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SILLÓN OREJERO  

'Hitler's kokain': en busca de la farlopa del 'Führer'

El Víbora publicó en 1988 la historieta completa de La cocaína de Hitler de Rand Holmes, uno de los autores de cómic underground más destacados de Canadá. En la historia, unos primos hippies iban en búsqueda de un cargamento de cocaína que se le extravió al Führer. El tebeo se dibujó en condiciones precarias. Holmes lo había dejado todo y se había ido a vivir a una isla donde solo habitaban unos pocos granjeros y hippies. Sin red eléctrica y sufriendo redadas de en helicóptero de la policía en busca de marihuana, dibujó un álbum que, paradójicamente, fue un éxito de ventas en Alemania, lo que le permitió subsistir en su isla

5/02/2018 - 

VALÈNCIA. El Canal Historia o Canal Hitler, como usted prefiera, ha llegado a unos niveles de sensacionalismo que caí en la cuenta recientemente de que supera en carrusel de emociones lo que aportaba la contracultura en los 70 y 80. Un ejemplo paradigmático sería el documental sobre el médico de Hitler en el que nos pintaron al führer metiéndose por la vena heces de soldados -para solucionar sus problemas estomacales- y semen de toro -para rendir en la cama- un curioso speedball que aderezaba colocándose sanguijuelas en las sienes para quitarse la migraña.

Actualmente, Norman Ohler, novelista e historiador, ha publicado el best seller El gran delirio. Hitler, drogas y el Tercer Reich (Crítica, 2016). En sus páginas revela que Hitler se pinchaba cocaína en vena, que es algo que se puede hacer con solo diluirla en agua, y se la bajaba con Eukodal, un opiáceo. Para no quedarse pocho, también se inyectaba vitaminas e hígado de cerdo para estimular el sistema inmunológico.

Si hacemos el cuadro completo, un viernes noche para Hitler podría ser colocarse las sanguijuelas en la cabeza y alternar chutes de hígado de cerdo, semen de toro, heces humanas y algo de cocaína, suponemos, por el qué dirán. Hubo muchos desfases en el cómic underground de los 70 y 80, pero ninguno llegó a esto.

No obstante, a un dibujante canadiense, Rand Holmes, estas historias llamaron su atención hace cuarenta años. Así nació Hitler´s Kokain, dando por hecho ya lo que nos ha revelado últimamente, que el Führer se ponía. Las historietas de este autor eran como el hijo perfecto del underground americano. Su dibujo se parecía al de Robert Crumb y su narrativa a la de Gilbert Shelton. Las temáticas eran siempre sátiras políticas, sociales o de la ficción de la época.

Dibujaba a las mujeres atractivas y con enormes senos, pero tenía historietas donde ridiculizaba el machismo heteruzo. Por ejemplo, Carne Cruda, que se publicó en España en El Víbora en 1982 y en Comix Internacional en 1985, relataba una cita que terminaba con encuentro sexual donde el hombre se pensaba que había pegado la gran triunfada con una mujer ardiente y alcohólica -sí, entre sus cualidades citaba que "empina el codo de mala manera"- pero luego era una argucia para entregarle como alimento a un perro monstruoso que tenía en casa. Un don Juan burlado.

También se mofó de la ciencia ficción, el género en auge en aquel tiempo, con historietas tituladas Las putas de las galaxias (Star Whores), por ejemplo. En una de ellas que publicó en Totem en 1978, Planeta Letal, dibujó el naufragio en un pantano de nave con una tripulación en el que las mujeres iban borrachas y había un diplomático que era un batracio. En ese planeta, el tejesueños planteaba espejismos con los deseos de los astronautas, todos eran tirarse a la alcohólica.

O Spacemen go home, que aquí se publicó en Zona 84 en el 86. De nuevo una sátira sobre la ciencia ficción en la que astronautas podían, con un aparato, generar la realidad en la que querían habitar. Por supuesto, siempre llena de mujeres. Con el problema de que ellos también eran una creación del aparato, que se había estropeado. En la línea de los androides de las ovejas eléctricas y Blade Runner.

