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LOS ESCRITORES Y SUS CIUDADES (XI) 

El poeta Caballero Bonald en Jerez de la Frontera

3/07/2019 - 

VALÈNCIA. No es habitual que uno transite una calle en el lugar donde nació. Eso sucede, por supuesto, cuando uno ya no puede verlo, cuando está muerto. Tampoco es frecuente llegar a los 92 años y seguir habitando las mismas calles que le vieron corretear de niño o enamorarse de adolescente. Todo esto (y mucho más) le sucede a José Manuel Caballero Bonald con Jerez de la Frontera, un rincón del sur de Andalucía que conviene visitar con ojos bien abiertos y con los poemas de Bonald en el bolsillo. 

Anamorfosis 
Este olor a achicoria y a orujo
y a crines de caballos y a verdín
con salitre y a yerba de mi infancia
 frente a África, acaso
 contribuya también a perpetuar
 en no sé qué recodo del recuerdo
un equívoco lastre
de amor dilapidado y de injusticia
 que en contra de mí mismo cometí,
 y es como si de pronto
todo el furtivo flujo del pretérito 
convirtiera en rutina 
la memoria que tengo de mañana. 

Justo así debía oler la infancia de Bonald y todavía hoy es posible pasear por el casco antiguo y colocar la memoria mucho más atrás, cuando fenicios, romanos y musulmanes habitaban estas tierras, porque por este enclave de Cádiz se transformaron muchos pueblos. Así puede verse en la antigua mezquita o en los bañes árabes, en los Claustros de Santo Domingo y en el antiguo Alcázar. Les recomiendo una visita particular: la plaza del Arenal. Por su nombre sabrán que allí mismo se celebraban las luchas entre caballeros, esforzados por mantenerse con vida encima de la arena. 

Y, por supuesto, como la propia ciudad en la que nació, a Caballero Bonald le atraviesan todo tipo de identidades. Las más sólidas son las cubanas de su padre, un republicano del Partido Reformista y la aristocracia francesa de una madre que era familia directa del vizconde Bonald. Esta mezcolanza se adhirió a su literatura y creció durante sus estudios de Filosofía y Letras en Sevilla y en náutica y astronomía en Cádiz. Mar y letras ya desde el comienzo en su aparato poético y vital.

La visita por Jerez podría seguir, por ejemplo, en el barrio de Santiago, una de las cunas del flamenco de toda Andalucía donde nacieron personajes ilustres como José Mercé, Manuel Molina o Lola Flores. Hay algo de antiguo en este paseo, de viaje en el tiempo. Los comercios son tradicionales, alejados de modas efímeras, los patios siguen llenos de colores y uno puede entrar a iglesias que parecen más atávicas que el Antiguo Testamento. Aquí vivieron -todavía lo hacen- familias de etnia gitana que alzaron al flamenco como el arte universal que hoy es. Si tienen la suerte de visitar Jerez en Navidad no se pierdan el espectáculo en peñas flamencas con villancicos que suenan al ritmo de las zambombas. 

Precisamente el flamenco es una de las grandes pasiones del poeta Bonald. Hay un libro titulado Cartas flamencas que da buena cuenta de las misivas que se intercambiaron José Manuel y José Ángel Valente entre 1956 y 1982. apenas se conservan ocho de esas cartas. Allí hablan, sobre todo, del flamenco. Fundamentalmente a raíz de la publicación por parte del jerezano de un poemario soberbio titulado Anteo (1956) y del que José María Valázquez-Gaztelu dijo: 

Son poemas pioneros en el tratamiento del flamenco desde la perspectiva de una lírica moderna que rompía con todos los estereotipos declamatorios y neorrománticos que hasta entonces, de manera engolada, habían servido de soporte a la poesía con trasfondo flamenco. 

Tiempo después, cuando el poeta jerezano inaugura la 2ª Edición del curso universitario de iniciación al flamenco en el año 2010, pronuncia un discurso memorable titulado Flamenco y literatura con momentos brillantes como el que sigue:

El cante flamenco primitivo consiste literariamente en un conjunto de coplas referidas a episodios personales, a experiencias vividas por el propio cantaor y que dejaron alguna marca imborrable en su memoria (...) Letras que narran peripecias de la vida del intérprete, generalmente asociadas a tragedias familiares y a hechos de su entorno social: persecuciones, penalidades, cárceles, muertes, referencias a la madre, a la compañera, a la libertad. Ese es el único argumento del drama (...) Esa parte de la historia que los historiadores no cuentan. 

Bonald se convirtió en poeta que cruzó el charco y fue profesor en Bogotá. Allí escribió su primer novela y tuvo a su primer hijo. A su vuelta se centró en la lucha política contra el dictador Franco. Un instituto lleva su nombre y también una fundación, creada en 1998 cuyos tres objetivos son la custodia, conservación, estudio y difusión de los fondos donados por José Manuel Caballero Bonald; la investigación literaria universal, en particular la española del siglo XX y, en especial, la correspondiente a la generación del 50; el fomento de la creación y de la investigación artística. 

Antes de abandonar Jerez no dejen de visitar su catedral que se levantó sobre la antigua Mezquita Mayor y que, posteriormente, fue la Iglesia del Salvador en el siglo XII. En su interior se conservan el Cristo de la Viga, las esculturas de los apóstoles realizadas por José de Arce y La Virgen Niña, de Zurbarán. 

El 29 de noviembre de 2012 Cabellero Bonald fue galardonado con el Premio Cervantes, el más prestigioso de nuestra lengua. Seis años después, en 2018, afirmó que no pensaba volver a escribir. Pero si hay un poema con el que puede conocerse a Caballero Bonald es este que resume una vida que todavía palpita:

 Summa vitae
De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn'Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquel café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel naufragio.

Cosas así de simples y soberbias.

Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?

Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.

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