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Visiones y visitas / OPINIÓN

Dragar conceptos

23/09/2019 - 

Se habla mucho de dragar el puerto para que atraquen los cargueros, los petroleros y las galeras del ocio. También se habla mucho de dragar la Albufera para que no se acabe de convertir en una cochinada. Sin embargo, no se habla en absoluto de dragar, por ejemplo, el concepto de política, de succionar el poso fétido que lo anega, cuando es el dragado más urgente de todos. Al fin y al cabo en el puerto entran barcos hasta cierto calado, y en la Albufera todavía se pescan peces, aunque pocos. El término 'política', en cambio, después de incontables aluviones de mezquindad, hipocresía, interés y tergiversación, apenas conserva espacio para su sentido genuino. La dificultad es máxima, y la maquinaria requerida muy otra, pero es un dragado indispensable; porque, si bien se mira, dragar a conciencia la palabra 'política' permitiría dar por hechos los dragados del puerto y de la Albufera. Quiérese decir que la insuficiencia del puerto y la pestilente agonía de la charca se deben a una mala política, y que la política seguirá siendo mala mientras no reciba un dragado conceptual que le saque los vicios y deje sitio a la nobleza, la equidad, la vocación y el altruismo, que son los elementos de su verdadera esencia.

El dragado físico está muy bien: es higiénico y desopilativo. El dragado lingüístico es menos conocido y practicado, pero suele aportar beneficios equivalentes. Considérese que tan cochambroso está el ámbito abstracto como el ámbito material; que hay nociones, como la de 'política', tan repletas de cazcarria que les resulta imposible significar como debieran.

Han pasado más de cuatro meses desde las últimas elecciones generales, pero no tenemos gobierno porque la política no está operativa: tiembla y resopla, se agita y petardea, trompica y sufre arcadas; no acaba de ponerse a funcionar porque tiene las entretelas obstruidas de animosidad, maledicencia, embuste, cicatería y desprecio de los representantes a los representados. El hueco de la empatía es mínimo porque las cavidades del vocablo 'política' están atarugadas con ansia de poltronas; por eso hace más falta que nunca un dragado exhaustivo, un dragado gordo, un dragado histórico del concepto; un dragado que le remonde los conductos y los deje tan amplios y desembarazados como el día que salieron de fábrica.

Entre los delegados de la ciudadanía, lustros ha degenerados en clase política, escasean alarmantemente los expertos en dragado semántico. La porquería se deposita en el fondo de las palabras; pronto las colmará, y la terminología del servicio y el interés general se habrá transformado en sedimento de letrina, en atasco de albañal, en zahúrda infecta para que los arribistas y los logreros rebocen la corambre a sus anchas.

El vocabulario debe dragarse como se dragan los puertos y las albuferas; debe sacársele toda la mugre que deja, con el tiempo, la frecuente abarquilladura de las expresiones, la continua perversión del idioma que perpetran los hablantes con tal de salirse con la suya. Esto pasa en la mayoría de los entornos, pero afecta especialmente al de la política. La jerga del parlamentarismo y la negociación entre partidos precisa un dragado completo que le devuelva la fiabilidad y, por tanto, la eficacia comunicativa. Lo de ahora es algo descompuesto, putrefacto; un muladar sórdido en que se hunden hasta el corvejón los mejores propósitos; una fuente de malentendidos argumentales y de contrahechuras ideológicas; un Chernobyl especulativo que produce jorobas de intolerancia y cojeras de terquedad; unas arenas movedizas que degluten el diálogo y el acuerdo; un pantano siniestro que confunde al más pintado y lo condena irremediablemente a la torpeza y al chapoteo.

Parece ser que la RAE, inane, patidifusa, narcoléptica, víctima de una permisividad inexplicable, no se percata de cuánto necesita una draga moderna para eliminar los pegotes que la falsedad, la mala intención y el desmedido anhelo de poder y dinero llevan años adhiriendo al encenagado concepto de «política».

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