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Fernando Esteso, el ser humano actor

Fue uno de los protagonistas —vestidos— del cine del destape. Hoy vive en València donde cuida de un perro encantador, comparte tiempo y espacio con sus hijos, pasa el rato con los colegas de siempre y no puede dar un paso sin que alguien le pare para hacerse un selfie con él 

18/04/2021 - 

VALÈNCIA. Le lloran los ojos. Una no se espera que a un cómico le lloren los ojos. Una va con la idea preconcebida de que en cuanto abra la boca, el cómico soltará un chiste y quienes lo oigan llorarán, pero de la risa. Lo que hace Fernando Esteso (Zaragoza, 1945) cuando llega a la entrevista es saludar como lo hacen los caballeros influenciados por Nuestra Señora del Pilar, patrona de Aragón, Zaragoza y la Guardia Civil. Un saludo convencional y educado a medio gas. Ni sombra de chascarrillo, ni un ademán que indique que este hombre fue protagonista —junto a Andrés Pajares y Antonio Ozores— del género cinematográfico del 'despelote' o 'destape', como bautizó el periodista Àngel Casas al cine de poco presupuesto y mucha carne que surgió con la supresión oficial de la censura franquista. 

Nos encontramos dentro de un teatro sin función. Las pisadas que damos hasta que nos acomodamos en el patio de butacas hacen crujir la sala. Nuestras voces interrumpen el silencio. La de Fernando se proyecta clara y mesurada. Controla la dicción y las pausas entre respuesta y respuesta. En ellas deja vacíos legales, nichos de intimidad. O simplemente, hace pausas largas porque no tiene verborrea ni prisas; a pesar de haber quedado a comer con los amigachos —le preocupa llegar tarde—. 

«¿Cómo es mi vida ahora? Pues por la tarde estoy con el Thorch, mi perro. Con mis hijos. Yendo a comer con mis amigos. Ese es mi plan». Esteso gira ligeramente el tronco hacia el escenario y añade: «Prepararme y cuando se pueda… —señala al escenario del Teatro Olympia, una de sus casas—. Estoy estudiando unas escenas que rodaré en Cartagena. No creo que pare de actuar. No voy a dar opción al público». 

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Aunque Esteso pasara por cien cirugías para cambiar de aspecto, al mover los músculos de la cara sabríamos que es él, el coprotagonista de films como Los energéticos, Los bingueros o Los liantes. Su vis cómica no se va con quirófano ni con los años. «A un caballero no se le debe preguntar por su edad pero bueno, vale, te la digo. 76 —¿Pero estás bien?— Muchas gracias. Tú también».

Se ríe. Me río. El teatro suspira aliviado 

Media España sabe quién es Fernando Esteso, pero ¿lo saben los aliens? «Si vinieran extraterrestres a España les preguntaría que quiénes son ellos, antes de decirles quién soy yo. Que de dónde vienen, porque yo estoy en mi casa». Fernando reflexiona cómo presentarse ante unos hipotéticos marcianos aterrizados en la península: «De momento me quedaría sin habla. Imagino que serían feos y raros y asustarían. Aunque igual para ellos los feos seríamos nosotros». Se ríe y recobra la compostura ante los extraterrestres. «Les daría la bienvenida. Les diría que a ver si se acababa la pandemia para que pudieran entrar en un teatro y así saber quién soy, que soy bueno. Extraterrestres, soy un actor. Mejor dicho, soy un ser humano actor». 

Al ser humano actor no le apetece recitar a los alienígenas su trayectoria cinematográfica. «Me llevaría mucho tiempo explicar mi carrera. No sé si andaré por las sesenta películas. Si me ven así, no tengo aspecto de ser una estrella rutilante». ‘Así’ es con un pulóver azul marino por el que se asoma una camisa que le da en la barbilla. Viste pantalón a juego y pulsera rojigualda. Clásico. Pulcro. Un caballero. «Les mandaría a Google. ‘Poned Fernando Esteso que es como me llamo’. Tengo una edad en la que no tengo tiempo para explicarlo todo».

«Mis canciones de cuna fueron las jotas. La jota supone algo muy importante porque en un verso nada más cuentas una historia. Se fabrica en el pulmón y al cantarla sale por la garganta; no llega al cerebro. El baturro no dice siempre lo que piensa, sino lo que le sale de los sentimientos. A lo mejor por eso se ata la cabeza con un pañuelo». La jota, que le enseñó su padre, fue el germen que le llevó a actuar en el circo cuando era crío. «Empecé a salir al escenario a la temprana edad de los dos años y medio. Comenzó el sueño de ser artista». 

Para el niño-payaso las primeras incursiones en los escenarios fueron «el juego más maravilloso del mundo. Eso de que te aplaudieran, te tiraran caramelos, y alguna perra gorda, era muy bonito». Sus padres compartían la querencia por los escenarios y su madre «fue una compañera muy grande; se encargaba de hacerme el vestuario, estaba en cada proyecto que emprendía».

