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ATRACÓN DE PANTALLAS

Ian McKellen por Ian McKellen

En el documental, disponible en Filmin, McKellen: Playing The Part, el actor repasa, frente a la cámara, su biografía, su trayectoria como actor y su lucha contra la homofobia legalizada

20/07/2018 - 

VALÈNCIA. Para el gran público es el mítico Gandalf de El Señor de los Anillos, además de Magento de X-Men. Para los cinéfilos y los amantes del teatro británico se trata de Ricardo III, del trágico Ricardo II y del televisado Macbeth. Para los seriéfilos fue el hilarante personaje de Freddie junto a su amigo Derek Jacobi en Vicious (ITV). Ian McKellen, el actor británico de casi 90 años, capaz de burlarse de sí mismo junto a Ricky Gervais en Extras o de bromear sobre las absurdas supersticiones en el teatro con su cameo en Los Simpson, está detrás de todos estos inolvidables personajes. Pero no solo su magnífica carrera como actor destaca en su biografía. Activista incansable a favor de la comunidad LGTBI, se opuso enérgicamente a la política de Margaret Thatcher en los 80. En el documental de Joe Stephenson, McKellen: Playing The Part, disponible en Filmin, el actor conversa sobre su vida, su carrera, su activismo político y su vejez. Una pieza única que adquirirá mayor valor en un futuro, más aún tras saberse que McKellen ha devuelto el adelanto de 1,2 millones a la editorial que le encargó su biografía. Esta es, por tanto, su única autobiografía conocida.

“Tu deber es llegar al teatro totalmente en forma, tan relajado y despierto como sea posible, habiendo descansado durante el día, al máximo de tus capacidades, físicas y mentales, para que, al salir al escenario lleno de energía, la gente que ha trabajado todo el día diga: ‘¿Cómo lo hacen?’”, explica el actor. “Lo haces porque no has hecho nada, pero ahora sí. Das toda tu energía a la gente que ha trabajado durante el día y que la necesita para reanimar sus almas para el día siguiente. De eso va la interpretación. Así es como contribuye a la sociedad”.

La obra comienza trazando sus pasos desde su infancia en Wigan, un pueblo minero en el noroeste de Inglaterra. “La primera vez que subí a un escenario fue con mi madre y mi padre. Mi madre hacía teatro amateur”, explica. Su predilección por la interpretación le viene desde entonces. “Actuar es una actividad profundamente humana”, analiza. “Un hombre representa diversos papeles en su vida”. La actuación fue además un refugio. “En la escuela usaba un acento distinto al de casa para encajar”, cuenta. Para las chicas de su edad, Ian era el chico al que le encantaba el teatro. “Nunca eres tú mismo, eres una parte de ti”.

McKellen no expresó abiertamente su homosexualidad hasta que no se lanzó al activismo político con casi 50 años. “Supongo que el hecho de que no se hablara de ello, y de que yo no hablara de ello, significaba que no me estaba desarrollando de una manera muy sana. Quizá una de las razones por las que me encantaba actuar era que podía lidiar con las emociones y expresarme públicamente, cosa que no podía hacer en la vida real”, reflexiona.

Ian McKellen caracterizándose para el personaje de Ricardo II en el teatro

Conocemos a través de esta pieza su paso por la Universidad de Cambridge y su prestigiosa trayectoria como actor teatral, ya profesional, en la Royal Shakespeare Company. Después llegaría la fundación, junto a Edward Petherbridge, de la Actors Company, una compañía teatral pionera. La Actors Company funcionaba como una especie de comuna teatral en la que los miembros del reparto elegían la obra y al director en cada temporada teatral y no al revés.

Ian el activista 

Su gran interpretación de la vida real llegó en 1988, año en el que salió del armario en respuesta al Gobierno de Margaret Thatcher. “Lo que abrió los ojos fue el SIDA”, nos cuenta. “Los que tuvimos la suerte de no tener el virus, sentimos que teníamos que hacer algo. Nos pusimos a trabajar para reunir dinero para el centro que estaba construyendo”. Fue entonces cuando una amiga suyo, Carol Woddis, le habló de las medidas que estaba valorando el Gobierno. “Me preguntó si conocía el artículo 28. El artículo 28 era una leyecita malintencionada que se presentó como proyecto de ley, pero que fue adoptada por el gobierno conservador”.

El documental nos muestra entonces a Margaret Thatcher hablando por televisión: “Los niños, que necesitan aprender a respetar los valores morales tradicionales, están por el contrario aprendiendo que tienen un derecho inalienable a ser homosexuales. A todos los niños se les está robando un comienzo sano en la vida. Sí, robando”, decía en el debate. “Las autoridades locales no podían promover la homosexualidad. Una frase rara porque no se puede promover la sexualidad. Lo que quería decir es que era un tema del que no se podía hablar. Y menos en las escuelas”, explica McKellen.

Fue entonces cuando McKellen decidió salir del armario en un debate de la BBC, pronunciándose en contra del Artículo 28. En el programa la preguntaban sobre ello.” Creo que es ofensivo para cualquiera que, como yo, sea homosexual. A parte de todo, eso de qué se puede enseñar y qué no a los niños…”.

Sin embargo, la ley se aprobó. “Era una nueva ley claramente antigay”, explica el actor. “No me he enfadado por muchas cosas en mi vida, pero por esto sí. Pero fue un enfado fructífero porque fue un estímulo para usar mis métodos de comunicación, mis habilidades y mi fama para luchar”. A partir de ese momento, McKellen se dedicó de lleno a la lucha por los derechos del colectivo LGTB. “Me junté con otros amigos, como Michael Cashman, para evitar que algo así volviera a pasar”. Crearon un lobby profesional con el que mantener su lucha contra la homofobia legalizada. Una reivindicación que todavía continúa. “Medio Hollywood es gay, pero no se refleja en sus películas”, se quejaba este último mes en una entrevista reciente.

“Creo que los que no tenemos hijos tenemos la necesidad de sentir que parte de nuestras vidas es para las siguientes generaciones”, reflexiona al final del documental. “Intenté cambiar el mundo, hacerlo mejor. Si pudiera ayudar a alguien y divulgar algo, mi vida no sería en vano”, remata como colofón. Imposible no adorarle.


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