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gastronomía de pueblo

La España holgada

Vilafranca del Cid, tan lejos y tan cerca

Por | 24/01/2020 | 5 min, 53 seg

Desde que leímos la España vacía, de Sergio del Molino, que sabemos que nuestro país es un desierto con unas cuantas ciudades como espejismos. Que a lo largo y ancho de la piel de toro, es más fácil encontrarte con un toro o con el eco de tu propia voz que con vida humana. Que no hay país con una capital más rodeada de kilómetros de pura nada que el nuestro.

Sí, es la España vacía, la España vaciada, corrigen buscando responsables, un territorio que haría las delicias de los colonos americanos a la conquista de nuevas tierras.

Nosotros solemos ir a Vilafranca del Cid, que no sé si es la España vacía pero desde luego sí es la España holgada, con 2200 habitantes y un vasto monte, hogar de corzos, liebres, zorros, o jabalíes.

Nada más llegar al pueblo, es habitual una visita al Bar moderno mientras se calienta la casa.

El bar Moderno no tiene nada de moderno aunque tiene un techo modernista, como el edificio, y fotografías antiguas de gente del pueblo en blanco y negro que cuelgan de las paredes.

El bar moderno lo lleva Vicent, con aplomo. Con una sola mirada, sabe lo que quieres.

Sirve licor de boletus, vermú casero, vino macameu, y hace su propio aceite, aliña sus aceitunas. Lo mismo te ofrece una torrà de carne y embutido que una carrillera al vino tinto o un lenguado relleno de queso ahumado. Cuajada o un flan de almendra que tiene más almendra que leche de postre. Y todo, todo está bueno.

En la barra, como en cualquier bar, se acoda el típico bebedor que pasa allí las horas, sorbiendo vino tras vino, hombres que han trabajado duro, y que ya solo se dedican a beber, duro también, manteniendo la dignidad en la derrota, como esos vaqueros a un duelo de la muerte.

Lo mejor es que lo hacen sin ruido, hablan mucho pero no hacen ruido.

En el bar Moderno no solo se come o se bebe.

En el bar Moderno te dicen si tienes que salir ya, antes de que te atrape el nevazo, te cuentan de rutas, de lugares de setas, de dónde las endrinas, de cuándo bajarán los troncos en Sant Antoni, de si el bicarbonato con un trago de vino resulta más efectivo.

No a todo hay que hacerle caso, claro, pero el bar, además de historia viva del pueblo, es la mejor forma de socializar si eres forastero, es el abrazo que toda oficina de turismo querría dar. 

Y un día, lo mismo se pica uno que es de Toledo y pesca pulpos, y en un momento dado se sube a casa y baja un plato de pulpo que pone sobre la barra como si envidara al mus.

Y otros te invitan a una ronda, y tú la devuelves, y ellos la devuelven y ya ni comes.

Lo mismo Vicent te da una cuajada para que la pruebes en casa, o te pone una tapa de sepia con alcachofas.

En el bar moderno siempre hay brasas encendidas.

Y gente amable y respetuosa, incluso si lleva unas copas de más.

Resulta entrañablemente antiguo llamar a un bar moderno.

En general, se come muy bien en la España holgada. En el mercado de fruta y verdura de los sábados de Vilafranca, no encontrarás piezas que sepan a plástico como en los supermercados de la ciudad. Y el otro día nos sorprendieron más de cien vacas en la carretera. Al girarme, reconocí a la pastora: es la carnicera a la que le solemos comprar. El otro carnicero, Just, donde también compramos, se abastece de los corderos de las masías de alrededor.

Y todo más barato que en la ciudad.

No hay allí margen para cocinar mal en los bares, en el pueblo no tardaría en correrse la voz. Tampoco hay excusa para traer productos industrializados de baja calidad escudándose en lo barato, ya que llevarlos hasta allí los encarece.

Las cosas de toda la vida se siguen haciendo:  el bolo, los napoleones, los pastissets o los rollets d’aiguardent.

Pero también hay cocina de autor, y de un maravilloso nivel, en l´Escudella, puedes saborear un carpaccio de langostino, con dátiles verdes y wasabi del mediterráneo, o una tartaleta de sésamo con cebolla a la llama, salmonete marinado y caviar cítrico.

En la Taverna del Forn, bajo el museo de la piedra en seco, un arròs de canyuts i ortigues o una pepitoria de pularda.

Y sin embargo, en el imaginario colectivo, la vida en el pueblo son cuatro viejos aislados con cara de asesinos de Puerto Urraco, un escenario más bien postapocalíptico donde solo resta languidecer en solitario hasta desaparecer entre la niebla.

En el imaginario: paletos, aislamiento, incultura, cotilleo, aburrimiento y atraso.

En la realidad de Vilafranca, justo lo contrario.

La globalización parece haberse tragado todas las distancias, hoy Nueva York está a un paso, Shangai a dos, pero lo cierto es que sólo ha acercado algunos lugares y ha alejado otros que paradójicamente están a un tiro de piedra.

El otro día vi la peli española El autor, donde un profesor de escritura interpretado por Antonio de la Torre, le decía al protagonista, Javier Gutiérrez, alumno del taller: ¿por qué mierdas tus personajes se llaman James o Amy? Ahí no hay verdad, no hay verdad. Me reí mucho.

Aunque me entristece que sintamos tan cercana esa cultura que consumimos de forma masiva y tan lejana a esa España holgada, tanto que casi resulta un misterio para nosotros.

Tanto posmoderno viajando a una aldea vietnamita, o a un poblado senegalés para vivir lo auténtico cuando no tiene más que ir a Simat de la Valldigna por ejemplo, hacerse una casalleta y un esmorsar y charlar con la gente del bar para conocer otro mundo.

Nadie pretende que en la España holgada y rural todo sean ventajas, faltan infraestructuras, servicios básicos, oferta cultural – Vilafranca este pasado año ha sido capital cultural de la comunidad- pero tampoco todo inconvenientes, como parece apuntar el cenizo relato colectivo.

Ya, pero no tener un teatro cerca… Si no has ido al puñetero teatro en quince años, ¿y el cine? Si ya solo ves Netflix en el ordenador, igual que la pastora del pueblo vecino, que lo ve en el móvil. Si apenas sales del barrio, donde vives hacinado en un minipiso como si fuera una mansión ducal, donde pagas una fortuna por comer comida ecológica.  

No es mejor ni peor vivir en la España holgada, lo que sí parece un delito es desconocerla estando tan cerca.  

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