A los diecinueve años se trasladó a vivir a Madrid. Ocho años después, en 1972, se subía a los escenarios con su propio espectáculo. En 1974 protagonizó su primera película, Onofre (de Luis María Delgado). Se acabó la década y se estrenó Los bingueros, el film dirigido por Mariano Ozores que reunió por primera vez a Andrés Pajares y a Fernando Esteso.

«Con Pajares formamos un tándem a tres que fue un éxito, aunque Mariano ya había conseguido todos los éxitos»

«El rodaje fue divertidísimo. Empezó a crearse una familia. Fue una cosa de Ízaro Films (la productora), que pensó en nosotros como los protagonistas ideales. Mariano no; él creía que Andrés y yo no nos llevábamos bien. No sé si fue por experiencias anteriores; la de que los actores de la misma rama se llevan a matar». Ozores se llevó un sí rotundo a la propuesta. «Formamos un tándem a tres que fue un éxito, aunque Mariano ya había conseguido todos los éxitos. No había actor cómico que se preciara que no hubiera pasado por el ojo de su cámara». En la vida de este mañico alguna lágrima ha habido, pero fuera de pantalla. No se le conocen papeles dramáticos. Da a entender que se ha quedado con las ganas. «Con el paso del tiempo todos los cómicos se hacen tragicómicos. Lo hacen mejor que el que es dramático, porque el dramático va al guion y lo suelta. Pero el cómico que ha hecho reír durante toda su vida, al pasar a serio encoge el corazón a la gente».  

En 2011, Fernando compartió cabina de grabación con King África. Versionaron La Ramona, el éxito de 1976 con el que Esteso le declaraba su amor a la volumetría de una tal Ramona —«Creyéndola una ballena la han cazao los balleneros / Ramona te quiero»—. «Fue un éxito increíble; no podía andar por la Feria de Sevilla. Me daban capotazos en el cogote. ‘¡Ramonaaaaaaaaa!’. Y ñasca, me daban. Me puse bien y fui yo quien daba y después decía ‘¡Te quiero!’ ¡Tooooma la gracia!». Pese a la chanza, le tiene aprecio, incluso amor, a Andalucía. «Me han considerado parte de ellos. Hacía una parodia de un cantaor de flamenco que aceptaron, y allí no aceptan a nadie».

Tras el inciso musical, Fernando Esteso vuelve a hablar de cine. «Sentí una envidia sana cuando Andrés Pajares consiguió su Goya por ¡Ay, Carmela!, la de Saura. Yo, que había hecho de comediante la mayor parte de mi corta vida, sabía lo que suponía. Lo felicité e hice público mi voto a su favor. Entonces era miembro de la Academia».

El  buen jotero dice lo que siente. Fernando comparte ese nervio en las entrañas. «Siempre he dicho lo que he sentido. No me ha traído ningún problema. Ahora… se puede decir lo que se siente pero hay un poco de frustración. ¿Por qué estamos así? ¿Por qué hay tanto desconcierto, tanta rivalidad? La vida debería ser más sencilla».

Familia y sentimientos

A lo largo del encuentro, la palabra 'familia' brota como esas pequeñas florecillas amarillas que surgen de una grieta en el asfalto o de la junta de una alcantarilla. El ser humano actor tiene un hijo y una hija. 45 y 42 años. Y un perro majísimo. Viven los tres juntos. Cuatro, si contamos la mascota. Ríen y discuten, como todas las familias. Con el perro no, él es portador de la armonía. «Es la repera, me hace una gracia tremenda. Cuando quiero que me preste atención cojo una galleta. Le doy un trozo. Le digo '¡choca!' y hace ¡pum! Le doy la otra mitad. Le digo ‘¡un besito!’ Y me da un lengüetazo». Imita al animal con una sucesión de onomatopeyas inenarrables. Solo un cómico puede hacer de perro con esa precisión.

Esteso dice que el papel de su vida es el de padre. «Digo papel porque todo lo que he interpretado no me lo he tomado como papel, sino que he querido vivirlo y expresarlo. El ser padre es muy importante». Fernando deja de hacer de perro; ahora es un hombre reflexionando sobre la paternidad: «Los hijos son la continuación de uno. Quieras o no, es un momento de felicidad de la pareja. Después tienes las dificultades para criarlos y apechugar cuando se hacen mayores. Muchas veces no te cuentan los problemas, porque dicen que no eres su amigo. ¡No puedo ser tu amigo, soy tu padre! Es un papel difícil de llevar». 

Tiene un mantra: «No hacer teatro en la vida particular. El trabajo es para el escenario y la cámara; la vida familiar es mucho más trabajosa porque entra el cariño, la incomprensión o el exceso de cariño. Tiene comedia y tiene drama. En la vida profesional todo es comedia». 

