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CRÍTICA DE CINE

‘El desafío (The walk)’: Manual para alcanzar las nubes

La lúdica irreverencia del funámbulo Robert Zemeckis y su talento visual se dan cita en una película nostálgica, simpática y optimista pero de poso amargo

25/12/2015 - 

VALENCIA. En una ocasión, con motivo de un documental sobre la realización de la trilogía Regreso al futuro el cineasta Robert Zemeckis (Chicago, 1942) comentaba que cuando estaba en la facultad todos sus compañeros hablaban del clásico del neorrealismo italiano Ladrón de bicicletas (Vittorio de Sica, 1948) como su película favorita. A él también le gustaba, lógicamente, pero prefería otras como La gran evasión (John Sturges, 1963). Bob Gale, su socio, también. Era toda una declaración de intenciones y una perfecta síntesis de las constantes de su cine: una insolencia domesticada, permisible maniqueísmo, algo de optimismo y una amargura en ocasiones no velada.

Zemeckis ha sido el niño pequeño, travieso e ingenioso de la generación única de cineastas estadounidenses que cambiaron la historia del cine americano en los años setenta y ochenta, y por extensión, del séptimo arte en general. Con sus visionarios conceptos revolucionaron el mainstream, si bien de la rebeldía inicial, desmedida y honesta de los Coppola o Hopper, se pasó al cine más domesticado, comercial y familiar de los Spielberg, Lucas y compañía. Se halla más cerca de estos que de los primeros, pero tiene tanto talento como todos ellos. Todas sus películas tienen en común que son largometrajes que sobreviven a cualquier censura, ya que se mueven dentro de la más estricta corrección. Inconscientemente machistas (prácticamente ninguna de ellas supera el famoso test de Bechdel, responden a una forma de hacer cine que es una bisagra entre el comercial puro y duro y aquel que aspira a evocar emociones o suscitar reflexiones sobre el ser humano, sus obsesiones y anhelos.

Si bien Hollywood bendijo su particular revisión de la historia de EEUU en la tantas veces imitada Forrest Gump (1994), tramposa, emotiva y lúcida y que funcionaba como un reloj suizo, a Zemeckis no se le ha tratado excesivamente bien en los círculos de la crítica. Algo injusto habida cuenta que en su carrera podemos encontrar hallazgos como la trilogía de Regreso al futuro, ese clásico que sigue creando fans, así como películas tan encomiables como Náufrago (2000) o la más reciente El vuelo (2012), quizá su trabajo más maduro y en el que contó con una extraordinaria interpretación de Denzel Washington. Cierto es que es también el artífice de bodrios como Polar Express (2004) o de productos superados, como ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), pero son los menos en su filmografía.


El desafío (The walk), que se estrena este viernes en las carteleras españolas, forma parte de los largometrajes más competentes de su autor. Es un perfecto ejemplo del cine que ha practicado con tanta soltura durante sus más de treinta años de carrera. Tan impecable técnicamente como divertida y, por qué no decirlo, infantil (si bien su puerilidad no es intelectual sino emocional), se trata de una película ingenua, simpática, ocurrente, con destellos puntuales. 

La historia de El desafío (The walk) es conocida entre los nacidos en los años sesenta y setenta por proximidad temporal, así como por los más cinéfilos, ya que fue retratada por James Marsh en su meritorio documental Man on a Wire (2008) que logró el Óscar en su categoría. Narra como el funámbulo Philippe Petit logró el 7 de agosto de 1974 la extraordinaria proeza de caminar de una torre gemela de Nueva York a otra sobre un cable de acero. Las Torres Gemelas estaban concluyéndose entonces y en la ciudad eran despreciadas hasta el punto que muchos las consideraban unos feos armarios, nada que ver con la elegancia del edificio Chrysler. Fue sin embargo la hazaña de Petit la que hizo que los neoyorquinos, y por extensión el mundo, las miraran como algo diferente.

Con una lírica facilona (¿qué más da?) que habla del alma de los lugares, de las cosas, de los objetos, y haciendo una gala de una extraordinaria pericia técnica, el largometraje no sólo reconstruye las desaparecidas Torres Gemelas sino que ofrece a los espectadores perspectivas imposibles, imágenes de una gran belleza que epatan casi tanto como la historia. La minuciosa escrupulosidad que exhibe en el retrato de las mismas aporta algunos de los instantes más hermosos del cine de este año, como ese amanecer del día 7 de agosto, o esos planos de Petit de espaldas mirando de una torre a otra y que remiten de manera irremisible a los cuadros de Caspar David Friedrich.

