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el culodet / OPINIÓN

James Joyce en una calle de Patraix

18/01/2020 - 

No se tomen a la ligera el enunciado de la columna. Ni tampoco al pie de la letra. Es pura ficción de la enajenación mental de un aprendiz a novelista. Mejor escribidor. No hay nada mejor que no ser nada. Ni tan siquiera el último de la fila. James Joyce está muerto. Físicamente sí, literariamente no, persiste. Ni tampoco estuvo refrescándose en una terraza de Patraix. Antes de alcanzar el núcleo histórico de ese gran pueblo absorbido por la Gran València, he de decir que conservo gran cantidad de amigos que nacieron allí. No encontré a ninguno. Tampoco me molesté en buscarlos. Se sienten orgullosos de ello. Yo también. En un paseo vespertino caí por aquellos lares escuchando las letras de Andrés Calamaro, ataviado por un tabardillo verde de los pies a la cabeza y con la mochila a cuestas. Me lo propuse caminando, en plan peregrino. Recomiendo una vez en la vida, por salud mental, abrazar a Santiago Apóstol, aunque no sean creyentes, después de haber paseado las piernas por los montes de la estepa leonesa y el bosque verde gallego.

La amigable ciudad de Compostela gratificará la servil aventura a la Calleja con una buena penitencia, un caldo o una empanada, o si lo prefieren un plato de lacón con grelos y a la postre unas filloas. Para digerir la copiosa comida hay que empinarse uno de esos aguardientes, brebajes que llegan a embrujar. Un orujo que cuando te lo cascas la garganta hace las paces con el estómago, superando con creces al bienestar de un placentero y masticable Almax. Yo lo llevo en los genes. En la sangre. Mi madre es gallega, será siempre gallega y dejará este mundo siendo gallega, y mientras viva se hará la gallega. Lo de a la gallega por si no lo saben es un tópico real, lo he mamado desde pequeño ¿mamá qué hay de comer?, hijo baja al Bar Ibiza y compra dos paquetes de tabaco. Ya no fuma. Ni el bar Ibiza sirve cervezas. Un interino almacén de bicis ha sustituido el escaparate de la cervecería de Ángel, y las monedas de doscientas pesetas solo sirven para las máquinas de petacos.

Para llegar a Patraix recorrí desde mi km 0 el camino inverso a la lógica, empezando la ruta desde el final de Peris y Valero. Me interesa, cuando paseo, conocer de primera mano la salud física de mi ciudad. Las posibles fracturas, los procesos gripales, hasta el primer estornudo. Pese a estar continuamente embadurnada de Betadine. Hice un alto en el camino. Rectificar es de sabios. En el pasado critiqué con respeto y educación la naturaleza artificial del belén del Parc Central. Desde dentro lo ves de otra manera. Lo practicas. Lo sudas. Lo había visto de refilón como al cantante de la banda irlandesa U2 paseando por las calles de Reino de València. Ahora de todo corazón. Caminando, no por el oeste, sino por las verdes callejuelas me preguntaba porque tanta insistencia con la ampliación norte del Puerto, si tenemos la casa a medio barrer, por cierto impoluto está el Parc. Creo que València debe cerrar la herida de asta que la partió en dos. Estamos en deuda con ella. Soterrar las vías. Desplazar las estaciones. Desterrar los trenes a la periferia de la periferia. Contamos con Sorolla, aunque sea provisional y venga para quedarse con o sin museo. Que por lo menos mi generación, la del Kronen, lo vea.

Aprovechemos con buen norte el tirón de la AVE para impulsar una renovada estación del AVE, metamos en el barco también la de autobuses. Lo necesitamos. Y ya por pedir, desplazar la extraordinaria y moribunda pinacoteca del Museo de Bellas Artes a los interiores y paredes de la Estación de Demetrio Ribes. La del trencadís. Colgando los cuadros allí lograremos mejor visibilidad interna, mayor presencia externa. Que suelte los duros el nuevo ministro de Cultura o lo que sea…. Y de rebote, sacar a pasear a los indultados ninots de Monteolivete en plan cortejo, en cabalgata para dar honor a los escultores del fuego e instalarlos dónde deben estar, en el Museo de las Bellas Artes. Así le voy dando forma a esa ciudad imaginaria. La mía. Aunque solo sea en mi materia gris y desde el irracional hemisferio de una pasional fantasía.

Regreso de mi imaginación a Patraix, a sus calles. Sigo el camino. Me enfrento al local de la Asociación de Vecinos, que invita a intercambiar incunables e incurables en el umbral de la puerta. Allí está sentado James Joyce, entre otros, partido en dos, como la ciudad, en dos tomos. Ulises. Obra maestra. Imposible de acabar. Difícil de leer. En el trueque entrego la Rosa de Alejandría desprendiéndome de Manolo Vázquez Montalbán que tanto le gustó en una de sus lecturas al maestro José Ricardo March. Continúo mi trayecto hasta las puertas de un hospital para ofrendar a una santa. Me doy cuenta que tal día como hoy, hace 79 años, había fallecido James Joyce. Al subir a la habitación le comento a Carmela, mi madre, la de Santiago, ¡ay! por ti y por Joyce me leo de una vez por todas los dos tomos de Ulises en la edición que sea ¡hasta la de Seix Barral! Me abrazo, besando a mi verdadero Apóstol. He cumplido con mi propósito. A mi manera

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