VALÈNCIA. Esta es la historia de un bollo que pasó de la panificadora industrial a ser uno de los hits estaciónales de nuestros reposteros estrella. Bueno, más bien la trayectoria del panettone en España es un viaje ida, vuelta e ida -como cuando te equivocas en la dirección del metro, te saltas una parada y ya en casa, olvidas el bonometro en unos vaqueros que están rotando en el tambor de la lavadora-.
El primer trayecto aconteció hace años, cuando en los obradores de ciertas pastelerías tradicionales se atrevieron con uno de los baked goods europeos de más dificultad técnica. Mucho trabajo, mucha investigación, pero los pobres panettones pasaron sin pena ni gloria ante los impávidos ojos de los clientes, que seguían aferrándose a los turrones de frutas confitadas, polvorones, roscos de vino y cía. Tiempo después, brotaron en los grandes almacenes, allí, a un precio irrisorio y vestidos con cajas de brillantes colores, entraron a formar parte de la manduca navideña, llegando incluso a la atávica cesta de Navidad.
Dos de los centinelas del panettone premium regional son el alicantino Paco Torreblanca y el valenciano Salvador Monplá. El primero tiene en su carta un mítico panettone de chocolate, el de naranja, el de chocolate y naranja y la versión de avellana, mientras que en Monplá, está el clásico de vainilla, el choco-naranja confitada, el de chocolate negro al 64% -el sabor para todos los públicos-, el de calabaza y naranja confitada -la niña bonita de Salva- y el de frutas y pasas maceradas al ron.