Su cara es seria cuando vocaliza 'comedia'. «Procuro que no haya situaciones dramáticas ni dar motivos. Sé pedir disculpas. Perdón no, pedir perdón es porque has hecho algo malo. En cambio disculpas es que lo has hecho sin querer. «¿Nunca has tenido que pedir perdón?». «A mí mismo, a lo mejor. Yo qué sé». 

La educación que le dieron sus padres: «Respeto a los mayores, pensar que era pecado mentir, aumentar la fe por nuestra Virgen del Pilar, el amor a la familia. Tratar de no exponer la educación para epatar. Ser educado, respetuoso». Apareció la Virgen. «Soy católico, pero lo que pasa es que no voy a misa. Aunque cuando me despierto escucho la misa de la COPE, ¿tú también?».

«No es que haya puritanismo, es postureo. El puritanismo es lo de antes del destape. Ahora es violencia. El sexo se mira como una cosa de daño, no es moral. Estamos ante la impureza». Para él, todo tiene un límite. También la libertad de expresión. «A pesar de lo que digan, tenemos un idioma riquísimo. Puedes decir lo mismo con un buen lenguaje». Ya que estamos con los límites del humor, dice que en el país «humoristas no hay, lo que hay son charlistas. El humorista se lo adjudica al que dibuja o escribe en el periódico; el cómico es el que está encima del escenario. El cómico… a veces me voy, perdona. ¿Qué me habías preguntado?». 

«sentí una envidia sana cuando andrés pajares consiguió su goya por ¡ay, carmela!, la de carlos saura»

Está satisfecho con España. «De España no cambiaría nada. A lo mejor mandaba a otro país a algunos. He sido un cómico que he podido llegar a ser popular y ser querido en todo el país por el lenguaje que he empleado. Tiene mucho que ver con el clima. La forma de ser y reírse tiene que ver con el clima». Por eso no quiso aprender inglés, por si le iba bien fuera y no volvía. «Me gusta la tierra en la que he nacido. La gente me quiere, me respeta y me admira. Por esto, más el jamón, el vino y los amigos, no me iría nunca». 

No ve la gala de los Goya porque dejó de ser miembro de la Academia. Además, le molesta que estén politizados. «Por lo que me han contado, hasta esta edición había dejado de ser una entrega de premios con esplendor. Como lo hacen en América. El cine es una industria. ¡Hay que venderlo! Que si uno en camiseta, que si la coleta, alpargatas… El glamur se va a hacer puñetas. Con glamur me parece que solo queda Carmen Lomana».

Lo caballeroso y lo femenino según Esteso: «Siempre me ha encantado la belleza, pero acompañada de algo. He tratado de no hacer nunca el ridículo por una belleza». 

El rechazo de esas bellezas le hacía pequeño. «Pequeño, porque si te toca quedarte en el portal, y tú estás abajo del escalón y ella ya está dentro…».  Para el actor la culpa de la pérdida de la caballerosidad la tiene «un feminismo raro, extraño, que se está imponiendo desde un ministerio. Una cosa es feminista y otra cosa es política y otra cosa es lo que debe tener una mujer para diferenciarse de un hombre. Pero si le cedes a una mujer el paso o el asiento, te dicen ‘¡Crees que soy inválida!’ Pero no puedes dejar de hacerlo porque, como quien dice, lo ha mamado uno». 

«¿Volverías a vivir tu vida tal y como la has vivido?». Fernando repite la pregunta sin responder. O no la ha entendido o quiere ganar tiempo para pensar. O no quiere contestarla. O todas las anteriores son incorrectas. «Alguna cosa, y no te voy a decir cuál, la haría con más reparos. ¡Quién no ha cometido equivocaciones en la vida! A ti no te la digo porque eres muy joven y estás a tiempo de cometer un montón». 

«Hay que estar abierto a todo lo que venga. Soy de los que dicen que si vas por la calle con los brazos cerrados, te pierdes muchos abrazos. Entonces siempre hay que ir con los brazos abiertos. Pero no poner la otra mejilla. Con una vez que te den un palo es bastante».  

Su pecado es la coquetería. «Me gusta agradar. Piensa que a esta edad desde que te ves por primera vez en un espejo hasta que te atreves a salir de casa hay un tiempo de recomposición. Siempre sales con la idea de gustar». Un diálogo rápido, como los de sus películas:  «¿Te arreglas mucho antes de salir a la calle? / ¿Cómo me ves? / Como un pincel / Muchas gracias».

Si no fuera Esteso a Esteso le gustaría ser Fernando. ¿Y si no? «Pues Julián, que me llamo así de segundo nombre. Pero no sé, es que no tengo de qué quejarme. Me propuse hacer felices a los demás y lo conseguí. No hay cosa más bonita que notar que la gente te quiere; ahora, hay que dar mucho». 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 78 (abril 2021) de la revista Plaza

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