Podría parecer que lo que sucedió hace una década, y comenzó un par de años antes, tan solo fue un lance entre lo jocoso, lo colectivo, lo reivindicativo. Una paella en el lenguaje de los emojis. Aquello tuvo más trasfondo. Y diez años más tarde acumula la virtud de aquellas boyas que se sumergen en un tiempo pasado y una vez las recogemos nos lo cuentan todo de lo que fuimos.
El emoji de la paella es el testimonio de una sociedad, la valenciana, la de aquel momento, con la emancipación y la ligereza suficiente como para subirse al carro de una ocurrencia que iba a hacer comunidad como pocas cosas. También es testigo de una sociedad, la mundial, por entonces imbuida de un internet optimista, en sus últimos coletazos antes de convertirse en un todos contra todos de difícil digestión.
Y esa boya, con esta forma 🥘 a la que solo le queda sonreír, es un acuse de recibo de un momento en el que València pasó de repetirse que en la ciudad no podía comerse una paella digna, hasta llegar a un marco, el actual, donde la cantidad de buenas paellas populares va en aumento, mientras crece la competición por la excelencia.
“Estamos en el mejor momento para la paella”, adelanta Guillermo Navarro. Hace diez años estaba en el epicentro de la operación, presidente de Wikipaella y uno de los artífices de la campaña para Arroz La Fallera. Hoy, también como director de estrategia de la agencia WAY, recuerda que todo surgió de una gamberrada: “un grupo de colegas valencianos viviendo en Madrid, que nos reuníamos los viernes denunciando los atropellos de las paellas, comiendo con valencianos ilustres. Y allí, como somos un grupo de publicitarios, se nos ocurre: ‘Hostia, debería haber un emoji de la paella’. En aquel momento dijimos: ‘Esto está muy bien, pero es muy grande, está muy lejos’. Y se aparca. Ante una gala de Wikipaella, peloteando sobre qué podíamos hacer, volvió a surgir: ‘Es que debería haber un emoji de la paella’. Y ahí dijimos: ‘Nosotros esto ya lo pensamos hace un par de años. Podemos lanzarlo como un globo sonda’”.
En esa gala estaba presente José Andrés, quien les convence de la viabilidad y se lo lleva a Estados Unidos como un archivo en su carpeta diplomática. La misión tomaría entonces el cuerpo de campaña para La Fallera y, durante dos años, esa especie de reto de un pueblo en busca del reconocimiento de su paella se convierte en jugada redonda. Eugeni Alemany, de talento innato para capilarizar socialmente, resulta un transmisor perfecto.

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El hambre y las ganas de comer se encontraron en un instante (recordemos, en el entorno de 2014) en el que València, arrastrando una crisis reputacional severa, busca motivos para ejercitarse como colectividad. Aquel internet constructivo resultaría un suelo fértil. Pocas veces se estudia la importancia del contexto digital sobre las sociedades, pero en ese estudio este caso merece capítulo único. “El internet de entonces era un lugar en el que pasaban estas cosas. Era un internet hiperconstructivo, que estaba descubriendo. Y la paella es un elemento que nos pone a todos de acuerdo, que nos hace reír, que es positivo, que nos convence. Todos socializamos alrededor de una paella”.
Hay un consenso amplio que de 2016 a 2026 la paella ha mejorado en su consideración, más allá de cuitas y memes. Es la franja de tiempo en que, como reacción a una realidad demasiado homogeneizada, infinidad de comunidades culturales se han abrazado a la raíz para sentir algo propio. De la música a la gastronomía.
La paella no es un plato que sale de una cocina, sino que sale de una casa
“Hace diez años despreciábamos lo nuestro. Nos parecían más interesantes las hamburguesas, las pizzas, la comida deconstruida, las escenificaciones y la alta gastronomía. Todo eso estaba bien, pero no se valoraba la parte de producto, la raíz y la dimensión cultural que ahora se han puesto de moda”, sintetiza Navarro. “Teníamos un producto que solo necesitaba esperar a que la tendencia lo pusiera en el centro. La paella no es un plato que sale de una cocina, sino que sale de una casa. La paella forma parte de lo que eres”.

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A ese cambio perceptivo ha contribuido un cambio generacional deseoso de convertir aquello que se daba por hecho, que siempre estuvo ahí, en un motivo de orgullo familiar, un estímulo para el progreso. “Cuando nosotros aparecimos estaban los maestros, los padres de la paella: restauradores que la habían puesto en un mapa determinado. El relevo generacional ha incorporado técnicas gastronómicas, cuidado en la experiencia, inquietud y curiosidad por saber qué hay detrás de las cosas. Van apareciendo figuras que elevan el universo de la paella. El momento que se está viviendo ahora es el mejor momento histórico. Ya puedes recibir una experiencia al más alto nivel gastronómico alrededor de una paella”.
El emoji no catapultó todo esto, sino que leyó mejor que nadie el deseo valenciano de reescribirse, usando formas nuevas sin dejar de ser lo de siempre. Tal vez, después de esos diez años, es ahora internet el que necesita incorporar el espíritu colectivo de la paella a su cultura individualista y bronca.