Datos, robótica, vuelta al origen y valor añadido, los nuevos motores del sector agroalimentario

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El sector reclama una innovación más conectada con el campo para afrontar la falta de mano de obra, el cambio climático, la presión regulatoria y la pérdida de rentabilidad.

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VALÈNCIA. El desarrollo de productos disruptivos en alimentación ha perdido fuelle tras años de protagonismo y de fuertes inversiones en ámbitos como los cultivos verticales, la carne cultivada o las soluciones vinculadas al reparto a domicilio. La innovación agroalimentaria vuelve ahora la mirada hacia el origen de la cadena: el suelo, la producción de proximidad, la eficiencia en el uso del agua y la energía, la digitalización de las explotaciones y la mejora de la rentabilidad de los agricultores. Todo ello en un contexto marcado por la presión regulatoria, la falta de relevo generacional, la escasez de mano de obra y unos consumidores que reclaman alimentos saludables y sostenibles, pero también cómodos, asequibles y adaptados a nuevos hábitos de vida.

Estas fueron algunas de las principales conclusiones del desayuno ‘Los motores de la reinvención del sector agroalimentario’, celebrado en el Hotel Valencia Palace. En el encuentro participaron Beatriz Jacoste, CEO de KM ZERO Food Innovation; Jordi Sales, consultor en Innovación y Sostenibilidad de Institut Cerdà; Carlos Ledó, CEO y fundador de Veganic Nature; Mercedes Iborra, cofundadora y directora general de VisualNACert; Pepa Torres, COO de Ecologicval; Begoña Ruiz, directora de Tecnologías de AINIA; e Ismael Avellán, CEO de 4Plus Ingenieros y Arquitectos.

La industria ha atravesado durante los últimos años una etapa en la que buena parte de la inversión se dirigió hacia tecnologías próximas al consumidor o soluciones que prometían transformar radicalmente la producción y el consumo de alimentos. Sin embargo, algunas de estas apuestas no han cumplido las expectativas iniciales y el capital está comenzando a desplazarse hacia problemas más estructurales.

“En retrospectiva es fácil pensar que te has equivocado y darte cuenta de que ciertas innovaciones no tenían tanto sentido”, señaló Beatriz Jacoste, CEO de KM ZERO Food Innovation, quien citó los cultivos verticales hidropónicos y la carne cultivada entre los ámbitos que no han avanzado al ritmo esperado. A su juicio, se está produciendo una “corrección” de las inversiones destinadas al ‘delivery’ y a las tecnologías cercanas al consumidor para dirigirlas hacia el inicio de la cadena.

“Estamos en el momento más dulce para innovar en alimentación, pero de forma invisible”, afirmó Jacoste. Según explicó, cuestiones como la salud del suelo, la gestión del riesgo, la localización de la producción o la reducción de las dependencias exteriores han ganado protagonismo ante la inestabilidad geopolítica. “Si te interesas por la primera parte de la cadena, todo va mejor”, defendió.

Este cambio también obliga, en su opinión, a revisar la forma en la que se comunica la sostenibilidad. El discurso ha evolucionado desde la reducción del impacto hacia conceptos como la regeneración, al tiempo que las empresas deben prestar atención a una demanda cada vez más fragmentada. La conveniencia y los platos preparados ganan terreno, pero conviven con una mayor preocupación por la densidad nutricional y la salud.

“El futuro de la alimentación son las lentejas”, resumió Jacoste para ejemplificar que el valor añadido no tiene por qué proceder de productos complejos o extraños. Las legumbres aportan proteínas, favorecen la salud del suelo y reúnen varias de las características que se exigirán a la alimentación del futuro. El reto, añadió, será transformar las materias primas y evitar que los territorios productores se limiten a vender grandes volúmenes sin capturar el valor generado en las fases posteriores.

