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Esther López Barceló: "La muerte define nuestra identidad y nuestra sociedad"

Su primera novela cristaliza sus años de militancia y reflexión sobre la memoria histórica en una saga familiar de secretos guardados por miedo a la opresión

20/01/2023 - 

VALÈNCIA. ¿Qué pasó en las familias, de puertas hacia dentro, en aquellas casas en las que reinaba el miedo durante la posguerra? Esther López Barceló se zambulle, en su primera novela, en una telaraña de silencio y desmemoria que no logra aguantar el peso del paso del tiempo. En Cuando ya no quede nadie, publicado por Grijalbo, la alicantina traza una genealogía de lagunas para poner negro sobre blanco que el silencio corroe. Sobre esa y otras claves de la novela, contesta a las cuestiones de Culturplaza.

- Luego iremos desgranando por qué, pero, con todas las implicaciones personales, políticas y creativas que hay en esta novela, ¿desde qué sentimiento está escrita?
- Desde un sentimiento descarnado de ternura hacia esas mujeres protagonistas, Ofelia y Pilar. Una ternura hacia ellas y una empatía a flor de piel que me hacía somatizar muchas de las sensaciones que yo describo. He llegado a sentir en mi propia carne la suya, también fruto de que, físicamente. yo imaginaba en el personaje de Pilar a mi propia abuela (y por eso le pongo su nombre y sus apellidos) y porque Ofelia tiene mucho de mí, en ese sentimiento de pérdida y orfandad y en la ternura extrema hacia las mujeres que nunca tuvieron voz y que fueron siempre menospreciadas por la historia en mayúsculas.

- Lo pregunto porque, aunque esté escrito en tercera persona, hay muchos momentos en los que describes, como comentabas en tu respuesta, sensaciones muy corporales. 
- Sí, para mí era importante intentar poner mi cuerpo en los lugares y momentos que yo imaginaba, y sobre todo en las tesituras. También intentaba imaginar a mi abuelo y a mi abuela en una historia en la que la vida, afortunadamente, nunca les colocó; y a partir de ahí, construyo la ficción. Por otro lado, podría haber sido una historia real, y eso también es lo que yo quería.

- Tomas esas referencias de personas reales, de las que a lo mejor solo te quedas sus nombres; también adaptas historias reales… ¿Cómo ha sido ese proceso de disolver y encajar tantas piezas en una historia de ficción?
- Hasta que no me sentaba a escribir, no sabía lo que iba a ocurrir. De hecho, hasta que el libro no llevaba ya unos cuantos capítulos trabajados, no tenía muy claro qué era lo que quería que sucediera en todos los que quedaban. Yo me enfrentaba a la página en blanco en la intemperie, y eso es una sensación que puede generar cierta sensación de pánico, pero también profunda satisfacción cuando va fluyendo la historia y de repente te enteras de qué va a pasar en la historia. No voy a hacer spoiler, pero hay un elemento muy concreto que surgió sin que yo me lo hubiera planteado. O la sonoridad de una palabra me llevaba hacia un lugar que no había pensado previamente…

Foto: EVA MÁÑEZ

- Y ahí te encuentras, otra vez, con el recuerdo de las personas.
- Sí, o de los espacios, porque los lugares sí que eran 100% reales. Alicante es el Alicante de mis recuerdos. Por eso no lo nombro. Porque igual que Ofelia, Alicante solo vive en mis recuerdos, y la ciudad de ahora no es la que yo conocí. Al faltar uno de los habitantes que le daban sentido, viví un proceso de extrañamiento. Yo quería que fuera un fantasma, una ausencia que sin embargo siempre está presente. Y, otra vez como Ofelia, cuando vuelves, te das cuenta de que no buscabas la ciudad, sino una aparición, un reencuentro con las ausencias.

