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crítica de cine

'Infiltrados en el KKKland': Un panfleto adictivo

2/11/2018 - 

VALÈNCIA. Spike Lee ha decidido volver a ser Spike Lee, es decir, se ha propuesto recuperar el trono como rey del activismo afroamericano dentro del sistema de Hollywood que había dejado vacante. Llevaba unas décadas adormecido. También un poco domesticado. Desde su última gran película, La última noche (2002) se había embarcado con demasiada frecuencia en proyectos de encargo que no tenían demasiado que ver con él, incluido el remake americano de la película coreana de culto Old Boy, de Park Chan-wook. 

Sin embargo, el liderazgo de Donald Trump al frente de una Norteamérica de nuevo radicalizada y el nuevo resurgir del Black Power dentro de la industria (precisamente como reacción furibunda contra los nuevos brotes de racismo e intolerancia) con fenómenos desde el mainstream (Black Panther) y el indie (Déjame salir), han reactivado el olfato contestatario y polémico del que fuera el máximo exponente del cine negro norteamericano, casi podríamos decir, su inventor. 

Cuando Spike Lee comenzó a hacer cine en los ochenta, no solo consiguió dar voz a los cineastas afroamericanos a través de una dimensión autoral, sino que también introdujo en sus películas el espíritu de lucha y la reivindicación racial a través de una perspectiva muy crítica y nada cómoda. Ahora vuelve a recuperar el impulso gracias a Infiltrados en el KKKland, un encargo, pero en esta ocasión hecho a su medida, de Jordan Peele (que ejerce como productor) y que está inspirado en la historia real de Ron Stallworth (interpretado por John David Washington, el hijo de Denzel Washington), el primer agente de policía afroamericano que hubo en Colorado Springs que además se atrevió a investigar al Ku Klux Klan infiltrándose en sus filas a través de una rocambolesca operación en la que compartía identidad con un compañero de trabajo, Flip Zimmerman (Adam Driver), que aunque era blanco, también era judío. 

El director sitúa los acontecimientos en los años setenta para hacerlos coincidir con la candidatura de Nixon al poder y así establecer un paralelismo con Donald Trump (ambos contaron con el apoyo del KKK) y de paso dar un salto en el tiempo al final de la película para subrayar su discurso de manera explícita incluyendo imágenes reales de los incidentes ocurridos en Charlottesville, Virginia, el 12 de agosto de 2017, en los que una activista por los derechos civiles, Heather Heyer, murió atropellada por un joven supremacista blanco de ideología nazi. Un documento escalofriante que se completa con las apariciones de David Duke, líder del KKK en los años setenta (en la película encarnado por un fantástico Topher Grace), apoyando en la actualidad a Donald Trump. 

Además de este colofón que no deja lugar a dudas de las intenciones a la hora de comparar pasado y presente, el director también utiliza la propia historia del cine para certificar el racismo que ha permanecido latente en el seno de las grandes producciones de Hollywood. En concreto utiliza dos películas icónicas que le ayudan a construir su discurso: Lo que el viento se llevó (1939), a través de una de sus secuencias más memorables, en la que la cámara, a través de un movimiento de grúa, nos muestra los cadáveres que ha dejado tras de sí la batalla de Atlanta hasta que terminamos viendo en foco la bandera americana y El nacimiento de una nación (1915), de D.W. Griffith en la que básicamente se justifica la creación del Ku Kux Klan y se da una imagen lamentable del pueblo negro. 

El director está dispuesto a jugar con los tópicos y reírse de ellos. Por eso utiliza la estética Blaxplotation y reflexiona sobre ella a través de sus diálogos y de unas imágenes que se sitúan a medio camino entre el homenaje y la parodia. En uno de los momentos de la película, Ron y Patrice Dumas (inspirada, entre otras, en la activista Angela Davis y que en la película está interpretada por Laura Harrier) discuten en torno a la necesidad de generar iconos cinematográficos negros, pero critican que siempre hayan estado relacionados con el lumpen, el crimen y el narcotráfico. Para subsanar este aspecto, Ron es un policía íntegro, aunque en ese momento no fuera bien visto en su propia comunidad. 

Spike Lee no se anda con sutilezas. Infiltrados en el KKKland es una película de trazo grueso a la hora de transmitir su mensaje, quizás porque es la única manera de que nos entre bien a todos en la cabeza. Es una película de combate, maniquea y panfletaria. Pero nadie sabe hacer eso mejor que Spike Lee. El director controla de manera férrea la caricatura, el discurso ideológico, la farsa y el humor negro a través de una narración adictiva y juguetona y una potencia expresiva incuestionable. Por eso, es su mejor película en mucho tiempo, por su capacidad para reinventarse sin perder ni un ápice de la esencia y el compromiso que caracterizó sus inicios. 

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