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Semen de bacalao, platos servidos en comederos para perros...

¿Es el afán de originalidad la termita de la gastronomía?

Esta semana he leído que por fin en un restaurante español podemos comer semen. Ya era hora. La demanda era un clamor. 

Por | 15/02/2019 | 4 min, 29 seg

Concretamente semen de bacalao llegado de Islandia, que dicen tiene un sabor parecido al queso cremoso. El restaurante está en Logroño, donde las mejores rimas, y dice literalmente la noticia que su chef, Félix Jiménez, acaba de introducir el semen en la carta.

Me pregunto si no se nos está yendo un poco la mano con el afán de originalidad en la cocina. Y quien dice en la cocina, dice en cualquier campo de la vida, y también en las ciudades. Últimamente he leído libros ilegibles absolutamente originales, voces inverosímiles y premiadas absolutamente originales.

Lo original está de moda. Una originalidad volandera, posmoderna, petazética, que paradójicamente apunta a lo crematístico.

Recuerdo que en primero de carrera, teníamos que hacer un proyecto para un programa de radio. Al exponerlo, invariablemente, todos repetimos que queríamos hacer un programa original, distinto. La profesora dijo: “entre tanto programa original, no sé cómo voy a distinguir uno de otro”.

Todo el que quiere ser original se parece.

Original fue el tataki que está en todas las cartas hoy, en esta cocina globalizada, y los tartares y la mayonesa de wasabi      

 Ya nos vimos arrastrados por la moda de acabar con los platos, ese utensilio tan cómodo y tan asquerosamente medieval por lo visto, para sustituirlos por soportes mucho más originales como el papel de cocina echado así como por el carnicero de Milwaukee, por todo tipo de pizarras y piedras lisas, donde se desbordan a placer las salsas y los jugos, y que son la pesadilla de los camareros, obligados a metamosfosearse en gatos salvajes para poder retirarlas. Cestitas, nidos de pájaro, macetas, cualquier cosa con tal de no caer en la ordinariez de un plato convencional. Hay una página, we want plates! que reivindica nuestro derecho a los platos de toda la vida. Han sacado un libro con las aberraciones más originales: comederos para perros, palas de jardinería, zuecos, zapatos de tacón, raquetas de ping pong, una chancla, un trozo de árbol, un paraguas. Alguna cabeza original pensó que todos ellos eran buenos recipientes para comida.

Restaurantes que sirven insectos, que ofrecen un espacio donde comer desnudos entre desconocidos, donde hacerlo absolutamente a oscuras, -lo de comer me refiero-, cafeterías donde acariciar gatos ajenos mientras te tomas un té, bares supuestamente divertidos que sirven la bebida en orinales, no aptos incluso para gente que sobrevivió a visiones como la de Jesús Gil en un jacuzzi rodeado de Mamachichos, como es mi caso.

Ser original es lo importante. La posmodernidad es lo importante.

Cada día aprecio más a la gente que quiere ser normal, que aspira a ser normal, y no lo consigue del todo, claro. Suelen ser singulares. En ese sentido se manifestaba Jung, “Todos nacemos originales y morimos copias”. Claro que no era precisamente la alegría de la huerta Jung.

Cada día aprecio más a la agente que desea simplemente cocinar, simplemente escribir.

Cada día advierto más conexiones entre el deseo exagerado de ser original y el deseo desmedido de triunfar.

No sé quién dijo que el ingenio es la termita de la literatura, podría haber dicho también que el afán de originalidad es la termita de la gastronomía.

Superchefs preocupados por ser los más ingeniosos con sus trampantojos, en epatar al cliente desde el ingenio y no desde el paladar, de fuera hacia dentro y no de dentro hacia fuera. Pensando en la forma antes que en el contenido, como si la una no emanara del otro. Desdeñando las señales de la etimología, origen, origen, origen, dándole fuerte al packaging. 

Adrià fue original, yo creo que sin pretenderlo, o al menos no como meta, aunque hoy se haya enredado en un bucle sapiens incomprensible. El chef del mar lo fue, y no creo que fuera su prioridad.

Que no hay nada nuevo bajo el sol, ya lo decían los romanos. En concreto: Nihil novum sub sole. Tal vez por esto, Raurich y su equipo se inspiraron en las recetas del tratado de cocina romano De re coquinaria, que data del siglo I. No sé si realmente tenían muy buena pinta recetas como las ubres de cerda o tuvieron un ataque agudo de originalitis.

Lo cierto es que lo original cansa pronto.

Original fue el tataki que está en todas las cartas hoy, en esta cocina globalizada, y los tartares y la mayonesa de wasabi que no falta.

No se trata de defender a capa y espada la comida tradicional. Tan estúpido resulta el que busca sin descanso lo original como el que denigra de cualquier plato que haya sido cocinado con técnicas de este siglo.

No hay una receta única para la creatividad pero tal vez el sabor debería ser el ingrediente principal, y la originalidad ser sólo un resultado involuntario del trabajo.

Creo que me quedo con la idea de originalidad de Neruda: “Desde que yo te amo, no te pareces a nadie”.

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