- Como bien dices, intentas desdibujar Alicante, pero claro, salvando el lugar común de que los espacios sean un personaje más, cuando los protagonistas están en el cementerio, la manera de narrar también cambia. ¿Cómo has desarrollado esas escenas?
- Bueno, es que directamente yo puedo pasear por el cementerio de Alicante en mi cabeza sin ningún problema. De hecho, era lo que hacía situando a los personajes allí e iba describiendo lo que veía. Yo lo conozco perfectamente porque me llevaba mi abuela a esos rituales funerarios que heredamos de mujer a mujer, como visitar a todos nuestros muertos —incluso a los que nunca conocimos— y tener esas conversaciones ficticias con ellos mientras acaricias su retrato. Eso era mi realidad, completamente deseada por mí, de los domingos por la mañana con mi abuela. Y para mí es muy fascinante, por eso estudié arqueología y antropología física y forense. A mí la muerte me parece EL tema, el que siempre está presente aunque no lo nombres y una de las mejores formas de entendernos como sociedad. La muerte está absolutamente presente en todo el libro porque cómo nos enfrentamos a la muerte forma una parte fundamental de nuestra identidad y puede cambiarla (según en qué momento de nuestra vida estemos y según cuántas ausencias nos habiten). 

Que Ofelia y su hijo deambulen en la actualidad por el cementerio, de alguna forma es presentarle esas ausencias, y luego, cuando ya no estamos en el cementerio pero estamos hablando de la fosa común de Paterna, se trata de la necesidad de recuperar y tocar unos huesos para reencontrarse con esa víctima. 

La muerte también nos puede definir como sociedad. España está cimentada sobre miles de fosas comunes y ha sido una sociedad que ha puesto trabas a que hijos e hijas recuperen los huesos de sus padres asesinados. ¡Cómo no va a decir de nosotros todo esto!

- En tu novela la muerte puede ser paralizante o ser el motor de un descubrimiento, la chispa para la memoria.
- Bueno, es que la memoria para mí no es otra cosa que avance y futuro. La memoria nos permite avanzar y Ofelia es muy consciente de que necesita recuperar esa memoria perdida, que nunca le permitieron conocer porque se ha mantenido un silencio durante décadas en su familia. Ella sabe que lo necesita para saber quién es, porque ella tiene un problema de identidad: viene de una separación que para ella ha sido traumática y hay un momento en el que nos cuenta que, ante su psicóloga, se da cuenta de que no ha sabido ser ella ni sabe quién es, que durante todo ese tiempo solo ha sido lo que la sociedad, la familia o su marido le decían que tenía que ser. Buscar esa memoria perdida le hace ser más ella de lo que nunca ha sido. Hay un momento en que dice “no sé a dónde voy, pero sé que este es el lugar en el que debo estar, porque voy camino a conocer a unas mujeres que llevan décadas luchando por recuperar los huesos de sus madres y sus padres y yo creía que era ajena a ellas, pero ahora me entero de que ese mundo me pertenece más de lo que nunca supe”. 

Al final, esos secretos y esos silencios que no son solo familiares sino colectivos, no nos permite llegar a entendernos ni a saber quiénes somos como sociedad. Esa pérdida absoluta de valores nos hace deambular, y al final, no avanzar.

Foto: EVA MÁÑEZ

- Que tu formación y tu profesión haya sido en arqueología, el haber estado a pie de fosa como militante y como profesional, ¿de qué manera te define como escritora en esta novela? 
- Uno de los momentos más importantes de mi vida, en el que he pensado que estoy donde debo estar y esto de verdad es importante, fue la primera vez que estuve en la primera exhumación dentro de un cementerio. Fue en 2004 en Almansa, cuando esas personas mayores, que eran los hijos e hijas de los que estaban ahí (ahora ya es más complicado), se encontraban junto a nosotros como arqueólogos buscando los restos. Cuando descubrimos el primer cráneo con tiro de gracia porque no encontrábamos los restos donde se decía que estaban, y después de días y días por fin lo encontramos, yo ahí sabía que estaba haciendo algo importante que me trascendía completamente como profesional, y trascendía a todos los que estábamos allí: estábamos recuperando un capítulo de la historia que se nos había negado y allí teníamos las pruebas del crimen. El crimen de lesa humanidad del franquismo y de la dictadura durante la postguerra y después. Parecía un crimen perfecto, pero ahí estábamos nosotros, encontrando las pruebas. 

