarse sin preguntar y hacerse un retrato en ese lugar tan pintoresco.

Él quería ser entrenador de fútbol

Dani es la segunda generación. De niño aprendió el oficio en la fábrica de Aldaia donde entraba con su hermano a jugar, simulando que el serrín de la nacarina era nieve. Luego se sacó hasta Bachiller y, fascinado como estaba por el fútbol, estudió un módulo superior en técnico deportivo y arrambló con todos los títulos de entrenador que tuvo a su alcance. Pero el jornal lo encontró en la fábrica, donde su padre seguía con los abanicos, que siempre han tenido su público. En España y en Europa. El trabajo le gustó. Como le gustó a su padre cuando, en 1964, decidió empezar a trabajar el abanico por necesidad y, con el tiempo, descubrió que aquel empleo manual le encantaba. 

En Aldaia, un pueblo de 32.000 habitantes, siempre ha habido mucha tradición y hoy aún perviven unas pocas fábricas artesanales porque se sigue vendiendo razonablemente bien. "El abanico se ha utilizado siempre y se sigue utilizando. Yo creo que hay cultura del abanico en toda Europa y hasta en todo el mundo. En España más, claro, por el calor. Pero en Francia y en Italia también se suele utilizar. En Inglaterra y Países Bajos también, aunque ahí quizá más como un complemento que por el calor. Y en Aldaia queda menos de lo que nos gustaría; no quedamos muchos artesanos". 

Dani cree que cualquiera se puede dedicar a este oficio, que no hace falta tener un don especial. "Con ganas se aprende todo. Luego ya está el talento de cada uno para pintar, burilar o calar". Él lleva desde 1998, cuando se ajustó el delantal con solo veinte años y terminó de aprender la rutina. Antiguamente les llegaba el tronco de la madera que querían en bruto y lo tenían que llevar a una serrería de València. Ahora ya no. Ahora, para evitar la transmisión de plagas o insectos entre países, se corta el tronco en tablones en el lugar de origen. "Lo que más usamos son ébano, palo santo, palo rosa, sapeli, vengué... La madera se sierra varilla a varilla, y luego se lija. Se agujerea el paquete, según las varillas que lleve el abanico, y hacemos la forma. Luego se le hace un agujero y se le pasa el clavo para unir todo el paquete. Algunos abanicos se les puede dar forma con una fresadora, pero, si tiene muchos agujeros, se tiene que hacer con una caladora. 

Los hacemos de diferentes tamaños: desde muy pequeños, luego el de caballero, un poco más grande, el de bolso y de ahí pasas ya al pericón o semipericón. Hemos llegado a hacer abanicos de 50 centímetros". No tarda en salir en la conversación el famoso abanico de la celebración de la Liga que ganó el Valencia CF en el 71, el mismo palmito que, décadas después, rescató Jaume Ortí con el título de 2002. "Aquel abanico se hizo en Aldaia. Ahora las empresas hacemos todo el proceso pero entonces imagino que uno haría las varillas, otro la tela, otro la pintaría... Así que lo justo es decir que ese abanico se hizo en Aldaia".

Su sobrina, tercera generación

Algunos vecinos pasan y saludan a Dani. Al lado, Rafa Solaz no para de entrar y salir de su librería de cuento. Se gastan bromas y ya ni pestañean ante las ocurrencias de los turistas, que sacan fotos, como hacemos todos los turistas, de todo. Un hombre se acerca y pregunta los precios. Dani, sonriente, le explica que varían mucho, que van desde los veinte euros de los más sencillos hasta los cinco o seis mil euros de los más caros. "En un abanico te puedes gastar lo que quieras. Todo depende de la madera o la calidad de los pintores. Lo que sí que he visto en otros sitios es que los cobran muchos más caros. Una vez fui a Zaragoza, entré en la catedral y me sorprendió ver un abanico con un dibujo de Goya. Solo se conservaba la tela con el dibujo y estaba enmarcada. Y, claro, ¿qué puede costar eso?". El precio lo encarecen también los materiales. Porque la tela de las pinturas siempre es de algodón, pero si no hay pintura entran en juego los tules, los encajes, los bolillos, las sedas, las plumas... 

Dani se esfuerza en remarcar que el abanico es un producto "cien por cien valenciano". Ni andaluz ni de otra parte, valenciano. "Cuando vienen los turistas, o valencianos que les llama la atención verme en la calle lijando las varillas, les cuento que este es un producto de aquí. Muchos se sorprenden. Pero, en el ámbito de Europa, el abanico solo se hace en Aldaia, Alaquàs, Godella y muy pocos sitios más. Es un artículo valenciano". Y por eso, además, ha puesto la vasta colección familiar, acumulada durante años de adquisiciones por todo el mundo, a disposición del Ayuntamiento de València y de la Generalitat para hacer un museo del abanico en el Palacio del Marqués de Dos Aguas o donde consideren, para que se dé a conocer de una vez que este instrumento para darse aire es autóctono. 

El menor de los hermanos Burriel no tiene descendencia, pero sí su hermano Javi, así que Noemí Burriel ya es la tercera generación de la empresa familiar. La sobrina de Dani se ha especializado en el diseño y en la pintura, y cada tarde acude a la tienda a trabajar. "Con ella han venido los nuevos tiempos", explica, satisfecho, su tío. La joven Noemí, además, lleva su trabajo a Instagram, que es el gran escaparate del siglo XXI.

Las maderas suelen provenir de Africa, de países como Camerún, o Sudamérica, fundamentalmente de la Amazonia. Unas pocas, maderas blandas como el haya o el abedul, llegan desde Europa. La más cara de todas, por su escasez, es el ébano. "Una pieza de veinte centímetros puede costar treinta euros. Y de ahí te sale un abanico. O ninguno", puntualiza. Antiguamente se utilizaban el marfil y el carey entre los adornos más sofisticados, pero su venta está prohibida ahora y esos materiales se han sustituido por el hueso y diferentes tipos de nácar. Hueso de toro de lidia, de la tibia de los morlacos muertos en la plaza. 

Otro vecino pasa y saluda a Dani, que cuenta que muchas veces le dejan a él los paquetes de Amazon que envían a la gente que vive alrededor de un negocio que aún no ha cumplido un año pero que ha encajado como si fuera la pieza del puzle que faltaba, Dentro de la tienda, de no más de 40 metros cuadrados y con una escalera de mármol que sugiere mucho más que el triste almacén que hay en un altillo, cuelgan varios retratos. Suyo, de su hermano y, por su puesto de sus padres. De Salvador Burriel, el fundador de la empresa, y de Pilar Castellano, que aparece pintando un abanico. Por todas partes, en varias vitrinas, hay vistosos abanicos, y en los rincones, libros. "Tengo muchos libros de abanicos", advierte este hombre que vive de lucir el palmito, y, en su caso, de lucir el palmito en plena calle.

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