FOTO: Joseph Gordon Levitt, de espaldas, durante un momento de ‘El desafío (The walk)’

A diferencia del documental de Marsh, Zemeckis apuesta por la épica y es algo que se percibe en pequeños detalles, como que el gran momento, el paseo por el alambre, fue retratado en el documental con la delicada ‘Gymnopédie número 1’ de Satie de fondo, mientras que en esta ficción se emplea la más popular ‘Für Eloise’ de Beethoven en un arreglo orquestado por el siempre eficiente Alan Silvestri, para después introducir música incidental que incrementa la intensidad.Son de hecho el sonido y la banda sonora los que realzan la tensión dotando de cuerpo las frías y asombrosas líneas de una perspectiva infinita que en ocasiones da vértigo, hasta el punto de que contemplar el film en pantalla grande sea toda una experiencia.

Si bien El desafío (The walk) está construido en torno a la secuencia del paseo que le da nombre en el título original, 17 minutos que no llegan a aburrir pese a su obviedad, la película no se limita a ellos y hace un recorrido por la vida de Petit siguiendo los pasos de su autobiografía Alcanzar las nubes, con la habilidad de conseguir llevar tensión a una historia cuyo final ya se sabe incluso aunque no se tenga conocimiento de la misma. Narrada en off, la película responde desde el principio la cuestión de si se hizo o no el desafío. El protagonista habla mirando a cámara, como si fuera un documental; el personaje, por ende, está vivo. No hace falta pasarse por aquí para confirmarlo. 

Pese a ello, la realización de Zemeckis, su inteligente disposición de los sucesos de la película, así como la inclusión de elementos tangenciales al argumento (con personajes tan delirantes como el de Barry Greenhouse, amigo de Petit e infiltrado en las torres, interpretado por Barry Valentine), favorecen la empatía con el protagonista, el interés por la historia, y conducen a ese plausible momento final, que en su día fue noticia, y que la cinta evoca y recrea en un recurso que remite a la ya mentada Forrest Gump.


Otra de las bazas de la película son las interpretaciones de su reparto, y muy especialmente de su protagonista, un convincente Joseph Gordon Levitt a quien dan réplica el veterano Ben Kingsley y la bella Charlotte Le Bon, quien a duras penas puede luchar contra el carácter secundario, prácticamente accidental, de su personaje; los retratos femeninos, ya se sabe, no son el fuerte de Zemeckis. La pasión y la fisicidad de la actuación de Gordon Levitt se combinan para dar credibilidad a la historia, incluso en los momentos más previsibles; algunos de ellos, cosas que pasan, estrictamente reales. La egocéntrica, disparatada, soberbia y arrogante personalidad de Petit es retratada con generosidad pero sin ambages. Es un personaje insoportable, tan insoportable que acaba cayendo bien, porque lo que intenta es maravilloso: convertirse en aire.

Con todo, un poso acre subyace en la película y así su alegría se revela como una derrotada nostalgia que evoca un pasado que ya no existe, unos edificios que han desaparecido, y a los cuales mira Zemeckis como el que mira al trineo de su infancia quemarse en un horno. El desafío (The walk) los observa, les rinde tributo, y lo hace con un afecto indisimulado a través de los ojos del hombre que les dio vida, del funámbulo que en su locura logró que aquellos fríos bloques de hormigón, vidrio y acero, se convirtieran en una suerte de pilares sobre los que subirse para tocar las nubes, y dio a Nueva York un icono que no fue derribado hasta aquel 11 de septiembre maldito.

Signo de los tiempos, pese a su calidad El desafío (The walk) ha sido un fracaso en Estados Unidos. Con un presupuesto realmente modesto para lo que se ve en pantalla, la película apenas ha costado 35 millones de dólares, su taquilla en Estados Unidos ha sido ínfima, tan solo 10 millones de dólares, y está siendo el mercado internacional el que está salvando económicamente una producción que es posiblemente uno de los primeros cantos de cisne de la generación mágica de Hollywood. Con Lucas en franca retirada y Spielberg firmando productos tan entretenidos como menores como El puente de los espías, es cuestión de tiempo que estos cineastas que llenaron las salas de todo el mundo comiencen a abandonar la primera línea y dejen paso a las nuevas hornadas. 

El desafío (The walk), con todos sus defectos, se yergue como una extraordinaria película comercial, tan maldita como brillante, y Zemeckis como un maestro. No va a ser su última obra, pero sí una de las últimas. Y está a la altura de sus mejores trabajos. Ir al cine a verla no es sólo recomendable; debería ser una obligación para todo cinéfilo devoto del buen cine comercial estadounidense de los ochenta, ése que visto hoy aún sigue siendo loable, y para todo aquel que quiera ver cómo se rueda una escena de tensión a la que no puede derrotar ningún spoiler. Zemeckis aún tiene magia. Disfrutémosla mientras podamos. Es nuestra suerte.


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