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crítica de cine

'Jurassic World': El reino caído': espectáculo y emoción con el toque Bayona

8/06/2018 - 

VALÈNCIA. En 1993 Steven Spielberg estrenó su adaptación del best-seller de Michael Crichton, Parque Jurásico, en la que utilizó toda la tecnología y los efectos especiales más novedosos a su alcance para dar vida a un universo prehistórico con el que antes no hubiéramos podido ni soñar. Parque Jurásico se convirtió en un auténtico fenómeno, un gran acontecimiento tanto cinematográfico como sociológico que desató la fiebre de los dinos entre niños y adultos. La escena en la que los protagonistas descubren por primera vez a las criaturas definió a la perfección lo que a partir de ese momento se conocería como “sentido de la maravilla” y todo gracias al genio de su director a la hora de combinar emociones primitivas con un halo de magia y descubrimiento, de experiencia única, hipnótica y reveladora.

Sin embargo, ese hito del cine familiar y de aventuras se fue poco a poco desinflando en las secuelas posteriores, El mundo perdido (1997), de nuevo a cargo de Steven Spielberg y Parque Jurásico III (2001), dirigida por Joe Johnston. Cuando se completó la trilogía, la saga se quedó en el aire después de unos resultados discretos en taquilla. Sin embargo, la idea de seguir explotando los recursos de la franquicia continuaba muy presente en la mente de Spielberg, aunque año tras año se iba posponiendo el asunto ya que los guiones parecían pasar de mano en mano sin terminar de cuajar. Hasta que casi doce años después apareció Colin Trevorrow, un director de cine independiente que acababa de sorprender a todos con una película de culto, Seguridad no garantizada (2012), en la que demostró su originalidad a la hora de abordar un tema tan recurrente como los viajes en el tiempo desde una óptica fresca y diferente. Con su fichaje se intentó conectar el espíritu clásico que habitaba en las anteriores entregas con los nuevos tiempos y un tipo de público que no se dejaba impresionar tan fácilmente.

Aunque muchos consideraron que Jurassic World (2015) no aportaba nada que no hubiéramos visto antes y que tenía un carácter demasiado revisionista y clónico con respecto a la película inicial, lo cierto es que sirvió para volver a situar a los dinosaurios en el mapa y comprobar que todavía no se habían extinguido del todo de la memoria colectiva de los espectadores. La incorporación de Chris Pratt (con un registro similar al empleado en Guardianes de la galaxia) y Bryce Dallas Howard contribuyó a dotar a la nueva entrega de un energético impulso. Ver correr a la actriz en tacones delante de un Tyranosarius Rex, se convirtió incluso en todo un icono feminista.

¿Cómo superar las expectativas en esta ocasión? Había que darle al público lo que esperaba, y al mismo tiempo sorprenderlo con algo diferente. Ese también fue el reto de J.A. Bayona cuando se hizo cargo de esta nueva entrega. Jurassic World: El reino caído tenía que ir un paso más allá y al mismo tiempo reflejar su personalidad como creador sin perder por el camino la identidad del producto.

Reto conseguido

Bayona ha conseguido realizar una película todavía más espectacular, con escenas para el recuerdo (lo cuál no era nada fácil) que están destinadas a incrustarse en la retina de los espectadores gracias a su potencia expresiva y a su capacidad poética.

La película comienza con un nuevo dilema moral: La isla en la que se encuentran los dinosaurios está a punto de desaparecer por la erupción de un volcán. ¿Habría que salvar las especies o dejar que se extinguieran para siempre?

Los personajes de Claire (Bryce Dallas Howard) y Owen (Chris Pratt) volverán a reencontrarse para ayudar al profesor Benjamin Lockwood (James Cromwell) a rescatar algunos especímenes para que todo el esfuerzo de su vida que inició junto a John Hammond (el fallecido Richard Attemborough) no se pierda para siempre. Sin embargo, hay oscuros intereses detrás de esta operación. Su mano derecha, Eli Mills (Rafe Spall) tiene previsto lucrarse vendiendo los animales al mejor postor.

La persecución de los protagonistas con el volcán a punto de estallar, las especies de dinosaurios huyendo desesperadamente para sobrevivir del poder destructor de la naturaleza son buenos ejemplos de la maestría del director a la hora de planificar y resolver momentos de acción realmente virtuosos y vibrantes.

Pero lo que diferencia a Jurassic World: El reino perdido de sus antecesoras es que no toda la trama se desarrolla en el espacio acotado de la isla, sino que se traslada a las estancias y pasillos de una mansión que aporta un contrapunto gótico que nos retrotrae a El orfanato y que sirve para encerrar a los animales y los personajes en un entorno hostil en el que el peligro se multiplica a través de una atmósfera tan opresiva como asfixiante.

Hay varios elementos, además de la mansión gótica, que recuerdan mucho a las anteriores películas del director, como que aparezca una niña Maisie Lockwood (Isabella Sermon) que se convierta en la protagonista inesperada de buena parte de la película. Este personaje infantil se uniría a la ya larga lista de niños que han aparecido a lo largo de la obra de Bayona, desde El orfanato a Lo imposible, pasando por Un monstruo viene a verme.

Precisamente, una de las escenas que más miedo le dieron a Steven Spielberg cuando Bayona le enseñó la planificación con la cámara, tiene lugar en una habitación de juegos donde la pequeña va a esconderse de los monstruos que quieren atacarla, algo que conecta con todos esos miedos atávicos que hemos tenido durante nuestra infancia. 100% Bayona. Y es que el director ha sabido componer un apabullante espectáculo en el que hay cabida para la acción trepidante, la complejidad narrativa y ese toque emocional que tan bien sabe introducir y que eleva la película a un nivel de delicadeza y poesía visual inesperado.


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