EL CUDOLET / OPINIÓN

El Saler, un día en las carreras

13/10/2018 - 

El embrión de nuestro particular Woodstock se gestó en El Saler en los años setenta. Con retraso, debido en buena parte a la cerrazón ideológica de una férrea dictadura, a cuyo Caudillo no gustó el modelado de su efigie contorneada por el escultor valenciano Mariano Benlliure para acuñar su propia moneda. Algunas de las pesetas se pusieron en circulación y hoy mantienen un valor prohibitivo en el mercado del coleccionismo filatélico. No hubo festival en El Saler pero si música al son de tambores de guerra. Una contienda que se libraba coetáneamente a la de Vietnam. La batalla librada por los valencianos se recreaba con diferente enemigo, en un escenario de símil parentesco y en un espacio singular de nuestra costa, escenificada en campos de arroz, canales, barcas y frondosos bosques. La fuerte oposición al proyecto diseñado por los ingenieros del Ministerio Nacional de Turismo generó una respuesta contestataria del monstruo amable, diversificada en una guerra de guerrillas liderada por el movimiento popular “Un Saler para el pueblo”. Salvar y proteger de la privatización la rica y variada vegetación de su Devesa. Dichos funcionaros al servicio de la corte franquista maquinaron un dorado urbanístico polvoreando de cemento gris el bosque verde, desmaquillando el ecosistema. El delirio urbanístico de 1965 creaba un Saler sectario segregado entre ricos y pobres, una especie de capitalismo de amiguetes, con el único objetivo del reparto de sus playas.

La distribución del codiciado pastel consistía en el reparto del 25% de costa para los autóctonos y el 75 % restante para una sociedad de Avatar. Alfonso López Gradoli retrataba en su Guía Secreta de València, el perfil imperial de una estirpe de cortesanos que volien un Saler engominado y de postín. “Esta fauna garrula y variopinta la podemos ubicar en un rincón del ensanche. La Gran Vía es reflejo nocturno más sarcástico de nuestra vía Estrecha”. Los correveidiles del régimen libraron su guerra del cemento con el fin de reconvertir el espacio natural en un cortijo urbanizado de hoteles, amueblado de apartamentos con puerto deportivo y hasta hipódromo. Pero se encontraron con una fuerte resistencia de la sociedad valenciana. Pese a todo, El Saler disfrutó de Hipódromo con carreras de segunda, una especie de Castilla, filial del Real Madrid, de corte Mendociano e impregnado de falsa brillantina. No confundamos al brillante y lúcido escritor catalán Eduardo Mendoza con el empresario y presidente del Real Madrid Ramón Mendoza. El señorío madrileño pululaba a sus anchas por las cuadras del Hipódromo. Un 17 de octubre del 1976 se inauguró el recinto, sin el certificado de final de obra y con gradas supletorias. Me recuerda a la chifladura de otro ilusionista, el Molt Honorable Francisco Camps, cuando un 22 agosto de 2008 vistió de gradas la fachada marítima de la ciudad de València para recibir el Gran Premio de bólidos que años después sufrió un duro batacasso. El parto del hipódromo, al igual que el del Gran Premio, fue una cesárea, en pocos años ambos dejaron de correr.

Desde entonces la historia de El Saler se ha convertido en un bacalao colectivo de frenéticos desencuentros entre vecinos y el yugo ecologista. Tras la llegada al consistorio de la formación naranja que dirige Joan Ribó se han incrementado aún más las protestas por las fuertes restricciones aplicadas para salvaguardar la pureza del Parque Natural. Los ecologistas se han encontrado la resistencia de las movilizaciones vecinales de pedanías y pueblos. Sus ciudadanos has sufrido cambios en hábitos y rutinas por las restricciones aplicadas en su Decumanus Maximus, la CV500, por la reducción de la velocidad o la implantación de un radar. La última protesta, la de la semana pasada que cubrió este diario, informando del ficticio montaje de un cementerio a la altura de la Gola de El Perellonet, ironizando sobre la muerte de los pueblos que vertebran La Albufera con cruces y lápidas. Tras llegar a este punto prefiero exhumar los restos de Grouxo Marx -estos son mis principios, si no le gustan tengo otros- que los de Franco. Hay que tomárselo con una buena dosis de humor al circular por CV-500 con La que se avecina  tras la aprobación de dos nuevos proyectos, el semáforo o paso de peatones que conectará el Portet de El Saler con su casco urbano -ya lo hace la pasarela- o la nueva rotonda en la entrada de El Palmar. En fin, Aquí no hay quien viva.

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