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el callejero

Gonzalo no tiene género

12/09/2021 - 

VALÈNCIA. Con tres años, Sofía Max vistió a su hijo para que estuviera bien guapo el día de su cumpleaños. El niño no se sentía a gusto vestido así y protestó. Pero su madre insistió. Qué se había creído ese pendejo. Mediada la fiesta, el chiquillo, Gonzalo, harto de ir a disgusto, cogió, se quitó la ropa y se quedó desnudo. Ese día, aquella madre entendió que a ese pibe de Tucumán había que dejarlo elegir su ropa. Aunque tuviera solo tres años. Aquel niño, a pesar de su edad, sabía perfectamente lo que le gustaba y lo que no.

Gonzalo Villamax (hace años decidió soldar su apellido paterno, Villa, al materno, Max) recuerda la anécdota sentado en una banqueta dentro de su tienda de Ruzafa. Se le ve feliz allí dentro, rodeado de sus creaciones, prendas sin género, la mayoría. "Porque la ropa no tiene género", protesta. Hace tres años dejó Argentina y se vino con su novio, Marco, a València. Un año antes había visitado la ciudad para pasar el fin de año junto a una amiga argentina que vivía en Ruzafa. Se enamoró del barrio y de la ciudad. Luego regresó a Tucumán, donde, poco después, falleció el padre de Marco. Aquella desgracia, unida a la sensación de que Gonzalo se estaba acomodando, les espoleó a cambiar de continente.

Villamax ya había hecho carrera como diseñador de moda. El niño del cumpleaños creció sacando él mismo la ropa del armario cada día y dibujando modelos que creía ideales para su mamá. Su padre murió cuando él solo tenía cinco años y la madre se hizo cargo de Gonzalo y su hermano, Hugo, trabajando en un tienda de ropa y viviendo en Yerba Buena, una zona residencial de Tucumán. "Es súper tranquila. Uno de esos lugares donde la gente deja las puertas abiertas y se pasa el día en la calle. Después, de más grande, ya me mudé al centro de Tucumán".

La infancia dio paso a la adolescencia y a la eclosión creativa de Gon. "Siempre fui bastante rebelde, de llevar el pelo largo, diferente". Casi todos los martes, él y un amigo, se 'pelaban' las clases -en Argentina se llama 'hacer la rata'- y se iban a un lugar donde tenían revistas. Allí echaban la mañana ojeando a los artistas, a los cantantes de moda, y suspiraban por ir como ellos. Al día siguiente, Gonzalo aparecía en clase vestido y peinado como si fuera el mismísimo Robert Smith, el cantante de The Cure. "Sin internet, las revistas eran mi forma de conocer mundo. Y ahí fui arreglándome estilo 'new romantic', 'punk', con los pelos de colores... Pasé por todas... Mi adolescencia fue una explosión. Y entonces no estaba demasiado visto llevar el pelo de color o demasiado largo o vestirse como uno quería, con plataformas o lo que fuera. Pero también era un momento muy particular en Argentina, a finales de los 80, que fue cuando terminó la dictadura y supuso, como en España, una explosión de libertad. Porque venías de una represión muy grande y pasabas a estar libre".

De Tucumán al mundo

Su familia siempre había estado ligada a la industria textil y él, con su fascinación por la moda, no iba a ser menos. Su primer empleo, muy joven, fue trabajando para la única marca de ropa de Tucumán. Empezó com encargado de los locales ya acabó diseñando para ellos. Un año, después de darle muchas vueltas, decidió volar solo. Al principio tenía una línea de ropa femenina que se llamaba Marisa Rivero y una masculina a la que puso el nombre de Maximiliam. Pero un año le seleccionaron para participar en la Semana de la Moda de Buenos Aires y le convencieron de que necesitaba dejar de esconderse detrás de esos nombres imaginarios para adquirir su propia personalidad. Ahí nació Gon Villamax. 

