Desde Malasia con hamor

Beber

DE BEBERCIOS QUE SON PRIMOR

Hoy es viernes de volar como pajarillos asilvestrados para bebernos lo bebible y comernos hasta lo no comestible. Desde Malasia y con hamor, primor.

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Hablamos de periplo querido y por fin muy bien servido. Con sus aventuras, que esas no pueden faltar. Acompañadas del mejor yantar y de las personas que lo hacen todo especial. Del espacio sideral y mundial. Desde Vietnam a Nepal con la lógica presencia de ese Reino Unido al que nos unimos encantados. Mestizaje del que sólo salen cosas bonitas. Desde los trayectos valencianos que nos hacen bailar de alegría a la belleza australiana partiendo la pana. Pero vamos a lo que hemos venido, a contar de lo del pimplar que, aunque a poquitos, será un no cesar y empezando con el del Dry Martini en el Traders Hotel. Canónico trago con su twist de limón y chimpón. Que tenemos vistazas a las Petronas con piscina a nuestros pies. Las primeras de muchas y con inesperada compañía de las que solemos huir. Y pese a la guapura del panorama decidimos seguir. Que queda mucho por venir como esas ancas de rana picositas.

De vuelta al hotel para lo de descansar nos perdemos sin parar y toca hacer parada técnica en el que será nuestro hogar, el Habana Club Bar & Grill. Con un Old Fashioned suavito y gustoso. Como el reencuentro que se produce y que es verdaderamente dichoso. Por crazy, nice y saleroso con unas aceitunillas y besos en las mejillas.

Amanece el primer día con certidumbres dudosas y en la cabecita lo de continuar observando cosas hermosas. Desde el Wet Deck del W Hotel y con su Omato, por el que desde entonces mato. Mezcal infusionado en beef jerky, vermut blanco, olive brine, hot sauce y celery bitter. Carnoso y picoroso. Magia sacada de una chistera tan certera como ese pescado al vapor.

Nos vamos al barrio chinorris, que mira que nos gusta. Como el Borneo Negroni del PS150. Black pepper tuak, bitter de piña, vermut dulce, bitter de coco, pandan lef, burnt slice de piña y coco. Especiado y de aromas que se salen de las normas. Con lo chamuscado de los bien coronados y ese humillo que se desmarca de lo sencillo con el nasi lemak.

Termina la jornada sin ganas de dormir y qué mejor para eso que un Espresso Martini. En el Vértigo que acá no nos da, porque percibe que estoy relajá. Desde las alturas, que aquí no hay nada bajito. Ni pequeño, porque es todo a lo grande y rodeados de gentes interesantes mientras mordisqueamos unas de esas galletitas saladas de lugar con sabor tan peculiar.

 

A saltitos veraniegos

Sale el sol de nuevo en la ciudad, así que vamos a por un desayuno que es tradición por duplicado y a pateo entre saltitos que nos hacen superar todos los obstáculos posibles. Y la valentía tiene su recompensa, tía, la de trepar a la cima del Four Seasons en modo verano piscinoso para tomar un White summers. Melón clarificado, vinillo espumoso, ginger ale y pepino. Y no decimos pepinazo, que eso nos produciría rechazo y no es el caso con una cazuela de pollo al jengibre.  

Cae la tarde en la amena compañía de los amigos habaneros antes de marchar hacia Akar. Una horita en car para degustar un menú de admirar acompañado de un sake sin par. El Banjo Jozo Kamoshibito Kuheiji, que es poderío con brío y elegancia. Todo un señor que se atreve con lo que llegue y que acaricia en alianza con los noodels con erizos.

Viene otro amanecer de los que sólo nos traen lo bueno. Echamos la mirada a ese Merdaka que nos vigila perenne y que nos conduce de nuevo a Chinatown. Para hacer caso a la recomendación de Estivito el gonito y probar un bar de vinos muy top: el Gentle Giants. Y probamos el Freikörperkultur Rosé. Al fin el fruto negruzo de una uva en versión rosita. Con seriedad, austero y sin bobadas con la ternera salteada.

Justo después toca seguir haciendo caso a nuestros cicerones Lorenzones y presentarnos en el Concubine. Jovenzuelos llenos de lusión que nos trasladan a través de su Cucumber Fizz. Hendricks, pepino, moscato, fino y pickled de papaya verde que es soplo de aire de trago largo y cero empalague para alargarlo hasta el infinito con una ensalada de papaya verde.

Toca dejar KL por el momento, no sin antes subir a las torres que nos persiguen desde el primer instante. Escalando hasta el Marini’s on 57 y con su High On 57, que nos parece lo más apropiado y resulta totalmente acertado. Jonh Jameson, Punt e Mes y bitter de naranja y de angostura para lograr una locura. Amargores que no amargan, secantes que no secan y todo comedido y bebido con un plato combinado indio.

 

Penang y bang

Ponemos la pica en Penang y bang. Porque es disparo al corazón a primera vista. Con sus mares y selvas de cuento. En tiempo de descuento que exprimiremos a mil. Con un Dirty Martiny en el Gravity. Excelencia que es oleaje de playas infinitas que nos invitan a ir con calma y que es ideal para hacer la digestión del sambal de gamas.

En el Archipélago encontramos nuestra isla nunca perdida con su Aki. Ginebra Roku, Haku vodka, Lillet Blanc, Umeshu y seaweed. Intensidad en su punto justo y haciendo justicia a un bar en el que cada elección será para atinar. Y bailar con su propietario, tan peculiar como de amar. Llenando el paladar de mil matices y echando raíces con un meegoreng de narices.

Caemos y recaemos una y otra vez en el número uno del viaje, el Farquhar’s Bar. Con su Gimlet (y todos los demás) en esa barra de las de ver pasar la vida y tomarle la medida. Elaboración que es perfección con medidas y calidades impolutas. De esas por las que no caben disputas después de comernos un pollito a la sal. Tal cual.

Volvemos a Kualita como koalita panza arriba pidiendo mimos. Para irnos despidiendo con unos dada noodles y sorbitos de agua de coco, el tan necesario té helado y el descanso de una Tiger de vez en cuando encontrada. Casi nada. Y para completar la última jornada un Daikiri y el Dry donde todo empezó. El primero de ellos en el Traders y el segundo, y después de tantos, en el Havana. Y aunque llorando nos vamos, volveremos en dos semanas (ajolá).

 

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