Su gran personaje, Harold Hedd, empezó apareciendo en el The Georgia Straight, un diario underground de Vancouver. Según comixjoint, el personaje se convirtió en el ídolo de la contracultura de la muy inquieta ciudad de la costa este canadiense. Harold y Elmo, primos, se enfrentaban al alcalde de la ciudad, Tom Campbell, que había declarado la guerra a los hippies y, entretanto, corrían aventuras como la que nos ocupa. Es difícil olvidar una de ellas, que está en el segundo número americano de la pareja, en el que Harold se despierta empalmado y, como por este motivo no puede orinar en la taza, lo hace en el lavabo en perfecta sintonía geométrica con el baño.

La historia del dibujante es curiosa. Siempre mantuvo su base en Canadá, aunque hizo alguna incursión en la meca hippie de San Francisco, donde le publicaron un álbum de su personaje. Ante el declive de los suyos, en 1982, con la llegada de la sofisticada nueva década, realizó el sueño hippie cogiendo al toro por los cuernos: se escapó una isla y se fue a vivir allí, a dibujar en libertad y vivir de los productos de la tierra.

En la isla de Lasqueti vivían pocas familias de granjeros y unos cuantos hippies que habían emigrado a la naturaleza auténtica. Holmes lo hizo con su pareja, Martha, firmando una hipoteca con el banco a dos años para comprarse la casa. Allí vivieron casi en la pobreza, empleando el coche lo más mínimo para ahorrar en gasolina y trabajando la tierra. Solo les llegó dinero de una aventura comercial, digamos, arriesgada. Su cómic Hitler's Kokaine, que se vendió inicialmente en el mercado alemán. Graciosamente, a cosa funcionó en el país ex nazi y con ese dinero fueron tirando en la isla.

Un cómic que fue dibujado sin red eléctrica. Se alumbraban con una lámpara de gas propano. El pobre Holmes se encerró día y noche en una habitación con esa pobre luz para cumplir con las fechas de entrega del cómic. Durante su reclusión, aparte del ruido que metía la lámpara, tuvo que soportar el de los helicópteros por las continuas redadas policiales que se produjeron esos días en busca de marihuana.

En el libro The Artist Himself: A Rand Holmes Retrospective se cuenta que un día se le cayó la tinta encima de la portada, que llevaba días dibujándola, y Martha, su pareja, señala que Rand solo había llorado dos veces en su vida y esa fue la segunda. Le empezaron a llegar cartas rogándole que se tomara unas birras -por cierto, logró hacer cerveza artesana y eso le hizo sentir por fin del todo autosuficiente- y la enviara de una vez, solo, le pedían, tenía que dibujar a Hitler esnifando y una mujer con grandes pechos. Esto, como es sabido, ha sido durante años el injustificado pero eficaz reclamo del cómic underground.

La cocaína de Hitler fue un éxito en Alemania y pronto una empresa barcelonesa se hizo con sus derechos: El Víbora. Así llegó a España por 250 pesetas esta magna obra. La paradoja es que si funcionó en Alemania con Hitler en el título, en Estados Unidos tuvo problemas por llevar la palabra "cocaína". La distribuidora, que se dedicaba también a la distribución de material pornográfico, no lo vio adecuado y se quedó sin difusión.

La historia, de todos modos, era fantástica. Un piloto alemán había sido detenido con depresión por ser enviado a una misión "banal" en lugar de estar peleando en la defensa del Reich. Se le había encargado ir a por 60 kilos de cocaína para Hitler. El abuelo del protagonista era el capitán del barco que hizo prisionero al piloto. Tras su muerte, en su testamento le legaba a su nieto la localización del avión que llevaba la farlopa.

 El viaje que emprendían los primos en busca de la caja con la coca de Hitler es muy parecido a las aventuras de los Freak Brothers o a las de nuestro Makoki. Una epopeya diametralmente opuesta al cómic francobelga. Aquí todo era disparatado, los protagonistas se movían por intereses poco nobles, imperaba el gusto por el sexo y la drogadicción y no estaban exentas de escatología. Su dibujo era deudor y una evolución del de Wallace Wood y Will Eisner, a los que copiaba de adolescente para aprender a dibujar. Un estilo de realismo grotesco con una potencia inigualable para la sátira. Holmes murió en 2002 por la enfermedad de Hodgkin.

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