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los vinos de los otros

De jereces y marquistas. Polisemia vinosa

Os lo tengo dicho y redicho, hedonistas vinosos, a Cádiz siempre se vuelve

Por | 19/10/2018 | 4 min, 41 seg

VALÈNCIA. El Marco de Jerez es marca de garantía polisémica y polemista, palomitas. Certeza por y para ser feliz sin polémicas, por favor, que no nos gustan nada y aquí se viene a disfrutar. A disfrutar de los buenos, por supuesto, y es que ellos también pueden serlo y mucho. Hablamos de los vinos de marquista y  brindamos chin chín, que hoy somos todos para uno y uno para todos.

Pero, ¿qué es eso del marquismo? Pues rebién nos lo explicaron este verano los muy enormes Armando, er Guerrita, y Andrew, el guerrero. Puede tener muchos nombres, pero al final lo que son, son: los vinos de los otros. En este caso nos referimos a esos señores y señoras que deciden buscar de bodega en bodega esa bota que les priva. Y a embotellar, oye. Etiqueta resultona, una buena promoción y aquí ganamos todos, porque si el vino está rico y se le da vidilla, tan contento el bodeguero, el que pone la marca y nosotros, que nos lo bebemos encantados. Porque es ADN jerezano y, por supuesto, tiene su sitio en nuestra cava. Así que así, sin prejuicios juiciosos y sosos entramos en acción como bailarina coneja que no deja pies sin cabeza.

¿Con qué? Con la Orleans CVA (Orleans Borbón / Compañía de Vinos del Atlántico), una manzanilla fresquita y gustosa, que integra compañías y deja alegría allá por donde pasa. Ligera aunque con sus misterios, nos la tomamos con unas misteriosas ortiguillas. En gazpachuelo como las hace el amigo Pedrito y morimos, por favor. 

Nos pierde el Fino Perdido (Sánchez Romate / Peter Dothieu), claro y obvio, tontis. Que aunque ya lo comercializa su bodega de origen, empezó siendo un embotellado especial para don Peter. Y así, sin más dilación ni ostentación, nos dice que es chisposo e interesante. Que tiene carisma aunque a veces parezca que lo conocemos demasiado bien. Y nos parece perfecto. Porque es así y con unos huevos bien fritos.

Y este don de Dothieu, que parecía curioso, nos trae otro vino y no decimos que no, eso nunca. Es el Amontillado Olvidado 1/5 (Sánchez Romate / Peter Dothieu). Como el anterior, ya lo embotella Sánchez Romate, y nos da un poco lo mismo lo uno que lo otro, porque es de esas bestiezuelas salinas y afiladas que encantan a los locos del jerez. Con una de sangrecilla encebollá ualalá.

Seguimos apostando por imposibles con el Fino 4/65 (Juan Piñero / Alexander Jules) que llena la boquita de frutos secos de uno, dos y a hasta tres tipos. A lo loco. La intensidad que dan los años cuando no nos adormecemos y decidimos darlo todo. Difícil a una edad, pero muy posible, colegui. Con algo sanote, no te siente mal, un atún laminado en crudo sobre base de salmorejo en su punto.

Nos ponemos formalitos con la Manzanilla Pasada La Bota 70 (La Guita / Equipo Navazos). Recuerdos de superavellana paseando por bodegas entre amigos de los que nunca fallan. La seriedad de los que abren camino y la eternidad de los que saben estar y quedarse para siempre. Porque siempre lo querremos con unos garbanzos con langostinos.

En plan señorona llega la Manzanilla Sacristía AB (Yuste / Antonio Barbadillo), dispuesta a hacer pasar un buen rato. Con elegancia y apresto se mantiene fina a pesar del tiempo y despliega compleja distinción junto a unos boquerones adobados y bien fritos.

Así, de mediolao se nos presenta el Amontillado Perpendicular (Yuste / Las Botas), y se gira desbocado como animalillo indómito. Nos lleva al mar de todo sal y nos abraza ahí, sin reparo y hasta el fin, que quiere un matrimonio, ya sabéis, esa mágica combinación con boquerón de la que repetimos eternamente.

Tontorrón de gustoso encandila el Palo Cortado Cayetano del Pino (Cayetano del Pino / Lustau). Sin candil no vemos que es redondito, pero sí, tiene curvas y nos placen, que pacemos un plato de arroz con rabo de toro. O cola, me vale.

Pionero de pica en Flandes viene ahora el Amontillado Colección Espíritus de Jerez (La Gitana / Roberto Amillo). Concentración de adelantado lunático que, por no saber, hace lo que debe, lo mejor. Salineces millones que desenvainan espadas, se clavan en el alma y en un pastel de muchos pisos y chocolate negro negro.

Enorme de enormidad es el Oloroso De La Riva (De La Riva). La única etiqueta marquista de una bodega que elabora unos vinos propios sin los que ya no queremos estar. En este caso tenemos un precioso caballo desbocado que acariciamos en soledad. Lo adoramos así. Como es y sin más.

Y sin menos llegamos al final para descubrir que los tesoros escondidos existen y que tan sólo es cuestión de leer el mapa. Nos ponemos las gafas de cerca y lo vemos claro, el Terán Salvaje (Un misterio) es hermoso disparate y enamora. Bárbaro monstruíllo con el que una vez más olvidamos que hay que comer, porque estamos en paz a su lado. Así nos despedimos, con la copa en la mano y la certidumbre de que el brillo del estío ya se ha apagado. Pero quedan los recuerdos y en ellos nos apoyamos para intentar seguir adelante y estar de nuevo aquí en un par de semanas. Hasta luego, amigos.

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