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Entre Pasolini y Raffaella Carrà

Javier Pérez Andújar practica una suerte de culteranismo de barrio, de filigrana a la hora del vermut, las papas y las aceitunas. Donde tras una referencia a Modigliani y a la Francia socialista de Jean Jaurès, aparece una señora sentándose a ver Pasapalabra, porque hay un bote de más de un millón de euros

8/04/2019 - 

Cuando el moderador le preguntó por el libro al que siempre vuelve, él no dudó en contestar: la Biblia, dijo con una mueca de ternura. El público se agitó, divertido, porque la conversación había derivado hacia la guasa y la irreverencia. Pero continuó contando algo así como que la Biblia tenía el principio y el final de todas las cosas, nuestra infancia, nuestra muerte, los versos que se repiten en nuestra cabeza como un soniquete, las fórmulas sagradas, las parábolas para consolarnos o para reconducir nuestra conducta.

El auditorio había aplaudido muchas de sus respuestas. Sobre todo, había ganado su benevolencia en la presentación. Agradeció que le hubieran invitado a dar esa charla a Bolonia, una ciudad que amaba porque a ella estaban vinculados dos de sus mitos: Pier Paolo Pasolini y Raffaella Carrà.

¿Cuándo actuamos?, me dijo mientras la gente entraba y salía del salón de actos. Y una vez metidos en faena, casi le molestaban las preguntas académicas, la disertación sobre el humor o las pesquisas sobre su manera de hacer literatura. Respondió a todo, pero a muchas de las cuestiones con un “yo qué sé” o “eso no me interesa”, para escarnio del público. Si la pregunta se dirigía a los géneros, decía que había que hacer taxonomías porque para eso estaban las becas. Si le preguntaban por el tono irreverente, repetía que meterse con Franco y calificarlo de dictador era de cantautor malo. Y sin embargo, cuando hablaba de Miguelito, el yonki que vagaba al principio de su novela por las orillas del Río Besòs, por el parque fluvial, por debajo de los puentes donde dormían familias de búlgaros, bajaba la voz, medía mucho más sus palabras, hablaba con tristeza: “la vida del yonki es muy dura”.

Tengo registrada toda la conversación: sus desaires, sus risas, las carcajadas del público. Y mi memoria guarda aquello que sucedió off the record. Javier Pérez Andújar había figurado en el programa de segundo de carrera, y los estudiantes debían leer y comentar Paseos con mi madre. Su novela no estaba traducida al italiano, pero me escamaba que muchos de ellos comentaran las mismas escenas o destacaran los mismos aspectos: la lucha obrera, el idioma, Barcelona. Una repetición en cierto modo inevitable. Para tantos y tantos, Barcelona sigue siendo una imagen de postal, incluso viviendo durante años en sus calles. Porque cada vez nos parecemos más a lo que esperan de nosotros, en lugar de mantenernos genuinos. O porque en realidad todos tenemos tendencia a repetir y repetirnos, de manera instintiva.

Y sin embargo, existen resquicios, reductos de autenticidad y miradas por las que entrevemos el pasado de las ciudades y de los tiempos, los bares antiguos, los camareros barrigones, los chalecos con lamparones, la copa de Larios, los periódicos, las librerías de viejo, todo aquello que existía antes de Airbnb. Por eso se mostró entusiasmado con Bolonia, una ciudad que ha conservado su patrimonio a la vista, pese a la proliferación de Tiger, la Coop o Desigual.

Llegó tarde y yo no hacía más que mirar la hora. Pero cuando nos reconocimos en  las escaleras, esbozó una sonrisa de amigos que hace tiempo que no se ven. Nos abrazamos, le pregunté por el viaje y me enseñó la caja de bombones que acababa de comprar para su mujer. ¿Cuándo actuamos?, me dijo mientras la gente entraba y salía del salón de actos.

Fenomenal

Nos asomamos por la puerta de un restaurante y lo vimos lleno de niños gritando, tirándose trozos de comida y vestidos de vampiros. Nos habían reservado una mesa al fondo y durante toda la cena estuvo hablando de películas italianas, de actrices olvidadas, de cómics, de la propia Bolonia, mientras los draculines se dormían en sus sillas o eran recogidos por sus padres para llevarlos a casa. Fue, en cierto sentido, fenomenal.

Cuando comencé a leer su última novela, reconocí inmediatamente esa mezcla de humor y melancolía. Su añoranza de tiempos mejores, aunque esos tiempos no hubieran existido nunca y solo la literatura pudiera mejorarlos. Ángel, Ro, Hermosilla, el jugador de ajedrez, Javier el ilusionista o el librero Batlló circulan por una noche eterna en la que no deja de llover sobre Barcelona y estos extraños compañeros de viaje sideral se juntan para hablar de fenómenos paranormales en un programa de televisión y calcular la fortuna que ganarán con esas heces del Yeti que conservan en un bote de cristal.

La noche fenomenal está llena de personajes extravagantes con escenas y expresiones chispeantes. Divertida y absurda, como lo mejor de Eduardo Mendoza. Bonita, como son sus textos, entre cuyos párrafos se cuelan expresiones coloquiales, giros lingüísticos, refranes… en una suerte de culteranismo de barrio, de filigrana a la hora del vermut, las papas y las aceitunas. Donde tras una referencia a Modigliani y a la Francia socialista de Jean Jaurès, aparece una señora sentándose a ver Pasapalabra, porque hay un bote de más de un millón de euros. Otra Barcelona alejada de lo hípster.

Lanzarse a leer a Javier Pérez Andújar significa colarse en una fiesta hipertextual. Aparece el perfil de Virginia Woolf, la Guadalajara de Camilo José Cela y de Sánchez Ferlosio, antes de que ese nombre fuera absorbido por la letra de una ranchera, y también aparecen Víctor Hugo, Joan Manuel Serrat, Clint Eastwood, Tintín, Obélix, Walt Disney. Un libro sobre libros, como aquel Diccionario de la vieja escuela que escribió hace unos años, una colección de textos y letras libres, ordenados por temas en riguroso orden alfabético.

Un libro sobre libros, como la Biblia a la que siempre vuelve Javier Pérez Andújar. Igual que volvemos con él a esa Barcelona que reconocemos aunque ya no exista, o mejor, aunque esté dejando de existir mientras se entregan las llaves de los pisos reformados de la Barceloneta a los turistas italianos y suben los precios de alquiler del Born.

Cuando lo leo, aún recuerdo el entusiasmo que despertó aquella charla que acabó ante una pizza, junto a una mesa llena de niños disfrazados de vampiros.

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