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"La Británica"

El ‘petróleo oculto’ de la montaña mágica

Plaza accede a las entrañas de uno de los proyectos emblemáticos de Alicante, una antigua refinería convertida en refugio

22/02/2018 - 

VALÈNCIA.- Existe en Alicante una mina por explotar que permanece cerrada desde hace más de medio siglo. Quedó clausurada y desmantelada hace exactamente 52 años. Demasiados. Pero, pese a estar expuesta a las incursiones de okupas y al deterioro del tiempo, se conserva bien. Y ahora puede haber llegado el momento de que vuelva a tener uso. Otro diferente, que conlleve su apertura al público, según los planes que maneja el Ayuntamiento de Alicante. Se trata de la antigua refinería de petróleo La Británica: una fábrica oculta bajo la Sierra del Molinet y la Serra Grossa con la que Alicante se subió a la industria del combustible, a finales del siglo XIX. Eran los tiempos en los que el oro negro garantizaba la iluminación, una vez transformado en aceite, hasta que la llegada del alumbrado eléctrico orientó casi plenamente el negocio del petróleo hacia los motores de combustión. 

En sentido estricto, las galerías subterráneas excavadas desde las entrañas de la propia montaña no se comenzaron a construir hasta después de que se iniciase la Guerra Civil, a partir de un proyecto de ampliación de las instalaciones que en ese momento ya existían en superficie, en el frente marítimo de la Cantera. La historia es tan larga como poco conocida. Todo comenzó a partir de una antigua siderurgia que funcionó en ese mismo emplazamiento hasta 1875. ¿Su nombre? Precisamente, el que hizo fortuna y ha llegado hasta nuestros días: La Británica. Una sociedad parisina, Deutsch e Hijos, reconvirtió esa fábrica primigenia en una refinería: una de las dos de las que Alicante llegó a disponer en ese momento (la segunda, en Poniente, denominada Industrias Babel y Nervión).

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En torno a 1914, esa nueva refinería impulsada por Deutsch e Hijos cambió de manos. Pasó a ser propiedad de la Sociedad Anónima Marca El León, que amplió sus instalaciones todavía en superficie, justo donde ahora se asienta el Real Club de Regatas (llegó a ocupar 71.246 metros cuadrados con hasta 37 depósitos de distinto tamaño, naves y viviendas de los trabajadores). Y finalmente esa factoría ya ampliada fue expropiada por el Estado en 1929 a través de la Compañía Administradora del Monopolio de Petróleos (Campsa), junto al resto de instalaciones similares que existían en el país, en una decisión motivada por el valor estratégico que ya por entonces había adquirido el combustible. Así lo recoge, cuando menos, el estudio De la refinería La Británica a la factoría de la Cantera de Alicante publicado en el segundo número de la colección Cuadernos del Museo del Transporte de la Comunidad Valenciana, que edita la cátedra Demetrio Ribes de la Universitat de València (UV).

Para entonces, se comenzaba a construir la carretera entre Alicante y El Campello, que hoy es la avenida de Villajoyosa, y la fábrica ya se apoyaba en el refuerzo logístico que le prestaba la línea ferroviaria Alicante-Villajoyosa-Dénia (el popular trenet de la Marina). En ese momento, ya bajo la tutela de Campsa, se decidió que la fábrica penetrase en el subsuelo. Primero, por la necesidad de ampliar y modernizar sus dependencias para multiplicar su capacidad de almacenaje. Y segundo, para proteger el combustible en un periodo especialmente convulso.

Así, la sociedad estatal presentó un primer proyecto en el Ayuntamiento de Alicante en 1932, todavía centrado en la explanada de la Cantera, con naves y depósitos en superficie. Pero estalló la Guerra Civil. Con ella, llegaron los bombardeos. Y, justo en 1937, hubo un segundo proyecto de Factoría Protegida que apostó por ocultar los depósitos en el corazón de la montaña. El propósito: preservar esas reservas estratégicas para el funcionamiento del país. Ahí se inició el grueso de la obra de lo que hoy sigue siendo todo un prodigio de la arquitectura industrial único en España y posiblemente en toda Europa.

La fábrica ‘escondida’

Campsa horadó tres largas galerías paralelas, las conectó mediante corredores perpendiculares e intercaló ocho grandes cámaras circulares centrales, de más de doce metros. En ellas, instaló depósitos con capacidad para almacenar hasta dos mil metros cúbicos de combustible. En sus extremos, excavó otras dieciséis cavidades laterales, de diámetro menor, pero también imponentes, en las que fue distribuyendo tanques de quinientos metros cúbicos. A día de hoy, ni el exhaustivo trabajo desarrollado por la cátedra Demetrio Ribes (que se nutre de los archivos históricos de la Compañía Logística de Hidrocarburos) ha permitido precisar exactamente cómo fue su proceso constructivo. Todo son incógnitas: qué maquinaria se empleó, cuánta mano de obra participó o cómo se introdujeron esos depósitos metálicos en las galerías. Tampoco se conoce cuál era su funcionamiento interno, más allá de que se conserven evidencias de que disponía de suministro eléctrico. También perduran huellas de una red de tuberías para el llenado de los tanques y de un circuito de vías para facilitar el transporte de materiales mediante vagonetas.

Lo que sí está claro es que todo el conjunto se fue ejecutando a golpe de necesidad mediante sucesivas ampliaciones y revisados de proyectos (al menos uno de 1940 y otro de 1956). Todo, a lo largo de cerca de dos décadas. En esa época, Campsa también apostó baterías antiaéreas —parcialmente conservadas—en la parte alta de la sierra para repeler posibles ataques. Y explotó ese complejo a pleno rendimiento —más dedicado ya almacenaje que al refinado— hasta que optó por trasladar esos depósitos al muelle de Poniente. Oficialmente, dejó de ser útil en 1966. En ese momento, la sociedad estatal la desmanteló por completo. Extrajo los tanques metálicos con idéntico mecanismo desconocido con el que los introdujo y cerró la puerta al salir.