Una sostenibilidad difícil de trasladar al lineal

La distancia entre las declaraciones de las empresas y las decisiones reales de compra fue otro de los asuntos analizados. Jordi Sales, consultor en Innovación y Sostenibilidad de Institut Cerdà, advirtió de que el sector “no está escuchando bien del todo a los consumidores”, especialmente en materia de sostenibilidad.

“Para muchas compañías, de puertas para fuera, es una pata central de todos los departamentos de comunicación, pero en el lineal el ‘premium’ que se paga por esto es bastante pequeño, cuando no nulo”, señaló. Esta dificultad se agrava con el crecimiento de la marca de distribuidor, que limita el margen para trasladar al precio determinadas inversiones ambientales.

Pese a ello, la legislación está obligando a los fabricantes a responsabilizarse progresivamente de toda su cadena de valor. Medir la huella de carbono implica conocer no solo las emisiones directas, sino también las generadas aguas arriba y aguas abajo. “Una vez conocido el impacto, el segundo punto es actuar”, explicó Sales, quien apuntó a la eficiencia productiva como una de las principales vías para reducir las emisiones en la agricultura, la ganadería, la industria y la distribución.

El consultor también destacó el potencial de la logística para transformar la alimentación. Como ejemplo, señaló la distribución de productos frescos varias veces al día en pequeños establecimientos de Japón. A su juicio, los operadores pueden recuperar en parte el papel tradicional del tendero, asesorando al consumidor y facilitando el acceso a alimentos adaptados a sus necesidades.

Regulación, conocimiento y competitividad

Las barreras regulatorias y la conexión entre la investigación y las empresas centraron otra parte del debate. Carlos Ledó, CEO y fundador de Veganic Nature, aseguró que la complejidad normativa está haciendo perder competitividad a las compañías europeas frente a productores de otros mercados.

Además, alertó de la brecha existente entre las universidades y la realidad empresarial. “Hay mucha innovación que se queda en las universidades. Las empresas no saben qué hay ni cómo encontrarlo”, afirmó. Por ello, planteó la necesidad de crear instrumentos que den visibilidad al conocimiento disponible y faciliten su transferencia al tejido productivo.

Ledó explicó que Veganic Nature ha desarrollado una herramienta propia de inteligencia artificial en la que ha volcado sus ensayos, históricos de temperatura y precipitaciones e información agronómica. A partir de una fotografía, el sistema puede identificar un cultivo, detectar una posible enfermedad y recomendar una solución de la compañía.

“Nos permite tener una persona preparada en un mes y, en ocasiones, recomendar incluso mejor que un perfil sénior, porque tiene en cuenta cuestiones que se nos pueden escapar”, aseguró. No obstante, remarcó que la tecnología debe facilitar la labor del agricultor y no convertirse en una nueva carga administrativa. “A veces tenemos al agricultor de gestor rellenando papeles. Son héroes con todas las dificultades que afrontan”, afirmó.

Begoña Ruiz, directora de Tecnologías de AINIA, coincidió en que la regulación puede actuar como motor, pero también convertirse en un obstáculo cuando establece plazos difíciles de cumplir o exige tecnologías que todavía no son viables. “Puede ser un motor o un auténtico reto”, señaló. Ruiz defendió la necesidad de conectar la investigación con la realidad industrial mediante innovaciones “validadas, escalables, industrializables y sostenibles”. Para lograrlo, consideró imprescindible trabajar con una visión de cadena, mejorar la calidad de los datos e impulsar espacios compartidos que permitan avanzar en trazabilidad, eficiencia y sostenibilidad.

También reivindicó que la financiación pública y privada no se limite a atraer centros productivos, sino que contribuya a implantar centros de I+D capaces de generar conocimiento y mayor valor añadido en el territorio. A ello se suma el desafío climático, que ya está alterando los calendarios de producción, adelantando la maduración de algunos cultivos y modificando las características de productos como el vino.

