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crítica de cine

'First Love': Delicioso delirio yakuza

13/03/2020 - 

VALÈNCIA. Vuelve el mejor Takashi Miike. Cuando creíamos que se había instalado en el mainstream más acomodaticio, regresa para demostrar que sigue siendo el rey del relato bizarro y que su capacidad para reinventarse no ha perdido fuelle. Y todo gracias a First Love, su película número noventa y uno (aproximadamente) en la que se acerca a un género que domina a la perfección como es el de los yakuzas, presente en su filmografía desde los tiempos ya remotos de Bodyguard Kiba (1993) o Fudoh: The New Generation (1996) y en el que es capaz de imprimir muchas dosis de originalidad, adrenalina y espíritu macarra.  

El director siempre ha sabido cómo moverse a la perfección en los ambientes de los bajos fondos para captar su decadencia moral y la espiral de violencia que se genera. A lo largo de las décadas ha intentado plasmar la evolución del crimen organizado en su país desde su surrealista punto de vista y en esta ocasión nos acerca al derrumbe de un sistema en el que los códigos de honor han dejado de tener sentido en un mundo globalizado en el que rige la ley del más fuerte. 

A pesar de la carga de demencia que han caracterizado siempre su cine, Miike se ha ido volviendo con el paso del tiempo un director cada vez más sensible. Para él, lo importante en esta película no son las luchas de poder entre los clanes, sino cómo la sociedad ha ido perdiendo la humanidad, y para ello utiliza a una pareja de jóvenes que se encuentra por casualidad en medio de una intrincada operación clandestina mafiosa y descubre una razón por la que seguir viviendo en medio de sus respectivas tragedias personales. Él es un boxeador al que le acaban de diagnosticar un tumor inoperable. Ella ha sufrido el maltrato sistemático por parte de su progenitor que terminó vendiéndola a la yazuka para pagar sus deudas y se ha convertido en toxicómana. 

Son muchos los elementos que maneja Miike en First Love y, como suele ser marca de la casa, muchos los géneros que hibrida de una manera totalmente anárquica. Del noir policiaco a la acción, pasando por el romance y un humor absurdo que se cuela en los momentos más inesperados aportando una elocuente frescura, hasta llegar a las inevitables notas pulp y pop (incluso hay citas explícitas al gran intérprete del género negro Ken Takakura).  

La trama no puede ser más enrevesada, con cantidad de personajes que se funden y se confunden, pero el director ha alcanzado una categoría como narrador que le permite disfrutar con cada uno de los hilos que maneja sin que en ningún momento el espectador pierda la evolución argumental. Al contrario, seguir su desarrollo se convierte en un auténtico disfrute, quizás porque el director también parece encontrarse en su salsa. 

En First Love hay yazukas, tríadas, policías corruptos, traidores, novias vengativas, alucinaciones lisérgicas, decapitaciones y hasta un segmento de animación cuando el presupuesto no da para una secuencia imposible de ejecutar. Y es que el realismo y el fantástico siempre han estado presentes en el cine de Miike. El elemento sorpresa resulta fundamental, y eso es algo que vuelve a recuperar sin perder la perspectiva de aquello que está contando, ni el ritmo ni su capacidad de inventiva visual. Porque la palabra exceso, nunca ha formado parte de su vocabulario. 

En First Love recupera al actor al que descubrió para interpretar a Ichi, the Killer, Nao Omori. Han pasado casi veinte años desde que se estrenara una de las obras más enfermas de toda su carrera, un auténtico festival de torturas difícil de digerir, marcado por el sadomasoquismo y el culto al dolor como motor de sus personajes. Siguió escarbando en los límites de la locura en auténticas obras de culto como Gozu (2003). Siempre ha sido inclasificable e indomable, incluso en sus películas más comerciales, como la saga Crows Zero o en aquellas en las que practicó el clasicismo, como 13 asesinos. Miike siempre ha tenido alma de francotirador, siempre ha sido libre a la hora de llevar a su terreno sus películas, como en los sesenta hicieron los directores más viscerales, de Seijun Suzuki a Kenji Fukasaku, pasando por Yasuzo Masumura y Kenji Wakamatsu. Muchos han confundido su atrevimiento con gratuidad, pero lo cierto es que gracias a su espíritu kamikaze hemos disfrutado de algunas de las obras más delirantes y subversivas del cine japonés contemporáneo. 

Ahora Miike vuelve a demostrar que su nervio intuitivo y radical no se ha evaporado, que sabe cómo reinventarse para seguir siendo siempre él. 

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