Y estaban allí sus familiares, y no solo estábamos para registrar documental y pericialmente las pruebas, sino que además estábamos devolviendo a esa gente los huesos, la materialidad de sus familiares desaparecidos. Socialmente, creo que no hay nada que yo haya hecho que trascienda ese momento. 

Entonces, claro, con un momento en el que ha habido tanta verdad y tantísimas emociones, cuando estás escribiendo después, notas que tú has estado ahí, en uno de esos destellos donde brotan las sensaciones más grandes. Cuando escribes, sabes que has vivido una emoción que debes trasladar.

- Luego, en el día a día de esa militancia, te das cuenta de que cada represaliada tiene una novela diferente.
- Bueno, por supuesto, cada una tiene una novela y yo lo que he querido ha sido, en todo caso, basarme en una historia real a la que le he despojado de lo que yo creía necesario para seguir fabulando. Pero, al final, quería dejar claro que las historias son reales. También lo hacía Almudena Grandes en su nota de la autora al final del libro: la de decir “…y todo esto que os he contado, lamentablemente, está más cargado de verdad de lo que pensáis”. Y yo quería que todas esas historias, con nombres y apellidos de gente corriente, desaparecida, sobrevivan gracias a esta novela.

Aquí quedarán los nombres y apellidos de mi abuela, una limpiadora y planchadora para la que la historia nunca tuvo ningún espacio; mi abuelo, al que nunca le dejaron seguir estudiando porque tuvo que ponerse a trabajar y además luego le cortaron la pierna porque sufrió una gangrena a consecuencia de comer plátanos al descargar en el puerto las mercancías para poder llevarse todo el dinero a casa y ni siquiera gastárselo en la comida… Quiero decir, esta gente humilde, que nunca tuvo nuestras oportunidades, quería que quedaran y me sobrevivieran.

- Es importante que el contexto sea en 2007, a las puertas de la Ley de Memoria Histórica. Yo añadiría que es último contexto en el que Ofelia se puede excusar de su desconocimiento para no haber luchado por esa memoria antes, ¿es así? 
- Es que, a pesar de que justicia nunca se vaya a hacer, hemos avanzado muchísimo, faltaría menos. Desde 2007 hasta 2022, las fotos de las primeras exhumaciones con todos esos huesos derramados en la tierra, marcaron un antes y un después en la conciencia colectiva. Hasta 2007 todavía te podías permitir ser alguien con conciencia crítica y no haberte detenido nunca a saber qué había pasado aquí. 2007 también porque quería mostrar cómo las guardianas de la memoria, que son esas mujeres que han mantenido viva la llama de la memoria sobre sus víctimas, vivían esos momentos incipientes en los que están en absoluta soledad, pero quedando cada fin de semana, en un lugar cualquiera, llevando su comida para amenizar la situación, porque estaban buscando los huesos de tu madre y de tu padre. 

Ahora es algo que está naturalizado, afortunadamente, incluso institucionalizado, porque tenemos hasta ministerios y consellerias que se dedican a hacer memoria, pero entonces no, y yo creo que eso hay que contarlo.

Foto: EVA MÁÑEZ

- Hay un momento estupendo en el que Miguel y Ofelia discuten por las diferencias generacionales a la hora de entender la muerte. La de Ofelia es la última generación educada en el nacional-catolicismo y en el ocultamiento…
- A mí me parecía muy interesante la idea de las frases huecas, cómo tu familiar desaparecido se había convertido en una frase hueca. Y al pasar eso, se paralizaba la posibilidad de que buscaras información. Habíamos normalizado y naturalizado que es que “el marido de Lucía murió después de la guerra”, y ahí se acababa la frase y ya no había nada más que decir. Era la frase que se había repetido en tu familia durante toda la vida, hasta que de repente cobra sentido y la lees con sujeto y predicado y te preguntas cómo murió, por qué murió… Y después de la guerra, ¿por qué? Y entonces es cuando todo cobra sentido en tu cabeza. Ofelia tiene momentos de epifanía, porque, evidentemente, la historia estaba ahí; solo hacía falta tener la capacidad de mirar,y eso es lo que nunca le transmitieron.

