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La encrucijada / OPINIÓN

El pasado, ¿Vía futura del conservadurismo político valenciano?

26/10/2021 - 

Una parte del conservadurismo político de la Comunitat Valenciana se está reorganizando. Tras circular el liderazgo del Partido Popular por Valencia y Castellón, la antorcha regresa de nuevo a Alicante. Un hecho que se nota en el caldeamiento del ambiente, la atención prestada a su Diputación Provincial y la recepción de las posiciones de su presidente en distintos círculos económicos y mediáticos.

Resulta lógica la aspiración a oxigenarse del conservadurismo meridional de la Comunitat. La autoestima de determinados sectores de Alicante aún se resiente por los errores de un pasado no muy lejano. Los que condujeron a la desaparición de la CAM y de COEPA y a la gravísima descapitalización de la Institución Ferial Alicantina; la fallida vida de la primera Terra Mítica; la no menos azarosa trayectoria de la Ciudad de la Luz, cuya actividad a golpe de talonario público tropezó con el escrutinio europeo a las ayudas que agrietan la competencia empresarial; la pérdida de productividad ocasionada por la excesiva inversión en sectores generadores de bajo valor añadido y el deterioro de la fortaleza industrial que, durante décadas, moldeó la organización económica, social y territorial de numerosas comarcas alicantinas.

Se esperaría que el presidente Mazón priorizara la neutralización de estos vasos de hiel que amargaron aquella etapa; que tal reacción fuera preludio de una actualizada visión, reconocedora del pasivo del pasado e integrada en un futuro holístico de la Comunitat Valenciana: menos esclava de fronteras provinciales y más consciente de lo mucho que la complementa y une a lo largo y ancho de su territorio. Pero, por el contrario, lo que deslumbra de su iniciación renovadora es el regreso al pasado, la minimización del presente y el difuminado del futuro. Una recuperación del ayer que dividió a los valencianos, rehabilitando, como materiales nuevos, momentos que lastraron el acceso valenciano al Estado Autonómico y, más aún, el imprescindible clima de concordia entre parte de sus ciudadanos. Y, a esta primera pátina de reminiscencias que ya no convence más que a cierto conservadurismo melancólico, ha añadido la reivindicación de personajes que, si todavía son objeto de reproche público, no lo es porque exista la vesania de recriminarles, sino porque el papel timbrado de la Justicia evoca su actualidad en nuestro día a día: para su infortunio y para el de quienes, todavía, sufrimos el dolor de contemplar cómo lo ya recuperado en prestigio por la Comunitat Valenciana se torna en descrédito cuando los detritus de aquel ayer recuperan posiciones en los medios de comunicación del resto de España.

Anclarse en el pasado es, asimismo, mantener el mediocre nivel que el conservadurismo político valenciano ha asignado, habitualmente, a su proyecto económico. Ninguna idea original y estimulante surge de lo que debería ser una fuente de instrumentos con el juicio, concreción y garra propios de quien aspira a gobernar responsablemente. Lo único identificable es el enésimo reciclaje de la doble reducción de los impuestos y el gasto público autonómicos, cuando hasta la comedida Europa ha abrazado el capítulo de gasto más ambicioso de su historia. Un hecho nada menor porque en condiciones como las actuales, -postpandemia, nueva economía, cambio climático, Europa y la modificación de las corrientes geopolíticas-, existen discursos que, de mantenerse, destacan más por su inoportuno sentido del ridículo que por su amortizado contenido.

De otra parte, ocultarse tras las generalizaciones, las palabras hueras y la cosecha de ambigüedades constituye un trayecto propio de quien no desea airear lo que realmente piensa. Algo que no trascendería la mera hipótesis si no fuera porque disponemos de pasadas experiencias que así lo apuntan. Programa oculto fueron las decisiones del Consell que permitieron arrasar suelo agrario y capital paisajístico para ceder todo el espacio, necesario e innecesario, a la inversión en suelo, cemento y ladrillo más disparatada y contraproductiva de nuestra historia. Decisiones guiadas por el mismo estilo confundieron la colaboración público-privada con la sumisión clientelar de la hacienda autonómica y de las regulaciones legales. Un estilo de conservadurismo político que consideró empresario listo al proveedor de dopajes electorales y simple carne de voto, como mucho, al emprendedor que renuncia a lo mejor de su vida en beneficio de la empresa y estruja todas las opciones legales existentes para proporcionarle vitalidad y buen nombre.

Sucede, pues, que el conservadurismo político valenciano, -o como mínimo el más visible-, todavía no ha demostrado la superación de su penuria programática ni la de los cantos de sirena procedentes de ventajistas y nostálgicos. Parece temer cualquier roce con lo que significa transformación y cambio. Quizás eso sería lo que sugiere el término conservador si no fuera porque el emprendimiento económico, en todas sus facetas y mejores ejemplos históricos, se ha construido en torno a grandes revoluciones tecnológicas y a moderadas pero continuas innovaciones incrementales. Una administración público-privada de la destrucción creativa que, más que nunca, es el Santo Grial del tiempo presente. Una creatividad que adopta la forma de innovación tecnológica, nuevo conocimiento, reorganización, alianza colaborativa, ampliación de mercados y crecimiento empresarial sostenible. En las actuales condiciones, mostrar predilección por el inmovilismo o por las decisiones públicas que prometen paraísos a poco que se cambie un plan urbanístico o una equilibrada gestión de servicios públicos, añade un riesgo: que el discurso económico del conservadurismo local renuncie a recabar vitalidad propia y concluya buscando complementos vitamínicos o inspiraciones taumatúrgicas en el conservadurismo chulapo de la Comunidad de Madrid y sus manifestaciones negacionistas.

A las anteriores tentaciones se añade la más cercana al presidente de la Diputación de Alicante: el discurso de que los alicantinos son desiguales por culpa de “Valencia” y la obsesiva búsqueda de indicios que sostengan la anterior tesis, aunque ésta oculte la inacción propia. Un discurso que, más que reivindicativo, resulta autodestructivo para el sur de la Comunitat Valenciana. De una parte, porque proyecta justificación, pronto olvido e infravaloración a los propios errores, como los que se mencionaban al inicio de este artículo. Segundo, porque crea ínsulas de aislamiento que permiten justificar los proyectos individuales y orillar los proyectos compartidos: difícilmente se encontrará en la Comunitat un territorio sobre el que existan más planes estratégicos como el de Alicante y, al mismo tiempo, menor plasmación real de su contenido. Como si proyectar el Alicante de acá al margen de los Alicantes de al lado y sostener una política de codazos y duplicidades estuviera demostrado que constituye la mejor vía para galvanizar la excelente estructura urbana e institucional que existe en la provincia. Finalmente, porque el triunfo de Alicante recaerá en el que contemple como extensión propia un mapa sin límites, emplee a su gente como fuerza creativa internacional y obtenga, por esta vía, los mayores retornos posibles en talento y productividad: apelando mayoritaria y tozudamente al fortalecimiento de las capacidades existentes y de las posibles. También en este capítulo se precisa de bravura y resolución para superar la zona del confort conservador y los prejuicios levantados por un statu quo dogmático que juega para sí y hacia adentro, reprimiendo las energías de un territorio vibrante, situado en una de las más atractivas parcelas de Europa.

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