Hoy, esa catedral subterránea sigue siendo propiedad pública. Campsa la entregó al Ministerio de Hacienda, que se encarga de su conservación y mantenimiento a través de la Dirección General de Patrimonio. Sin ir más lejos, en este último año ha tenido que invertir 350.000 euros para consolidar parte de las instalaciones que todavía se conservan en superficie. Ya son pocas, respecto a todas las edificaciones que se fueron levantando en las sucesivas ampliaciones de la factoría (algunos depósitos externos tuvieron que ser derribados para abrir paso al tranvía) y se concentran en la parte alta del macizo, menos accesible. En esos trabajos, incluso se han tenido que retirar los restos de residuo de petróleo que todavía se almacenaban en una antigua balsa externa. «No podemos hacer más: no tenemos presupuesto, ni competencias para decidir sobre un posible uso», explica el delegado territorial de Economía y Hacienda en Alicante, Antonio Rodríguez.

Las peticiones

Curiosamente, en el último año y medio, dos administraciones distintas han tomado la iniciativa de reclamar la cesión de las galerías para su uso y disfrute: la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Alicante. Las dos peticiones trataban de recuperar ese espacio arquitectónico casi mágico para darle una utilidad pública. Fundamentalmente de carácter cultural. El propósito de ambas era recuperar ese conjunto industrial y hacerlo visitable para aprovechar su potencial como referente histórico y turístico en una ciudad ávida de hitos diferenciales respecto a otros destinos de sol y playa. No obstante, ninguna de las dos solicitudes ha llegado a completarse.

De hecho, la institución provincial acabó renunciando a esa petición, el pasado noviembre, para no entorpecer la iniciativa impulsada por el ayuntamiento capitalino. El acuerdo de desestimiento alcanzado en el pleno de la Diputación contemplaba, además, la colaboración con la administración local para que Alicante acabe logrando el permiso de uso del complejo. Hasta se ha aprobado una Proposición No de Ley en el Congreso (a iniciativa de Compromís) para que Hacienda conceda su explotación.

Por el momento, el proceso sigue en marcha. El Ayuntamiento de Alicante cursó, en julio, su petición oficial con los parámetros reclamados por Patrimonio. Pero se quedó corto. La Dirección General ha requerido ya al Ayuntamiento para que complete el expediente con los dos requisitos que establece la legislación. En primer término, se debe presentar un proyecto de utilización en el que se detalle el destino que se pretende dar al complejo. Y en segundo lugar, se debe precisar qué provisión económica se va a asignar a ese fin. «Es el mismo proceso que seguimos, por ejemplo, con la cesión del yacimiento de Lucentum a la Diputación», señala Rodríguez.

En realidad esa es la clave de la cuestión: ¿qué hacer con el complejo?, ¿cómo extraer el petróleo que La Británica aún puede dar?, ¿y qué suma económica resulta necesaria para ello? La propuesta que sopesó la Diputación, sin llegar a definirla, era la de darle un uso museístico. Y la que venía barajando la Concejalía de Memoria Histórica hasta ahora, también. La Británica era (y es) uno de los pilares del proyecto Alicante, ciudad de la memoria, con el que se pretendía poner en valor todas las huellas históricas relacionadas con la contienda civil que aún permanecen en pie.

Pero no solo eso. En realidad, la voluntad del actual equipo de Gobierno, formado ahora por el PSOE en solitario, es convocar un concurso de ideas en el que urbanistas, arquitectos e ingenieros puedan definir desde un punto de vista profesional —no político— exactamente cuáles son las posibilidades de ese diamante en bruto. «De eso dependerá la inversión que resulte necesaria para su desarrollo y las vías a las que se debe recurrir para lograr su financiación», explica el concejal de Memoria Histórica, Fernando Marcos. Por lo pronto, solo Compromís se ha atrevido a poner una cifra sobre la mesa con una petición concreta: que se provea una suma de dos millones para su puesta en valor, una vez que se produzca la cesión y se aborden todos sus posibles usos. Espacio sobra. Acústica, también. Sus casi dos kilómetros de pasadizos y sus cilindros abovedados esculpidos en plena roca, de momento, esperan. 

La intentona del Consell

ALICANTE.- La Generalitat, a través de la Conselleria de Infraestructuras, ya lanzó —sin éxito— una primera tentativa para quedarse con las llaves de La Británica hace más de una década. La coartada era casi inmejorable: el ya desaparecido ente Gestor de Transportes y Puertos (GTP) estaba desarrollando entonces las obras del nuevo trazado del tranvía por esa parte del frente marítimo de la ciudad, justo al borde de los muros de la Cantera, a menos de 30 metros de los accesos a la factoría subterránea.

De hecho, GTP puso en valor su entorno y habilitó una parada, la de Sangueta, con perspectivas de dar servicio tanto al nonato Palacio de Congresos proyectado en ese barrio, como a un hipotético proyecto de apertura al público de las galerías. Incluso se llegó a presentar maquetas y una propuesta de acondicionamiento, diseñado por el arquitecto Martín Lejarraga. En ese anteproyecto ya sugirieron algunas ideas. Se planteaba, básicamente, dedicar las ocho grandes cámaras centrales a ocho usos diferentes: un museo, una sala de proyecciones, un planetario, una sala para la divulgación científica, un acuario, un rocódromo, una sala de exposiciones y un centro de interpretación sobre el propio complejo industrial.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 40 de la revista Plaza

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