Gonzalo fue haciéndose un nombre. La creatividad de aquel niño "hinchapelotas" salía a chorro con las herramientas en la mano. "Yo estudié patronaje, pero siempre he sido autodidacta. Yo he aprendido trabajando, probando, experimentando. Siempre he sido un manitas, como dicen acá", advierte. 

Gon fue creciendo. Ya era diseñador. Y no lo hacía nada mal. "Me iba súper bien. Tuve la oportunidad de estar en Londres, Japón, Colombia, Chile, Milán... Y yo viajaba desde Tucumán y representaba a Argentina en desfiles o ferias de moda por todo el mundo". En 2005 creó su marca oficialmente y en 2008 ya se ganaba la vida con sus creaciones. Nunca se movió de Tucumán. "Como tampoco me muevo de Ruzafa. Me gustan los lugares pequeños, los lugares que te contienen. Del mismo modo que me gusta mucho tratar de utilizar todos los recuerdos del lugar donde habito. Y eso lo tengo como premisa desde que arranqué con mi marca. Todos mis proveedores fueron siempre de mi región y ahora lo sigo haciendo".

Después de aquella Navidad de 2018, él y su chico, que llevan juntos veintidós años, decidieron que había llegado el momento de cambiar. Ya habían cumplido los cuarenta -Gonzalo tienen 45- y València les había encantado. Así que un día cerraron la tienda, montaron un 'fiestón' para despedirse de toda su gente y se vinieron para España con tres perros y dos gatos.

"Me instalé en Ruzafa en 2019. Me gustó mucho València porque es una ciudad pequeña pero grande al mismo tiempo. Este barrio en particular es uno de los más atractivos porque tienes vida de barrio toda la semana y el fin de semana tiene como otra impronta y el barrio cambia totalmente. Y en Yerba Buena, donde yo vivía, hay muchos árboles de naranjas y este barrio también tiene de eso. Siento ese perfume y me transporta a Tucumán", explica Gonzalo vestido con dos de sus prendas sin género. Una camisa y un pantalón corto negros, a juego con su Apple Watch. El pelo lo lleva peinado hacia atrás y recogido en un moño. Está en el centro de su tienda, rodeado de burras de las que cuelgan prendas blancas, negras y de colores fantásticos. Camisetas con la leyenda 'No Gender' o con frases de mujeres en valenciano. Porque él no solo quiere vestir a sus clientes. A él le gusta contar algo con sus telas, sus cortes y sus texturas. "No solo quiero ropa que sea bonita y 'ponible' sino que tenga contenido. Porque la moda, para mí, es uno de los primeros lugares donde se empiezan a mostrar los cambios de la sociedad. La ropa, además, es nuestra armadura".

Gonzalo llegó a una ciudad donde solo tenía una amiga. Nada más. Por eso, pese a que ya era un diseñador con cierto recorrido, se dejó caer por una tienda de ropa, 'Moon de Val', que enseñaba costura. "Yo ya sabía todo, pero yo no estaba ahí para aprender, yo estaba ahí para hacer amigos". Entabló una buena amistad con Mónica, la propietaria, que acabó siendo una persona muy generosa que le cedió el local cuando decidió dejar su negocio. "Esto fue en octubre de 2019. Ella me dijo que iba a dejar de trabajar y que si yo lo quería. Fue como alistarte y salir ya a la cancha".

La inauguración de su tienda fue en diciembre de 2019. Gonzalo abrió cargado de ilusión por mostrar a València todas esas ideas que revoloteaban en su cabeza desde que era un niño rebelde. Pero tres meses después le obligaron a cerrar. Había llegado la pandemia. Fue un golpe. Pero Gon, que ya se había comido el corralito en 2001 y otra crisis en esta década en Argentina, resistió. Y ahora ve cómo el negocio se asienta en este barrio multicultural mientras ultima su primera colección completa en València. "La pandemia la viví como una película de terror. Me tocó bailar con una bien difícil".

