La física del cóctel

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Un cuerpo se desplaza con movimientos de traslación siguiendo órbitas perfectas. Se cruza con otros cuerpos que orbitan como él, trazando distintas trayectorias. A veces disminuyen la velocidad, se detienen y rotan sobre sí mismos alrededor de un eje imaginario hasta aproximarse, atraídos por una energía invisible que parece migrar de un grupo a otro. En algunas ocasiones, una especie de fuerza centrífuga los separa sin remedio, alejándolos hasta la otra punta del espacio.

La energía que mantiene en movimiento permanente este modelo aislado procede de las bandejas, cuya unidad de medida son los bocados y las copas que se sirven en ellas.

Este universo tan peculiar es el universo del cóctel: un sistema gastronómico y social que se rige por unas leyes particulares. 

La primera ley del cóctel podría ser que nadie permanece en el mismo sitio durante demasiado tiempo.

Aunque siempre hay personas que son la excepción a la regla, a un cóctel no vamos a comer ni a beber. A un cóctel se va a celebrar o a descubrir algo, a encontrarnos con gente que conocemos, a saludar a quien conocemos superficialmente y, con un poco de suerte, a conocer a alguien que no conocíamos. Esto último es quizá lo más complicado.

Una conversación comienza en un extremo de la sala y termina en otro. Se van incorporando personas, otras se marchan. Los grupos se abren y se cierran, permitiendo que otros cuerpos se unan y, poco después, sean sustituidos por otros.

Y entonces ocurre: aparece una bandeja. 

La charla se interrumpe -a veces, afortunadamente- y comienza un movimiento de manos que se cruzan y se entremezclan. El tema principal es ahora gastronómico. Alguien pregunta qué es. Otro responde. ¿Está bueno? La conversación se detiene unos segundos para que podamos llevarnos el canapé a la boca y luego continúa como si nada.

Nos da algo que hacer con las manos cuando no sabemos dónde meterlas. Es la excusa para acercarnos a una mesa. Abre un tema de conversación cuando ya no sabemos qué decir o, mejor, cuando ya no queremos decir nada más. Y se convierte en la mejor salida para escapar de una conversación incómoda.

La comida, que normalmente sucede alrededor de una mesa, aquí sucede mientras hablamos y hacemos otras cosas.

Por eso los bocados del cóctel deben ser pequeños, fáciles de comer y no dejar huella en forma de manchas o migas. Es muy incómodo que nuestro interlocutor tenga que observarnos en silencio durante más de cinco segundos mientras masticamos. 

Las bandejas circulan. Nosotros nos movemos. Las copas circulan. Las conversaciones empiezan, se interrumpen y vuelven a empezar.

Hay algo casi coreográfico en todo esto. Incluso tengo en mente a esos famosos bailarines y bailarinas de cóctel que todos conocemos. Profesionales de la danza entre bandejas.

Comemos mientras hablamos. Hablamos mientras bebemos. Nos movemos mientras buscamos dónde quedarnos para seguir comiendo, bebiendo y hablando

El motivo del cóctel muchas veces se deshace como los hielos de las copas. Creo que los cócteles son una de las formas más sofisticadas que hemos ventado para relacionarnos sin sentarnos juntos a la mesa.

Durante mucho tiempo, el catering de un evento parecía condenado a ser invisible. Tenía que estar bueno, ser abundante y no molestar demasiado.

Ahora se le pide algo más: que sea estético, que combine con el espacio y que sea fotogénico. Últimamente, además, tiene que mimetizarse con quien organiza la fiesta.
 

Las marcas han entendido que también se puede construir identidad a través de la comida. Los colores, las formas, el envoltorio o un logo sobre una galleta, por ejemplo. La marca ya no está solamente en el bolso, el vestido o la joya. También puede estar en lo que nos comemos.

La permanencia del lujo se convierte así en un canapé destinado a desaparecer en un instante. El logo deja de estar frente a nosotros para pasar a nuestro interior. Nos comemos la marca, nos bebemos el logo impreso en un hielo que, poco a poco, se derrite en la copa.

Quizá por eso resulte tan interesante que ambos mundos formen parte de la misma experiencia.

Vuelve a pasar una bandeja. Cogemos algo y la atención se divide entre el gusto y el oído. El porcentaje que dedicamos a cada uno dependerá de la calidad del catering o de lo interesante de la conversación. Nos ofrecen una copa de champagne. Un pequeño gesto. Cambio de personas. Todo sigue en movimiento. Algunos cuerpos tienen un comportamiento curioso: rotan, dejándose ver pero sin interactuar con el entorno.

Al final, un cóctel es una pequeña órbita gastronómica en la que nos encontramos, celebramos y nos movemos alrededor de los demás. 

La física del cóctel es muy sencilla.

 

 

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