Cuando Lila insistió en que fuera a probar su nuevo Balandret, la rechacé tres veces. No hablaba yo, sino mis prejuicios. No terminaba de creerme aquel «de verdad, que está muy bien».
Pesaban demasiado las imágenes de guiris color gamba cenando paella mixta, regada con sangría, rodeados de compatriotas posando para el selfie de turno. Pero después de su órdago en Maremar, de habernos convencido de que la playa de Pinedo volvía a merecer la pena y de recuperar con garantías el combo paella más vistas al mar, Lila se ha ganado mi confianza. Además de mi admiración eterna.
Pasear por el Paseo de Neptuno provoca una mezcla de nostalgia y, por qué no decirlo, tristeza. La tristeza de recorrer el corazón del mayor regalo que los valencianos hemos terminado cediendo a los turistas: el «vamos a comer a la playa, va!».
Una frase que condensa buena parte de nuestro carácter. La espontaneidad del pensat i fet, el puro hedonismo de convertir cualquier ocurrencia disfrutona en un plan y la fortuna de tener la playa lo bastante cerca del centro como para que esa idea pronunciada a las 13:00 termine media hora después alrededor de una paella.
La escuchábamos de pequeños en boca de nuestros padres y abuelos. Después venían la alegría, el arroz y una sobremesa infinita en La Marcelina, La Pepica, L’Estimat o cualquier otro de aquellos restaurantes donde los niños hacíamos experimentos mezclando mil bebidas en copas «de mayores».
Todo eso parece pertenecer a una Valencia que ya no existe.
Ahora hay tiendas de recuerdos, locales de shisha y restaurantes donde se sirve tartar de salmón con aguacate mientras una violinista electrónica toca bajo luces de neón. Y mientras atraviesas el esperpento aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo hace que no venía por aquí?
Y otra todavía peor: ¿Cuándo nos echaron de nuestra playa?
Cuando Lila y Miguel Ángel recibieron Balandret como parte del relevo generacional de la familia, se hicieron una pregunta parecida. «El valenciano hace mucho tiempo que renegó de aquí», reconoce ella. Su respuesta fue contundente: recuperar el restaurante para Valencia.
No reabrir otro sitio para turistas, sino construir un lugar al que los valencianos quisiéramos volver. Que la herramienta para conseguirlo lleve la valencianización del nombre del barco más reconocible de nuestro pintor más popular (el balandrito de Sorolla) tiene algo de justicia poética.
La propuesta gastronómica ya no es una sorpresa, sino la confirmación de que las cosas bien hechas se han convertido en marca de la casa.
Con los entrantes continúa el glosario al que nos tiene acostumbrados Lila: gambas de buen calibre hervidas (que si son buenas, se hierven, no lo digo yo, lo dicen los amigos expertos que pujan por ellas en el Pòsit de Dénia) su ensaladilla fina con quisquilla y unas almejas de carril en salsa con las que te faltará pan. Todo ello acompañado por una amplia colección de tapas bien resueltas, sin que el despliegue distraiga del verdadero protagonista.



Y en el apartado de los arroces, la valenciana es un nueve de manual: arroz Albufera, garrofó fresco pintat, bajoqueta, alcachofa, pato, pollo de corral, conejo y caracoles. Hermana directa de la de Maremar, con sabor profundo, personalidad reconocible y el grano perfectamente cocinado.
Lila lo explica de forma mucho más sencilla: “puedes poner mucho pescado, mucho marisco y mucha brasa, pero el arroz es el arroz”. Y estamos en Valencia jugando la partida de recuperar la playa. Antes de cualquier otra cosa, hay que clavar los arroces.

No solo la valenciana. El arroz de gamba roja y sobre todo el de pescado salvaje merece capítulo aparte, el punto del pescado y las gambas es perfecto y el caldo bien trabajado justifican por sí solos que vuelvas más a menudo.
Además de lo que aparece en el plato, hay que hablar de lo que hay (y de lo que habrá) en las copas.
A Lila le gusta el vino. Mucho. Es una apasionada profesional y buena aficionada, y si esa obsesión ya se percibía en Maremar, también se nota en Balandret.

Las riendas de la sala y la bodega las sigue llevando Ramón, un mestre old school de esos con los que apetece hablar, escuchar y aprender. La selección actual ya tiene muy buena pinta, pero la ambición es alcanzar entre 700 y 800 referencias y dar forma a una propuesta generosa de vinos por copas.
Cuanto más vayamos, más vino habrá. Así que también es nuestra responsabilidad.
Y después está el local. Algo que en otros restaurantes puede ser accesorio o simplemente el envoltorio, pero que aquí forma parte nuclear de la propuesta.
Recomiendo entrar por la puerta «trasera», que es, en realidad, la principal.
Los valencianos por el parking; los guiris, por la playa. Así ha sido y así será siempre.
Y quizá sea mejor de esta manera, porque el efecto sorpresa es todavía mayor. Vienes del parking destartalado de Las Arenas y, de repente, entras en una sala que podría pertenecer a cualquiera de las grandes arrocerías del centro. Solo que, al levantar la mirada, el mar continúa ahí, en ese paseo que parece haber olvidado a quienes viven en la ciudad.
En el amplio pasillo de acceso te recibe una zona infantil acristalada, cómoda y perfectamente acondicionada, con animación de 13:00 a 17:30 horas durante los fines de semana y festivos. «Y si se alarga la sobremesa, pues se quedan más», explica Lila.
Qué bueno que quienes gestionan restaurantes sean también madres y padres y apliquen a sus clientes aquello que ellos mismos agradecerían encontrar: la posibilidad de comer, tomar una copa y alargar la sobremesa mientras los niños también disfrutan.
Porque el turista come y continúa rápido su álbum coleccionable de selfies. En Valencia se hace sobremesa.
Y esa diferencia, que parece pequeña, explica de alguna manera cómo fuimos perdiendo el Paseo de Neptuno. Durante años ha resultado más rentable servir deprisa una paella irrelevante a quien no iba a volver, que cuidar a un cliente local dispuesto a regresar durante décadas. Balandret propone exactamente lo contrario.
«Este sitio es para que el local vuelva a recuperar el paseo», dice Lila. Quiere que el valenciano entre recomendado por otro valenciano; si el turista ve a gente de aquí, piensa que allí debe de estar pasando algo. Que volvamos a pronunciar sin nostalgia aquello de «vamos a comer a la playa, va».
Tiene buenos planes en la cabeza para el Balandret porque en realidad, todavía no se ha producido la gran reforma. Hasta el momento se ha renovado el mobiliario, la pintura y la decoración y alguna intervención menor, pero el cambio de atmósfera se palpa nada más entrar. La sala ha quedado amplia, elegante y luminosa; los materiales están bien elegidos, las sillas invitan a alargar la comida y las mesas se visten reivindicando que también se puede mirar al mar en Neptuno sin renunciar a cierta liturgia de mesa.

Más adelante llegará una segunda fase con reservados, vinoteca, una nueva barra y una vitrina de pescado desde la que comer producto prácticamente mirando al Mediterráneo. Pero lo que ya existe es suficiente para comprender la nueva vida de Balandret.
La experiencia en mesa ya se encuentra a la altura de las grandes arrocerías del centro. Un nivel que, mirando al mar, solo Toni y sus Carmelas habían defendido con verdadera constancia durante los últimos años.
La sorpresa aquí no es descubrir una buena paella, es volver a comer una gran paella frente al mar, en Las Arenas, y sentir que quizá aquel paseo que dábamos por perdido todavía puede volver a ser nuestro.
Balandret es, por ahora, la mejor excusa para intentarlo.