De la digitalización a la inteligencia operativa

Mercedes Iborra, cofundadora y directora general de VisualNACert, destacó que la agricultura se ha transformado profundamente durante la última década. La falta de mano de obra, el relevo generacional y el cambio climático están provocando el abandono de algunos cultivos y un desplazamiento hacia producciones de mayor valor, como el almendro, el pistacho o el aguacate.

“España es rica en zonas climáticas y somos un laboratorio donde se puede cultivar prácticamente todo, pero para hacerlo hace falta conocimiento”, señaló. Este contexto exige una mayor especialización y herramientas que permitan a los asesores ofrecer recomendaciones más amplias y precisas.

Según Iborra, el sector debe superar una primera etapa centrada en digitalizar y estructurar la información para avanzar hacia una “inteligencia operativa” capaz de apoyar decisiones concretas. “Datos hay muchos; otra cosa es que estén bien estructurados”, indicó.

Sin embargo, existe desconfianza entre algunos productores, que temen que la información recopilada termine utilizándose únicamente para aumentar el control administrativo. Por ello, defendió que el valor de los datos se demuestre mediante casos prácticos que permitan ahorrar agua, fertilizantes, energía o mano de obra.

Iborra también llamó a impulsar la transformación de los productos agrarios. “Seguimos cultivando fruta y verdura cuando, en realidad, muchas veces la gente no quiere fruta y verdura, sino un ‘snack’”, apuntó. A su juicio, España cuenta con conocimiento suficiente en centros tecnológicos para convertir el producto primario en alimentos de mayor valor añadido, pero todavía mantiene un peso excesivo de la comercialización en fresco.

Una tecnología que llegue realmente al agricultor

La aplicación práctica de estas herramientas sigue encontrándose con obstáculos básicos, como la falta de cobertura en muchas explotaciones. Pepa Torres, COO de Ecologicval y cuarta generación de una familia dedicada a la agricultura, explicó que parte de sus campos todavía utiliza riego a manta y que en algunas zonas ni siquiera existe una conexión estable a internet.

“Estoy muy a favor de la tecnología, pero creo que se debería llevar más al terreno”, afirmó. Torres defendió la digitalización del cuaderno de campo y la incorporación de sistemas que faciliten el trabajo, pero advirtió de que el conocimiento acumulado por los agricultores no puede sustituirse.

Ecologicval ha apostado por la producción ecológica de granada y por desarrollar elaboraciones como zumos o fruta desgranada. No obstante, Torres señaló las dificultades para impulsar estos productos y encontrar apoyo suficiente de las administraciones y las universidades. “Tiene que haber valor añadido y diferenciación”, afirmó.

La compañía también diseñó sus plantaciones pensando en una futura robotización, ante la dificultad para encontrar trabajadores durante los meses de verano. Para Torres, el gran interrogante sigue siendo cómo hacer atractivo el campo para los jóvenes y garantizar el relevo generacional.

Ismael Avellán, CEO de 4Plus Ingenieros y Arquitectos, incidió igualmente en que la digitalización puede ayudar al pequeño agricultor a reducir costes y ganar competitividad frente a una cadena de distribución a la que, en muchas ocasiones, tiene un acceso limitado.

“Necesita divulgación. Debemos profundizar y guiar al agricultor”, señaló. La clave, explicó, es que las herramientas sean sencillas y permitan comprobar rápidamente su retorno. Sistemas que indiquen si una explotación está regando correctamente o que calculen al final del ejercicio el ahorro conseguido en agua y fertilizantes ayudan a monetizar el beneficio de la inversión.

Avellán reconoció que uno de los principales errores al desarrollar herramientas tecnológicas es acumular funcionalidades que terminan alejando al usuario. “Empecé a crear un monstruo cada vez más bonito, pero a los 25 segundos el agricultor había desconectado”, relató. La solución pasa por aplicaciones simples, capaces de orientar y ofrecer respuestas claras.

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