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SILLÓN OREJERO

Fletcher Hanks, dibujante alcohólico de superhéroes ultra-violentos entre 1939 y 1941

Tras cuatro años poniéndose en contacto con coleccionistas, Paul Karasik reunió para publicar en Fantagraphics las historietas de Fletcher Hanks. Un dibujante que solo estuvo en activo tres años al final de la Gran Depresión e inicio de la II Guerra Mundial y del que por el testimonio de su hijo se sabe que era un cruel maltratador y un alcohólico. Murió congelado borracho en un parque en 1971. Sus historietas, en el albor de los superhéroes, mostraban a personajes que utilizaban sus poderes para vengarse brutalmente de los malhechores

3/12/2018 - 

VALÈNCIA. Ha sido bautizado como el Ed Wood del cómic, una etiqueta que no gusta a su editor, pero que ha sido la única forma que encontraron los críticos de describir su trabajo cuando fue recopilado y editado hace una década. El último volumen, que por fin recoge toda su obra completa, apareció en 2016.

Al final de la Gran Depresión, la década de los años 30, con el auge del nazismo y los fascismos europeos, surgieron en Estados Unidos los superhéroes de cómic. En 1936 lo hizo El hombre enmascarado, en 1938 Superman, en 1939 Batman... De sobra es conocido que estos personajes, con sus características sobrehumanas o gran intelecto, que no fueron añadidas desde el principio, velaban por la humanidad luchando contra todo el que osara amenazarla. Al término de la Segunda Guerra Mundial, el género tuvo un pequeño declive hasta la llegada en los años 60 del recientemente fallecido Stan Lee, el dibujante Jack Kirby y todas las creaciones de Marvel que han terminado convirtiéndose en una especie de evangelio.

Veinte años antes, en la explosión inicial de esta modalidad de cómic, hubo un artista que pasó desapercibido en su momento, Fletcher Hanks. Pero a día de hoy sus cómics destacan sobre sus coetáneos por la extrema violencia que contenían. No fue hasta los 80, cuando Raw Power, la revista de Art Spiegelman, que se rescataron algunas historietas debido a su carácter absolutamente singular. Paul Karasik, que trabajaba entonces en el consejo editor, se quedó con su nombre y, con la llegada de Internet, pudo contactar con coleccionistas, uno por uno, hasta reunir toda su obra posible y reeditarla en Fantagraphics. Sin Internet no hubiera sido posible.

Lo que les llamó la atención de sus viñetas fue la explosión de imaginación. Los inventos de los villanos para destruir la Tierra o los métodos surrealistas empleados en "acabar con la democracia y la civilización". Como suele ocurrir en estos casos, todo resultaba naif e inocente cuando pretendía ser terrorífico, sin embargo, había algo que se salía completamente del guión, los escarmientos a los que sometían los buenos a los malos eran absolutamente desproporcionados. Exagerados, incluso. En una época, reflejada en sus tebeos, aparecían a menudo aviones bombardando, que no era muy distinta.

No recibían un escarmiento, sino castigos para la eternidad de la más extremada dureza. El Mago Stardust, por ejemplo, que iba luchando por todos los planetas del universo contra todos los mafiosos que habitaban en ellos, lo mejor que podía pasarles cuando les cogía era que los dejase a todos suspendidos en el aire para que fueran pasando por delante de sus ojos todos los cadáveres exhumados a los que habían asesinado y contemplasen su obra.

En otra ocasión, la tortura era refinada al detalle. Se llevaba a unos gangsters a otro planeta donde la gravedad era tan grande que no podían levantarse del suelo. Como el aire estaba cargado de vitaminas, tampoco podían morirse, así que pasarían ahí largos años; momento en el cual, ante su asombro por el castigo, les da una última noticia: la noche en ese planeta dura años. En otra historieta, a unos los convierte en ratas y los tira al mar. Hay un criminal que sirve de comida para un pulpo gigante. Mi favorito es un padrino de la mafia al que le amplía la cabeza a gran tamaño con sus poderes y le reduce el cuerpo a la mínima expresión, y ahí lo deja, tirado en el bosque.

Fantomah es una superheroína, sostiene Karasik que tal vez sea la primera de todo el género, que se dedica a defender la jungla. Selvas pobladas por arañas gigantes y bichos de todo tipo. Cuando alguien pretende alterar su equilibrio, deja de ser una rubia que canta para convertirse una calavera que impone el orden sin piedad. Una de sus venganzas puede ser congelar a los villanos.

Hanks nació en 1887 en el estado de Maryland. Aprendió a dibujar en un curso por correspondencia de la WL Evans School que le pagó su madre en 1910, cuando tenía 23 años. De esa escuela surgieron dibujantes como EC Segar, autor de Popeye o Chested Gould, de Dick Tracy, que según Karasik es el que más se parece a su estilo. Con intensos colores, el contraste de esta obra reside en la frialdad que transmiten sus héroes, incapaces de contenerse, de tener mesura y de expresar ningún tipo de sentimiento ni positivo ni negativo. Solo un afán por impartir justicia con la más extrema crueldad.

Se casó y tuvo cuatro hijos. El encuentro con uno de ellos, Fletcher Junior (1918-2008) fue convertido en viñetas por Karasik y adjuntado a I Shall Destroy All the Civilized Planets!, la primera recopilación, aparecida en 2007. Él mismo le contó que su padre empezó a pintar murales en Nueva York y, a su regreso, con el dinero que ganaba se emborrachaba hasta quedarse sin un duro. Cuanto más alcohólico era, como ocurre siempre, más violento era con su familia.

A su hijo lo tenía, desde los 7 años, fermentando cerveza para él. Le pegaba sin cesar, cuando luego fue al colegio el crío era un manojo de nervios. Muchas veces tenía que defender a su madre de las palizas. Llegó a romperle los huesos de la cara a la mujer y no llamó al médico. Se le tuvieron que soldar solos. Un día le robó todos sus ahorros a su hijo, que había reunido vendiendo fruta, y desapareció. Nunca lo volvieron a ver. Todos los dibujos suyos que tenían por casa los tiraron. No tenían por qué conservar esa basura, confesó su hijo.

Dejó 51 historias, en las que se encargó de todo el proceso, color y tinta incluidos. pero en 1941 se le perdió el rastro. Nadie sabe por qué dejó de publicar. A Karasik sus familiares le dijeron que era imposible que se dedicase al mismo empleo durante un periodo prolongado de tiempo. Uno de sus hijos, Ted Hans, cree que conoció una mujer que lo mantuvo y que por eso lo dejó todo. Una mañana de 1976, apareció muerto congelado, seguramente borracho, en un parque de Manhattan. Tenía 90 años.

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