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Tú dale a un mono un teclado / OPINIÓN

El gasolinero que pensaba mal

18/02/2021 - 

Hace poco alguien se sorprendía porque yo no era capaz de recordar los cumpleaños de la gente. Incluso dudo de las fechas de nacimiento de mi familia y amigos más cercanos. Me cuesta retener fechas y reconocer caras. Tampoco soy capaz de saber cuál es mi derecha y mi izquierda si no lo pienso durante unos segundos, por lo que soy el peor copiloto del mundo, pero esa es otra historia. Lo de las caras es muy fuerte: una vez estuve hablando varias horas con una persona y dos días después me la encontré por la calle y no supe quién era. Y esto fue a.m. (antes de la mascarilla). Así que me miran fijamente, pues yo saludo por si acaso es alguien a quien conozco. Muchas veces me doy cuenta, por su gesto de sorpresa, que me habían mirado por casualidad. Esas personas creen que soy simpatiquísimo. Otras que me conocen y a las que no saludo creen que soy antipatiquísimo.

No creo que sea ni una cosa ni la otra, la verdad.

Cada cerebro es un mundo. Me considero una persona culta e incluso bastante intelectual, pero como compañero del Trivial no doy un duro. Si mi madre no fuera igual que yo, pensaría que tengo un problema grave. A menudo soy acusado de egoísta: seguro que te acuerdas de lo que te interesa. Pero la realidad es que no suelo saber dónde he dejado nada: he denunciado el robo de mi coche por no recordar dónde estaba aparcado y he perdido barcos o conciertos por olvidarme la hora o la fecha.

No, no me acuerdo de lo que me interesa.

A pesar de mi memoria y mi despiste, mi mente es bastante buena creando conexiones, analogías, paralelismos o trazando caminos entre la información. Vivo en una especie de empanamiento fatal para la vida cotidiana pero competente para los procesos creativos.

Cada mente, como cada pareja, tiene sus equilibrios y lo que dios nos quita por un lado nos lo da por otro. Es difícil juzgar una mente desde otra. Una situación desde otra. A una persona por un solo gesto.

¿Y por qué cuento todo esto?

Pues porque no quedaban guantes en la gasolinera y le pedí al chico que me pusiera gasolina. Y el chico me miró mal y se acercó a regañadientes y, aunque me puso, insinuó entre bromas (que no me lo parecieron tanto) que no me costaba tanto ponerme yo mismo la gasolina.

Le expliqué que estaba bastante alérgico esos días por lo que moqueaba mucho y debía sonarme a menudo. Que si tocaba la manguera, la mano me olería a gasolina y ese olor iría a mis fosas nasales. No me apetecía ir todo el día con ese olor metido en la nariz. Que podía ir a lavarme luego, pero que el olor de la gasolina no era tan fácil de quitar…

Pero esto es lo de menos. Lo de más es que no somos capaces de pensar bien de la gente. De imaginar razones que los eximan de las culpas y defectos que imaginamos. Siempre solemos pensar lo peor: si alguien te habla mal un día, es imbécil. Quizás se está divorciando o su hijo tiene problemas en el colegio o le han diagnosticado cáncer. Pero, ¿por qué pensar bien?

Menudo imbécil.

Si un trabajador de cara al público te trata mal es que es un incompetente, no puede ser que tenga estrés porque trabaja demasiado y que apenas pueda dormir porque está cuidando a su madre.

Si alguien no te saluda es antipático y si te pide que le pongas gasolina, es un jeta.

Vamos a hacer una cosa. Vamos a pensar bien un par de días. Sé que es un consejo muy barato, pero con el ritmo frenético de vida que llevamos, por mucho que sepamos la teoría no solemos aplicarlo a la práctica. Elabora hipótesis piadosas sobre esa compañera del trabajo que no soportas, sobre el cajero que te atiende con cara de perro, sobre la contestación brusca de tu cuñado. Piensa en esas veces en que tú te comportas como ellos: días de mierda los tenemos todos. Y tus excusas pueden valer para los demás, ¿no? ¿O solo sirven para ti?

Pero vamos, que si prefieres hacer mala sangre hasta la úlcera, pues yo qué sé. Adelante. Eres libre para odiar a todos e ir mascullando entre dientes todo el día. Para pitar a los que te adelantan como locos antes de tú adelantar a otro coche, cinco minutos después, como un loco.

Pero es que tú tienes prisa, claro.

El otro no. El otro es un imbécil, como le has dejado claro con el claxon.

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