Qué se cuece

FIESTAS QUE SE COMEN

Castellón confirma su despertar gastronómico en La Magdalena

Hay fiestas que se celebran y otras que también se comen. Castellón pertenece a esa segunda categoría.

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Hay un momento en el que una fiesta deja de ser solo lo que siempre ha sido. No desaparece nada —la pólvora, la música, la calle—, pero algo nuevo empieza a ocupar su lugar con naturalidad. En Castellón, ese momento ha llegado a través de la cocina. La Magdalena 2026 ha confirmado lo que en la edición anterior ya se intuía: el Espacio Gastronómico ya no es un complemento, sino una de las formas más precisas de entender la fiesta y el lugar de encuentro para los que valoran la gastronomía.

Durante nueve días, la plaza se ha convertido en un retrato gastronómico de la provincia: 17 conceptos de restauración y una idea común —llevar la cocina de algunos de los cocineros más interesantes de la provincia al formato callejero— sin mantel, sin distancia y con esencia.

Aquí conviven proyectos consolidados como La Barra de Miguel Barrera (Cal Paradís, en La Vall d’Alba ) y Vermuda (de Atalaya en Alcossebre) ambos con estrella Michelín con otros más jóvenes como Se Me Cae la Brava (de Nadiu en Vinaròs) y Barriga (Castellón). Todos ellos suman una oferta de platos pensados para comerse de pie con técnicas que no siempre nacieron para ese contexto, y una conversación constante entre tradición y cocina contemporánea: el chimo de sepia de Barriga, los tacos de Los Chamacos, las gyozas de pato de Pedro Salas, la empanada de callos de El Corral, la bombeta de Vermuda, el tombet de Miguel Barrera, el brioche de pollo de Santa Rita, el tartar de Nakama, las croquetas de Vicio, las bravas de Nadiu, las derrotas de Sabor a Colombia,  las tartas de Keik, los dulces de Mamma Luisa el nuevo o el puesto de carajillos.

 

Cuando el público también decide

Uno de los gestos que habla del crecimiento del Mercado Gastronómico es la implicación del sector gastronómico. En esta edición, el presidente de la Academia de Gastronomía de la Comunidad Valenciana participó en la entrega de premios que reconocen algunos de los platos y propuestas más destacadas de las fiestas.

El jurado profesional distinguió el tartar de vaca madurada de Nakama (Castellón) como mejor plato, un reconocimiento a la precisión técnica y a la calidad de la materia prima en un formato aparentemente informal. El público, sin embargo, habló claro: la croqueta de rabo de ternera y kimchi de Vicio de Croquetas fue el plato más vendido en esta Magdalena.

Y entre ambos mundos —el de la técnica y el del gusto popular— se situó el premio a mejor concepto gastronómico, que recayó en la Barra de Miguel Barrera. Un reconocimiento que tiene algo de simbólico: Barrera lleva años demostrando que la alta cocina también puede dialogar con la sencillez.

 

Una cita con el talento

Pero si el Espacio ha terminado de consolidarse este año es por algo más que los puestos. El escenario gastronómico se ha convertido en un pequeño laboratorio donde los cocineros explican lo que hacen y, sobre todo, por qué lo hacen. Todo con el objetivo de defender una despensa magnífica accesible gracias al Mercat Central de Castelló.

Hubo momentos que condensaban perfectamente esa idea. Los snacks del restaurante con un Sol Repsol, Anhelo (Castellón) que juegan con los límites entre lo dulce y lo salado, dialogaron con los vinos de Víctor Bellmunt en una demostración donde técnica y sensibilidad caminaban juntas para demostrar la cultura castellonense. También para reivindicar el costumbrismo con Pedro Salas, de Arre (Castelló), quien llevó al escenario los actos cotidianos del el almuerzo valenciano y del ritual de la paella, elevándolo a categoría gastronómica sin perder su esencia.

En cuanto al mar, Marc Martorell, desde Nadiu (Vinaròs), hizo algo aparentemente sencillo: explicar al público las diferencias entre el langostino de Vinaròs y el langostino café que llega desde lejos a nuestras costas. Un gesto pequeño que, en realidad, resume buena parte del discurso gastronómico actual: volver a mirar el producto. Y en esta línea, se presentaba la nueva etapa de Boga Tasca, por Héctor Cabello con un pargo de nuestro mar madurado, apuntaba a renovación y continuidad dentro de la escena local.

 

Hubo también lugar para mirar atrás. Alejandra Herrador, desde el restaurante con Estrella Michelín, Atalaya (Alcossebre), recuperó algunas recetas de los inicios del restaurante, recordando que toda evolución gastronómica nace de una memoria y como esos comienzos los plasman ahora en su concepto fusión Vermuda. En clave viajera, Andrés Salas de Viento Azteca (Castellón) presentó el nuevo menú que combina las cocinas del mundo con una propuesta innovadora de cocina nómada. El cierre lo puso la coctelería de autor de Absentia (Castellón), con Alain Possiel, que transformó el escenario en una barra de cocina líquida.

Durante nueve días, el Espacio Gastronómico ha mantenido un flujo constante de visitantes. No solo personas interesadas en la gastronomía, retauradores y miembros de la Academia de Gastronomía de la Comunidad Valenciana, sino también vecinos que encontraban allí una forma distinta de vivir las fiestas. Eso dice mucho del momento que atraviesa Castellón. La ciudad —y su provincia— lleva años generando talento culinario, pero pocas veces ese talento había encontrado un escaparate tan directo para el público. La Magdalena sigue siendo pólvora, música y calle. Pero cada vez es también una fiesta que se cocina y que empieza a entenderse mejor a través de sus platos.

 

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