- ¡Qué complejo es el silencio, que sirve para ocultar pero también para cuidar!
- El silencio nace de un instinto de protección y supervivencia, por supuesto. No digo que el silencio sea negativo desde ningún punto de vista moralizante, sino que el silencio lo que hace es pudrir a las personas: cuando un trauma lo conviertes en un silencio, eso te está carcomiendo por dentro, que es lo que pasa en la novela y lo que quiero dejar claro. Miguel tiene también un secreto; Ofelia no lo sabe, pero también tiene un silencio que ha acabado convirtiendo su vida en una mentira; también hay momentos en los que la violencia de género ha sido un secreto a voces que se pudría en las casas de la década de los 40 y que atravesaba también a las familias de izquierdas. Hay muchos silencios atravesados por la violencia, y esta era eminentemente patriarcal.

- Saltar de año en año es un recurso utilizado en otras muchas novelas, pero, ¿qué sentido le das tú en la tuya? ¿Es un reflejo, un orden para desentrañar el misterio de manera calculada…?
- Yo quería que Pilar y Ofelia fueran las dos protagonistas de la novela, y no sabría decir quién es más protagonista que la otra. Para hacer eso, solo podía jugar con el tiempo y viajar en él. Me lo he pasado muy bien viajando de un tiempo al otro, porque además lo he ido haciendo correlativamente, y mientras lo escribía, me pasaba como al lector que irá descubriendo lo que le pasaba a los personajes. Excepto el final, que estaba escrito más o menos desde el principio.

- Igual como haces una genealogía de los personajes, hacer otra de las escritoras que te han precedido. Háblame de ese no esconder las marcas de lo que has leído y aprendido.
- Esta obra y yo no seríamos si ellas no hubieran estado antes. Y desde mi madre, que desde pequeña me educó en el conocimiento de estas mujeres que estaban fuera del cánon androcéntrico que nos trasladaban en la escuela y en el instituto. Yo aprendí, desde el principio, a leer y a escribir a través de ellas. Muchas de ellas están homenajeadas a lo largo del libro, empezando por mi madre, que es poeta y que también tiene una cita en el propio libro; pero también María Luisa Elío, que fue la mujer a la que Gabriel García Márquez le dedica sus Cien años de soledad, una mujer exiliada española cuya obra no conocemos aquí; también Nona Fernández, que es una escritora chilena que aborda la memoria en toda su obra de forma absolutamente rabiosa, indignada y maravillosa; Joan Didion, que directamente hay una frase suya en el libro, porque su obra relativa al duelo es imprescindible… Necesitaba que estuvieran ahí porque, si no me hubiera nutrido de ellas, yo no estaría aquí.

Pero también están mi abuela y mi bisabuela, que con su tradición oral también han formado parte de nuestra historia, porque algunas de las historias que me contaban también están en el libro. Al final, era dar cabida a todas esas voces de mujeres que están en mi cabeza y que siempre me están hablando. Incluso de algunas de ellas me imaginaba su voz cuando estaba escribiendo, como mi tía o mi abuela, y entras en alguna especie de trance, porque casi les dejas que marquen la conversación. Mi cabeza está llena de fantasmas, y son ellos los que me han ayudado a escribir.

Foto: EVA MÁÑEZ

- Como hay mucho de ella en esta novela, no quería dejar de preguntártelo: ¿qué hemos dejado atrás con la pérdida de Almudena Grandes?
- No vamos a conocer su último episodio de Episodios de una guerra interminable. Eso ya no es cuantificable., Y por supuesto, no tenemos ya su habilidad para trazar genealogías que dibujen desde la posguerra hasta nuestros días. Nunca podremos saber todo lo que hemos perdido con ella porque sus páginas siempre son sorprendentes, sus historias siempre nos llevan a lugares de los que creíamos ya saberlo todo.

- ¿Te sientes heredera de ella?
- Yo soy humildemente heredera de ella y de tantas otras. Forma parte de mi educación sentimental de una forma muy profunda: el hecho de que para mí la memoria sea una de las cuestiones fundamentales de mi vida y de mi de militancia, pero por supuesto de mi creación, es fundamentalmente también porque ella me traslada esa misión a través de su obra y de su influencia. Y siento que yo también tengo que contribuir, como ella, evidentemente en mi medida humildísima, a lo mismo.

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