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CRÍTICA DE CINE 

'El cuento de las comadrejas': La ley del más fuerte

12/07/2019 - 

VALÈNCIA. Han pasado diez años desde El secreto de tus ojos (2009), por la que Juan José Campanella consiguió el Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa. Unos años antes había sido uno de los máximos responsables del boom del nuevo cine argentino gracias al éxito de El hijo de la novia (2001), convirtiéndose en uno de los nombres imprescindibles del panorama latinoamericano. En los últimos tiempos había firmado una película de animación, Futbolín (Metegol) (2013) y participado en diferentes series de televisión como Entre caníbales. 

Ahora regresa a la ficción cinematográfica con El cuento de las comadrejas, un remake de Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976), de José Martínez Suárez, que se ha ido convirtiendo a lo largo del tiempo en una película de culto por su humor corrosivo. Quizás, esta adaptación es para Campanella una forma de homenajear a uno de sus maestros, pero también supone la oportunidad de ofrecer un discurso metacinematográfico y rendir tributo al propio arte del cine y a todos sus integrantes a través de sus luces, pero también de sus sombras, y hablar de temas como la necesidad de éxito y del doloroso olvido cuando desaparecen de los focos de atención. 

El cuento de las comadrejas se convierte así en una película crepuscular en la que los protagonistas son un cuarteto de estrellas retiradas que tuvieron un momento de esplendor que los marcó para siempre y que ahora viven embalsamadas en una mansión testigo de los grandes tiempos y también de su progresivo declive, un huis clos de atmósfera viciada entre decadente y esperpéntico en el que las comadrejas y los ratones campan a sus anchas entre los tapices y las estatuillas doradas. 

La gran Graciela Borges interpreta a Mara Ordaz, en una especie de espejo deformado de su propia trayectoria que la llevó a convertirse en una de las grandes musas de los años sesenta (trabajó con todos los grandes directores, sobre todo con Leopoldo Torre Nilsson y Raúl de la Torre pasando por Leonardo Favio). Su egolatría le ha llevado a crear un personaje que remite al de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, una mujer que ya no se sabe dónde empieza la persona y termina la actriz. Junto a ella se agrupan los tres grandes hombres de su vida: su marido, Pedro de Córdoba, actor malogrado tras un accidente de tráfico (Luis Brandoni), su guionista (Marcos Mudstock, integrante de Les Luthiers) y su director, Norberto Imbert (Óscar Martínez). Los cuatro viven recluidos en la enorme casona recordando viejos tiempos y, en especial los hombres, agradeciendo que su vida no haya sido como una de sus películas, porque es apacible y sin giros de guion. Hasta que un día reciben la visita de una extraña pareja de jóvenes que llega con oscuras intenciones. Son Bárbara (Clara Lago) y Francisco (Nicolás Francella) y pertenecen a una empresa inmobiliaria que quiere hacerse con la propiedad sea como sea, engañando a Mara Ordaz agasajándola con toda una serie de halagos que hace mucho que no escucha de nadie. Ellos se identificarán con las comadrejas que quieren de forma despiadada despellejar a sus presas sin importarles las consecuencias morales que esto pueda implicar. Pero lo que no saben es que los tres ancianos son especialistas en autodefensa, y harán todo lo posible para luchar por sus intereses. 

La película se configura alrededor de los moldes de la comedia muy negra a través de un juego maquiavélico que enfrenta a dos generaciones, o si se quiere, dos formas de entender la vida, la de los que quieren preservar lo que es suyo y la de aquellos que no tienen escrúpulos en arrasar con lo que hay a su alrededor con tal de conseguir sus objetivos. La vieja escuela contra las nuevas formas de capitalismo devorador. Pero no nos engañemos, ninguno de ellos es inocente. Cada uno a su manera, intenta sobrevivir como puede. 

También puede verse como una película en torno a la necesidad de seguir contando historias y de que estas sean interpretadas y llevadas a escena y entre el nuevo y el viejo cine argentino. Quizás, por esa razón, hay alusiones directas constantes a la forma en la que se construyen los guiones de cine a partir de los acontecimientos: la aparición de los “villanos”, las intrigas, los giros y la venganza final de connotaciones teatrales que además incluye una moraleja, porque para eso estamos en el territorio del cuento, de la ficción escrita, con sus diálogos imposibles, sus subrayados y su tono en ocasiones rimbombante. 

De la cinta original, Campanella ha eliminado las alusiones machistas, la guerra de sexos se encuentra atenuada y, en ese sentido, los personajes femeninos se sitúan al mismo nivel que los masculinos. Todos juegan sus cartas, aunque sea de manera rastrera y cínica, sin diferencia de género. El director construye con esos elementos una película macabra y corrosiva y disfruta orquestando una puesta en escena hecha a medida de sus actores que componen un verdadero recital interpretativo. 

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