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¿un plato sabe mejor si está hecho con amor?

La cocina del amor

La buena digestión también es una cuestión moral

Por | 21/06/2019 | 4 min, 27 seg

Como me acabo de casar, y estoy más rellenita de amor que un susú de crema, que un pavo de Navidad, que un calamar farcit, que un pimiento relleno de arroz nupcial a punto de explotar, he querido plantearme en qué consiste exactamente eso tan manido de la cocina con amor, ese famoso dicho de que un plato sabe mejor si está hecho con amor.

Pero ¿amor líquido o en polvo?, ¿del cultivado en casa o del comprado?, ¿y en qué cantidad?, ¿engorda?, ¿tiene colesterol? , ¿a qué sabe?

Me he pasado mucho tiempo buscando la fórmula matemática del amor, esa ecuación más esquiva que una anguila: deseo por ternura menos soledad, partido por correspondencia... no, así no... deseo por admiración, partido por soledad...así tampoco... hasta rendirme a la evidencia del misterio mismo de la vida, del misterio de las matemáticas para alguien de letras, a la evidencia del altar.

No siempre es fácil reconocer el amor. Hoy en día se confunde con muchas cosas, a veces con una oferta del Carrefour, a veces con un cachorro, a veces con un televisor, a veces con un amuleto, a veces con un souvenir de aparador, a veces con una criptomoneda, a menudo con un espejo.

Me he pasado mucho tiempo buscando la fórmula matemática del amor, esa ecuación más esquiva que una anguila

El otro día escuché al escritor Patricio Pron hablar del amor y decía que esto del amor romántico, a pesar de ser una moda relativamente nueva, se nos estaba quedando desfasado en la era digital.

Andamos perdidos entre la sensiblería y el descreimiento, entre la sublimación y el precipicio, y no hay forma de saber qué diantres es esto del amor, palabra tan abstracta como Dios o Tasa Anual Equivalente.

Así que vayamos a lo concreto y repasemos a bote pronto, por 25 pesetas, formas de amor en la cocina:

Por ejemplo, la higiene. El mismo lema que en las relaciones íntimas, mucho amor y aún más jabón, podríamos aplicarlo a la cocina. Puede que no se aprecie a simple vista, puede que no afecte al sabor del plato pero es un acto de amor librar a los comensales de una diarrea, de una gastroenteritis, de una  intoxicación alimentaria.

Otra forma de amor que me viene es la que tiene que ver con la estética, que tampoco afecta al sabor o sí (a veces se me olvida  que estamos viviendo la desintegración de la realidad)  porque no sabe lo mismo un café con un corazón en rama que con un escupitajo de rabia.

También la interiorización es una forma de querer, gastronómicamente hablando. Y es que, por increíble que parezca, hay cocineros que no prueban los platos que van a ofrecer a sus comensales, que es como pretender que te quieran sin pasar por la casilla de quererte a ti mismo. La autoestima se apuntala probando el punto de sal, esto lo saben los principales criadores y psicólogos. 

Otra forma de amor es la de cocinar por alguna razón que no sea única y exclusivamente ganar dinero. Parece mentira pero llegará un día en que nos reiremos muy fuerte JAJAJA de esa obsesión que tenemos en los últimos siglos por la suprema religión del billete. Y es que, en cuanto el mejor cocinero del mundo encuentra la fórmula de la factoría, deja de ser el mejor cocinero.

Y por supuesto, también son importantes los preliminares, las caricias del mercado, el llevarte en la cesta un guapa, un bonica, junto a unas alcachofas pletóricas y un rabo de toro que se agita de contento.

Y por supuesto, también es amor escribir libros de cocina como el clásico de Simone Ortega, o La cuchara de plata, o La enciclopedia de los sabores, o Comimos y bebimos, de Ignacio Peyró.

Lo que ya no es amor, no sé si llega al  odio, pero sí al terror, es el libro de mi tocaya Barbara Cartland, que descubrí gracias al genial comidista López Iturriaga, dedicado a la cocina del amor: The romance of food, un recetario espeluznantemente cursi, que contiene de todo menos amor.

Ilustrado con fotos ochenteras para acompañar unos platos llamados gozo de dioses o  fuego del amor la escritora romántica le hace un homenaje kirsch y rococó al mal gusto clásico, donde no faltan  las figuritas de cisnes, angelitos y pastorcillos al más puro estilo Lladró. 

El libro promete “revivir incluso al amante más cansado y poner una canción en el corazón del más arrebatado”.Y dice perlas como  “qué mujer no suspira por ser llevada como un cordero en los brazos del hombre que ama”.

Ay, como para revolverte el estómago.

Y es que, al final todo es una cuestión moral si te fijas. Victor Hugo decía que Dios encomienda a la indigestión la tarea de hacer moral en los estómagos.

Por el contrario, una buena digestión es una forma de amor. 

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