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NOTICIAS DE ORIENTE / OPINIÓN

Desafiando todos los análisis; la economía china no se hunde

28/10/2018 - 

Existe una larga tradición en las relaciones entre China y Occidente de profundo desconocimiento y falta de entendimiento elemental. Esta circunstancia se ha manifestado en numerosas ocasiones en la historia. Citaré solo dos que entiendo que resultan especialmente ilustrativas

En primer lugar, los Estados Unidos apoyaron sin dudarlo a Chiang Kai-shek en su pugna contra Mao, al que no veían posibilidad alguna de alcanzar el poder. En efecto, el Generalísimo Chiang les parecía mucho más entendible que el Gran Timonel. Esta proximidad se debió sobre todo a su mujer, Soong May-ling, más conocida como Madame Chiang Kai-shek, que fue una gran amiga de Estados Unidos. Me detendré un poco en este personaje que me resulta especialmente interesante e incluso inmenso. Fue la tercera hija (de seis) del ministro metodista chino Charlie Soong, que se hizo rico gracias al lucrativo negocio de venta de biblias en China. A principios del siglo pasado, May-ling fue enviada a Nueva Jersey para completar su educación. Su integración en la sociedad americana fue profunda: su inglés era impecable (con un fuerte acento de Jersey), lo que le permitió comunicarse con el público americano con facilidad (llegó a concentrar a 30.000 seguidores en una conferencia), y era amiga de presidentes americanos (su cercanía a Eleonor Roosevelt era de todos conocida), ocupó la portada de la revista Time junto a su marido como “Persona del año” y, de forma más individual, con el atractivo título de “La señora del Dragón”. Tras contraer matrimonio con Chiang Kai-shek, Madame Chiang volvió a China en 1927 y empezó a participar muy activamente en la política china: fue miembro del Yuan Legislativo y en 1945 pasó a formar parte del Comité Ejecutivo Central del Kuomitang. Por todo ello, fue, sin duda, una mujer china atípica. Profundamente china y a la vez muy americana. Resultó especialmente valiosa para hacer China entendible a las elites norteamericanas, hasta el punto de que estas concluyeron que la opción de su marido era la única viable. Por lo tanto, la victoria de Mao Zedong cogió a los occidentales con el paso cambiado y alteró todos los pronósticos que se habían realizado.

En segundo lugar, el otro ejemplo claro fueron las turbulencias en la bolsa de Shanghái en el verano de 2015. Los estudiosos occidentales interpretaron que era el principio del fin de China. Afirmaron que existía la tormenta perfecta: una tóxica combinación de burbuja inmobiliaria galopante, banca en la sombra (shadow banking) y sobrecapacidad productiva. Se habló de que se produciría un soft landing de la economía, en el mejor de los casos, y casi seguro un hard landing. Sin embargo, ninguno de estos pesimistas escenarios se dio. No debemos ser poco benevolentes con los analistas. Simplemente, aplicaron mecanismos claramente razonables e incluso canónicos para parámetros occidentales. En efecto, un crack en una bolsa occidental relevante (Wall Street) se lleva por delante, como ha sucedido en el pasado, a la totalidad de la economía. Sin embargo, el juego de la bolsa en China es diferente y no es ilustrativo de la salud general de la economía, sobre todo si partimos de la base de que las empresas chinas más potentes (que sigue representando cerca del 70 % de la economía china) siguen siendo empresas estatales o SOES (State Owned Entreprises).

Algo parecido está sucediendo en la actualidad con todos los agoreros mensajes sobre el colapso de la economía china. En efecto, en estos momentos, el centro de la preocupación —que, por otro lado, es un argumento recurrente— es el endeudamiento astronómico de la economía china. El Financial Times ha dedicado, inasequibles al desaliento, una preocupante serie de artículos sobre la amenaza de la deuda china. En este sentido, afirman contundentes verdades de Perogrullo, como que si algo no puede avanzar para siempre, terminará por pararse. Es cierto que desde 2008 (fecha de la crisis financiera) la deuda en China se disparó (se pasó de estar en un 171 % del PIB al 299 %); pero no debemos olvidar que precisamente la política que de forma inmediata aplicó el Gobierno chino para evitar el contagio de la crisis financiera occidental (y lo consiguió) se basó esencialmente en un colosal programa de inversión pública que representó casi el 12,5 % del PIB, lo que supone el mayor esfuerzo de estímulo que haya realizado jamás ninguna economía en tiempos de paz. El efecto inmediato de este chute hipercalórico fue el mantenimiento del crecimiento del PIB en dos dígitos, un 10 % justo después de la crisis. Y también implicó el aumento astronómico de la deuda, sobre todo a compañías no financieras, entre las que se deben incluir las compañías instrumentales de fuera del balance de los gobiernos locales.

Pero hay que tener en cuenta algunas circunstancias. Esa extraordinario endeudamiento va acompañado de una tasa de ahorro igualmente excepcional. Además, el endeudamiento es público, no privado, con lo que los riegos los asume el Estado, que es especialmente potente desde el punto de vista económico. Y no hay que olvidar que los servicios financieros en China hace diez años eran casi inexistentes. Por lo tanto, dicho endeudamiento refleja también el desarrollo normal de los servicios financieros. Además, China es una economía en la que la cuenta de capital se encuentra especialmente controlada y, por consiguiente, es impermeable a una salida masiva de capitales como se ha producido en otras economías más abiertas y, en este sentido, más frágiles. Como se sabe, una característica de China es el extraordinario protagonismo y poder de su Gobierno en la economía. En efecto, el Gobierno chino tiene controladas todas las palancas de la economía: gestiona de forma directa su banco central —que no es independiente—, controla el sistema bancario, es propietario directo de la mayor parte del aparato productivo empresarial del país, y el control de cambios y de la inversión extranjera es férreo. Y este poder público puede tener sus ventajas, ya que permite incluso la corrección de medidas equivocadas de forma rápida.

Por todo lo anterior, China no es un lugar normal, y parece razonable concluir que su economía tampoco se comporta como una economía normal. Además, su capacidad de transformación y agilidad son enormes, y se va adaptando a las diferentes situaciones exteriores. Para un análisis más certero de la evolución de la economía china, vamos a tener que ser más abiertos y flexibles, y dotarnos de instrumentos de análisis menos ortodoxos.

Para concluir con algo concreto, la guerra comercial con Estados Unidos, por supuesto que va a afectar a su marcha, pero ya se están tomando medidas. China es consciente que una de sus fortalezas estratégicas está en las reservas de dólares que tiene, y no quiere perderlas. Por ello anticipo que, a corto plazo, hasta que la incertidumbre se disipe, vamos a presenciar cierto retraimiento de China (¡que no colapso!) hacia dentro: a invertir más en su propio país, a profundizar en su economía de consumo, a desarrollar sus industrias de alta tecnología. Esto hace que su apetito inversor internacional quizás se modere en los próximos meses. En todo  caso, se trata de un posicionamiento temporal, ya que la integración de China en los próximos años solo puede aumentar.


Francisco Martínez Boluda es abogado de Uría Menéndez

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