Con la reapertura retomó su proyecto y lo asentó. "Tengo varios perfiles de clientes. Tengo a la señora del barrio, que a mí me encanta porque viene con el carrito del mercado, porque también hago muchas prendas a medida. Aprendo un montón porque todos los cuerpos son diferentes. Luego tengo a un grupo de clientes que ya son amigos. Tengo a la señora pija, como dicen acá. Tengo al muchacho de vanguardia. Tengo cuatro o cinco perfiles. Hay muchas prendas que alcanzan a todo el mundo". Muchos de ellos son ya sus amigos. Algunos conocen su afición por los lápices y entran en la tienda con uno nuevo para su colección.

Sus tatuajes

Gonzalo Villamax es un argentino atípico. No le gusta el fútbol y no le gusta el asado. Es vegetariano y parece huir del tópico. Ha encajado en el barrio y eso ha terminado por tranquilizar a su madre. "Mi mamá está chocha de ver cómo me va. Cuando le dije que me venía no estaba tan chocha. No le gustó demasiado. Pero ella está chocha porque al menos el 80% de lo que soy se lo debo a ella, que siempre me permitió hacer lo que yo quería y no me reprimió absolutamente nada". Justo antes de la pandemia decidió darle una sorpresa por su cumpleaños y viajó a Tucumán para estar en su fiesta y pasar diez días por su tierra. Allí también coincidió con su hermano, con el que se lleva dos años y que es su antítesis. "Mi hermano es visitador médico de la parte oncológica de un laboratorio. No tiene nada que ver conmigo. Tiene seis hijos. Desde pequeños que somos totalmente diferentes. ¡Y criados por la misma persona! Eso es una auténtica locura. En la adolescencia, por supuesto, nos llevábamos francamente mal porque yo era el hermano rarito y no lo disimulaba. Y él , que se llama Hugo, como mi padre, era el chico pijo que se avergonzaba un poco de su hermano".

Ahora, de adultos, ya se llevan bien y Gonzalo luce en la parte interior de su antebrazo seis puntos negros, uno por cada sobrino. Están entre las coordenadas y un dibujo de los cerros de Tucumán. Justo debajo de una ola que representa su amor por el mar y un dibujo que simboliza su visión del amor. En el otro brazo, en una cara está una mano, su mano, junto a unos carretes de hilo y unas tijeras de modisto. En la otra, una frase, en inglés, que dice que no hay mejor amor que el futuro amor. "Uno va aprendiendo con el amor y si el amor cambia, crece. Va a ser mejor seguro".

Una de sus señas de identidad, además de incluir diseños vinculados a Latinoamérica, es la ropa sin género. "La ropa no tiene género. Es un mandato que nos han inculcado. Es cierto que cambia la morfología del cuerpo, pero eso no implica a la vestimenta: eso habla del cuerpo, no de la ropa. Mucha gente lo entiende y a mucha gente le cuesta. A mí me gusta explicarlo. Porque hay cosas que en determinados lugares se usan o se dejaron de usar. Las mujeres se han apropiado de la moda masculina, por decirlo de alguna manera. Usan pantalones desde hace décadas, camisas, trajes y demás. Para ellas no es complicado; lo es para el hombre. La mujer es mucho más libre que el hombre en un montón de cosas. Los gais también son más abiertos. Pero porque se animan un poco más a jugar con su feminidad sin ningún tipo de problema. Yo no tengo conflicto con eso. De chico es verdad que lo pasas mal y la gente se burla, pero cuando vas creciendo, te vas fortaleciendo y te das cuenta de que en realidad has elegido ser quien sos y eso es impagable. Es una ventaja que tengo yo ante un montón de personas, me permite crear y me siento más libre".

Gonzalo deja la banqueta y vuelve al estudio de su atelier. Allí agarra un lápiz y dibuja un vestido. Se le ve maña sobre el papel. "Yo necesito sentir el trazo con el papel y luego ya paso el dibujo a digital", cuenta. Su colección ya está casi a punto y, mientras, su novio, Marco, está poniendo en marcha un negocio de empanadas argentinas, que algo han de tener de su tierra más allá del balón y la vaca. Porque no todo en la vida tiene que ser lo que nos han inculcado. Y por esto también Gonzalo es el diseñador sin género. 

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