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así me convertí en setera dominguera

Hacer setas

Ese tierno cuñadismo que envuelve a la actividad micológica

Por | 04/10/2019 | 5 min, 54 seg

El otro día fui a hacer setas. Empezando por la expresión, de dudosa sintaxis, lo cierto es que todo resulta sospechoso en esto de recolectar hongos.

Vas al bar del pueblo, un hermoso pueblo del maestrazgo, y pides un café con leche. Le comentas al mesero, que lleva ropa de 1967: 

- Parece que con lo que ha llovido va a ser buen año de setas.

Y se le pone cara de finalista del campeonato internacional de Póker Stars. Y tarda un rato en contestar:

- Se dice que alguna hay por ahí, por el monte wehsjrufte, allá arriba del ajsdijdbag. Se dice, ojo,  que yo no lo sé.

Y un parroquiano comenta:

A mí me han dicho que más lejos, que tirando pa dgjndralejos.

Ríete tú de los medios de desinformación de Corea del norte.

El setero es silencioso como un ciervo. Cualquier pastor, cualquier montañero saludaría. el setero nunca. 

Sales de allí y te diriges con cierta nocturnidad hacia el monte, aunque sean las 9 de la mañana. Te cruzas con algún coche, y todos sus ocupantes te observan al pasar, giran el cuello lentamente como en una película polaca de autor. Caras sombrías de psicópata tempranero que te escudriñan como si fueras tú el psicópata.

Algún coche aparcado, camuflado entre los árboles, generalmente una furgoneta Renault, tipo Kangoo pero del modelo antiguo, traqueteada.

Y recuerdas algunos planos de David Lynch.

En el camino, te cruzas con uno que regresa andando y al verte, esconde una bolsa con su cuerpo.

No sabes si es el café, pero empiezas a sentir culebras corretear por tu estómago.

Sin embargo, te adentras en el monte como Heidi, contenta y con el ánimo arrebolado. Respiras verde, escupes ciudad. Te sientes diminutamente bien bajo ese cielo, entre esos árboles.

De pronto, oyes moverse una rama.

El setero es silencioso como un ciervo. Cualquier pastor, cualquier montañero saludaría. El setero nunca. El setero no delata su presencia, aunque esté a dos árboles de ti, aunque puedas oír  su respiración entre la maleza.

No es un dominguero cualquiera, sino uno que se cree avispado: es el cuñado de todos los domingueros.

Lo ves avanzar, inocente, con su cesta de Caperucita, empuñando su navajita afilá. Y piensas que todo lo terrible vendrá disfrazado de candor.

Intentas entenderlo. Va, un poco lo entiendes. Para algo gratis que da la naturaleza, que no hay que sembrar ni trabajar, que crece como setas y además se vende como setas, a buen precio, cómo no va resultar tentador.

La forma fálica ayuda, piensas. Imaginas al setero tocando el pie del hongo, rodeando firmemente con sus dedos el anillo, oliendo el himenio.

Siempre te pareció que los gnomos tenían un lado siniestro. Que todo lo pervertido posee algo inmaduro, algo que no ha terminado de crecer.

Te adentras entre encinas, entre pinos. Tras un rato escuchando el sonido de los pájaros, empiezas a disfrutar, la vista se agudiza, tu ojo ya distingue más de 20 tonalidades del naranja, y salta jubiloso al encontrar la adecuada, la recompensa, el rebollón, que es una pepita de oro, el cromo preferido de tu infancia, el palito del polo con premio. Que te produce una alegría primitiva.

Y sabes que ya eres adicta, no importa lo demás.

Te acabas de convertir en setera dominguera, aunque lo niegues.

Porque lo niegas, lo mismo que no eres turista sino viajera, tampoco eres setera dominguera sino montañera en perfecta sintonía con la naturaleza que aprovecha el fruto de la madre tierra.

Hay indicios que apuntan que en la prehistoria ya comíamos setas. Los antiguos egipcios, tan hiperbólicos ellos, las consideraban alimento de dioses, otorgaban inmortalidad a quienes las consumían. Y para no compartir ese privilegio, muchos faraones las prohibieron. 

Los griegos comían setas. El pobre Eurípides fue el primero en describir las intoxicaciones por su consumo: se le murieron tres de sus hijos y una de sus mujeres por intoxicación de Amanitas.

Igual suerte corrió el emperador Claudio, y el papa Clemente VII, y la princesa de Conti.

Pero en la Edad Media vino sin duda lo peor. Las setas se convirtieron en criaturas del Diablo.

En Salem, en 1692, aparecieron varias niñas con extraños síntomas, con espasmos y alucinaciones. La ciudad se dio a la histeria colectiva y con la excusa de la brujería, con la religión y el puritanismo como coartada, acusaron  a más de 100 vecinos y ejecutaron a 20. Se sospecha que las niñas simplemente habían comido cornezuelo del centeno, un hongo alucinógeno que se mezclaba a veces con la harina y que producía alucinaciones y trastornos mentales.  

Y es que parte de la fascinación que producen las setas radica en su peligro, parece que disfrutar de no morir realza su sabor. Aunque algunos no crean de verdad que son peligrosas.

parte de la fascinación que producen las setas radica en su peligro, parece que disfrutar de no morir realza su sabor

Leí en la prensa que un vecino de Fuentes de León, José Manuel Hidalgo Recio, durante unas jornadas micológicas, se enzarzó en una discusión con sus vecinos sobre la capacidad letal de una amanita phalloide que estaba allí expuesta junto con un cartel que alertaba de su peligro. Un testigo presencial explicó que, en un momento de la discusión, Hidalgo Recio agarró de pronto la seta y, para probar que no era venenosa, le dio un bocado que le arrancó medio sombrero. Comenzó a masticarla ante el estupor de sus vecinos que le pedían  que la escupiera, que no se la tragara, que se iba a matar. No solo no les hizo casi sino que dio un segundo bocado y se tragó lo que quedaba del sombrero.

Cuando  llegó la ambulancia, Hidalgo Recio mostraba claros signos de embriaguez pero seguía manteniendo que la seta no era mortal y que ya se vería quién tenía la razón. En el hospital, se le hinchó todo el cuerpo, se puso amarillo y no paraba de vomitar. Tras dos días ingresado en la UCI, lo subieron a planta, con el hígado hecho un cristo, y las transaminasas por las nubes.

Al final, eso sí, el recio hidalgo tuvo razón y no murió.

Encomiadas o  detestadas,  profanas o mágicas, podredumbre de humedad y umbría o fruto maravilloso de la tierra, lo cierto es que están buenísimas. 

En mi aventura del otro día, me encontré un hongo precioso, blanco y delicado como una flor, que había crecido sobre una inmensa boñiga de vaca. Me pareció un resumen perfecto, aunque aún no sé bien de qué.

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