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NOSTÀLGIA DE FUTUR / OPINIÓN

El momento de un gran evento

Un gran evento como proceso ciudadano de experimentación, con el marco jurídico adecuado para que las cosas buenas pasen

2/06/2016 - 

Ha habido una correlación evidente entre la proliferación de grandes eventos, adornados por poderosos iconos arquitectónicos, y la hinchazón de la burbuja inmobiliaria.

La percepción cambia con el tiempo, pero echar la vista atrás nos hace recordar una ciudad dicotómica. Una ciudad fascinada por la infraestructura y por las estrellas del firmamento (en forma de pilotos, regatistas, directores de orquesta o pintores). Por otro lado observamos una cantera desaprovechada. Pocas rutas para desarrollar el talento desde abajo.

Es una ironía que la obcecada obsesión por señalar nuestra situación en el mapa a golpe de imagen televisiva, haya consolidado nuestra posición cartográfica por los entramados oscuros de la relación entre poder público y poder privado, entre la infraestructura y la especulación. 

Aún así, sería demasiado fácil condenar los eventos de manera genérica, de un plumazo y sin matices. Un fetichismo por lo micro, por construir la ciudad a base de pequeñas aunque importantes anécdotas, puede ser tan contraproducente como rendirse a lo macro, que es como matar moscas a cañonazos. 

Los impactos de los grandes eventos han sido variables. Por ejemplo, la Fórmula 1 o la America’s Cup no son comparables, la segunda tuvo más efectos positivos y menos externalidades negativas que la primera. Pero el diagnóstico común fue una absoluta falta de planificación para el día de después, tanto para los grandes eventos deportivos y culturales como para el uso y la gestión de las nuevas infraestructuras (basta ver el reportaje fotográfico de Eva Mañez en Valencia Plaza). 

Los grandes eventos se pueden entender como hitos comunicativos y simbólicos que sirven para acometer grandes reformas urbanas y desarrollos de infraestructuras que deberían servir a largo plazo para aumentar el atractivo de la ciudad, incrementar la calidad de vida de las personas o mejorar la cohesión social y el empleo. Parece que ninguno de los objetivos del largo plazo se ha cumplido.

Pero al mismo tiempo que los valencianos hemos sido nefastos en la planificación, hemos sido bastante buenos en la ejecución. A la hora de la verdad, el Veles e Vents estuvo acabado en tiempo récord, las gradas de carreras y conciertos estaban montadas, los anuncios en los periódicos, los asistentes acreditados, los platós preparados. Y la experiencia de locales y visitantes estuvo a la altura de las expectativas. Esta idea, que le robo a Pau Rausell, me parece muy sugerente; tanto como nos hemos equivocado en el plano de la planificación, hemos sido muy eficaces para la ejecución. 

Los eventos al fin y al cabo suponen una delimitación de una singularidad en un espacio físico. Una declaración institucional que define un marco temporal para que pasen según que cosas adornadas por un hito concentrado en poco tiempo. Si el evento es declarado institucionalmente  de especial interés entonces va acompañado de unas condiciones fiscales beneficiosas y de un mecanismo de gestión ad hoc. 

Propongo impulsar el primer gran evento de la València post-crisis, sin la necesidad de buscar una competición o una excusa de fuera para traerla a golpe de canon. Se trataría en cambio, de darle la vuelta al mismo elemento: una declaración institucional para que un espacio urbano, durante un tiempo acotado, acoja usos singulares. 

El primer gran evento post-crisis podría suponer la activación productiva y la apropiación ciudadana de espacios construidos infrautilizados (tenemos miles de metros cuadrados) a través de las ideas y el talento de aquí, con un bajo coste de oportunidad, no condicionando demasiado el desarrollo futuro. Un gran evento como proceso ciudadano de experimentación, con el marco jurídico adecuado para que las cosas buenas pasen, aprovechando nuestra eficacia en la ejecución, con margen para la planificación. Necesitamos en València una zona franca para las ideas, un lugar adecuado para testear innovaciones y aprender haciendo con los procesos. Sin construir una sola piedra. Y mejor si es cerca del mar

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