En la Comunitat Valenciana, entre campos de naranjos y la brisa del Mediterráneo, hubo siempre una riqueza que trasciende el paisaje. Fueron los tesoros autóctonos de la tradición gastronómica, sellos de identidad únicos. Els cacuets del collaret, las naranjas navelina, la chufa, el arroz de la Albufera, los algarrobos, els tramusos, la regaliz, con una paleta de sabores cuidadosamente preservada por la propia vida y la naturaleza a lo largo del tiempo. En un tiempo donde sin aún ser consciente, el consumidor valoraba y pagaba por la cualidad no por la cantidad; donde se consideraba una riqueza de pertenencia y no una forma de enriquecimiento aun a costa de desvirtuar y corromper estos tesoros hasta convertirlos en comida veneno.
Sí, los tiempos han cambiado mucho, y no trato de romantizar el «todo tiempo pasado fue mejor», pero de ahí a normalizar el consumo de venenos «legales» y a enmascarar la verdad sobre las «supuestas naranjas valencianas» con las que la inocencia de la gente bebe el 95% de los zumos que se ofrecen diariamente en algunas cafeterías y supermercados, o las que cargamos en la cesta compradas en las grandes superficies —incluso las que pensamos que son naturales— por ser compradas en un «mercado», esto no nos lo vamos a callar.
Sé que de la misma manera podría enumerar una lista interminable de especias y alimentos de dudosa procedencia, como lo que le da color al colorante que se le pone en la paella, lo que hace que las uvas de nochevieja no tengan pepita, el por qué hay panes a los que no les sale moho ni envejecen, y parecen embalsamados por años vendiéndose como el «pan de cada día» pero no, hoy me voy a detener en eso que nos representa, naranjas y chufas o zumo de naranja y horchata.
Me fui en busca de las joyas anaranjadas de los campos valencianos para escribir una historia que las honrara, y honestamente ha sido una faena colosal, no podía dar crédito, no existen lugares en Valencia donde tomar un buen zumo de naranjas ecológicas libres de agroquímicos. Por supuesto que las que cultivas en tu campito a nivel personal felizmente lo son y poco más.
Porque la historia no termina con insecticidas y demás químicos sistémicos que ya el árbol transporta desde sus raíces al interior del fruto, no, el mayor peligro se encuentra en los químicos post cosecha que llevan en la piel. Son aditivos y fungicidas que tienen como cometido que estas piezas se mantengan intactas, brillantes y apetecibles, enceradas durante muchooooo tiempo.