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 SILLÓN OREJERO 

La inteligencia corrosiva de Rutu Modan

Hay historias, sea en cómic, cine o literatura, que ayudan a vivir. Fundamentalmente, suelen ser las que recurren al humor. Entre ellas, están las que saben frivolizar con la tragedia y el dolor sin perder nunca la perspectiva la sonrisa. Una escuela narrativa donde la tradición judía se reveló en su día como magistral, especialmente en Centro-Europa. Los cómics de Rutu Modan son el máximo exponente de esa clase de inteligencia abrasiva que cruzaba géneros literarios para descolocar al lector

12/03/2018 - 

VALÈNCIA. En Centro Europa y Balcanes hay una tradición literaria de mezcla de géneros, generalmente tragedia y comedia, que es difícil encontrarla en otras latitudes. Se la califica de humor negro, pero es algo más profundo y tradicional. Aquí, si acaso, nuestro Luis García Berlanga podría ser un ejemplo, pero más pasado por el tamiz mediterráneo. Porque el secreto de las grandes historias que llegan de esas latitudes, alguna vez se ha dicho, no es otro que la tradición judía.

Si en el mundo del cómic hay un exponente de ese estilo es el de Rutu Modan, una autora inclasificable, retorcida, divertida y dura. El año pasado publicó en Fulgencio Pimentel La cena con la reina un cómic basado en una conversación que tuvo con su hija sobre sus modales en la mesa. La niña espetó que la reina de Inglaterra le había dicho que comía perfectamente después de que le afease sus maneras con un "¿Harías lo mismo si estuvieras cenando con la reina de Inglaterra en el palacio de Buckingham?" Este cómic apareció con ella como autora consagrada.

Sin embargo, si hay una obra donde destila todo su humor negro es en Jamilti y otras historias (Astiberri, 2016). La recopilación de sus primeras historietas, donde dispara a todo lo que se mueve sin piedad. Es absolutamente punk, pero con una sutileza y una inteligencia bastante más elevadas.

 

El primer capítulo de este recopilatorio de pequeñas historias da donde más duele, a los músicos. Cuando un autodenominado artista monta un grupo que no llega, que se queda en nada y no triunfa, puede que le sigan algunos balas perdidas e incluso que se proclamen sus fans. Que a nadie le quepa duda: Son lo que más odiará el músico, por mucho que diga que les quiere y que le han llenado con su cariño. Cuando alguien comete una impostura, el principal sorprendido si alguien se la cree es él mismo.

En este álbum Moldan se mofaba de un artista alternativo al que le montan una gira fuera de Israel y, a llegar a Inglaterra, descubre que la promotora es una simple ama de casa con una obsesión por un cedé que su marido se ha dejado en casa tras abandonarla.

Hay un toque de Clowes o de Tomine en una historia así, basada en el patetismo. En las ínfulas de los que quieren elevarse por encima de los que les rodean molando mucho, pero no pueden. No obstante, la israelí resulta especialmente bestial, donde los estadounidenses tienden a ser solamente decadentes.

Siguen a este relato un delirio sobre una madre curandera y otro a lo Woody Allen, sobre un cirujano plástico que se enamora de su hijastra -ya saben, aquello en lo que nadie reparó en su día y por eso nos ha pillado a todos por sorpresa su relación con las mujeres jóvenes-. La que cierra el álbum trata sobre un misterio de asesinatos en serie. La resolución del caso, encargada a un policía, que sigue la pista como en cualquier novela negra, juega con el contraste del noir y la especialidad de Rutu, las relaciones familiares. No destriparemos nada de calado.

El caso que se trata de resolver con mucha preocupación por la policía y los detectives, se debe a un conflicto de lo más nimio entre una madre y su hija. Tanto en este relato como en su aclamada obra Metralla (Astiberri, 2015) ese aspecto familiar siempre está presente. No en vano, su blog en el New York Times, Mixed Emotions va sobre experiencias propias familiares. Asegura que son en un 98% ciertas.

 

Muestra a madres que dejan en ridículo en sus hijas a las primeras de cambio. Procaces, obsesionadas con que se emparejen y, del otro lado, una visión sufridora o vengativa de esa presión. Esta historieta que cierra Jamilti es de lo mejor que le ha pasado al cómic en muchos años. Quizá hay algo de cosecha propia. En El Cultural, confesó que sus padres la presionaron para que se hiciera doctora, ser artista no era algo normal en su familia. Se rieron de ella cuando les dijo que iba a ir a clase de arte. Ambos son médicos de prestigio. De hecho, nació en una especie de ciudad de médicos y creció allí hasta los 11 años. Un barrio de galenos para que estuvieran cerca del hospital y se les pudiera llamar en cualquier momento. Algo que no es extraño en un país que ha estado metido en guerras y ha sufrido ofensivas terroristas.

Sorprende que esta maravilla de cieñtas surgieran en Israel, donde la autora ha comentado en entrevistas que no hay más que dos tiendas de cómics. En realidad, la viñeta es un género vivo como ninguno en Oriente Medio, tanto que hay dibujantes que han sido encarcelados, pero ella se ha mantenido contra viento y marea hasta alcanzar el mercado exterior. Por ejemplo, 1994 dirigió la versión de Mad para Israel y tuvo que cerrar en un año por falta de ventas.

Pero ganó un premio Eisner con la aludida Metralla. Se repetía una temática que al lector del exterior le pilla a pie cambiado: los atentados terroristas. Pero no es extraño, si uno está familiarizado con la cultura israelí, que estos se muestren como parte del paisaje. Como algo cotidiano. Por escalofriante que pueda parecernos.

 

Un director de cine, Eytan Fox, por ejemplo, trató el fenómeno en un enredo almodovariano en Ha- Buah (La burbuja, 2006) En el caso de Rutu es similar. La historieta que da nombre a Jamilti se basa en la humanización del terrorista hasta en las circunstancias más extremas, cuando ya ha masacrado a sus objetivos civiles. La autora es valiente y casi podríamos decir suicida con este tipo de planteamientos.

Sin embargo, para ella no hay drama. Desde niña, en el aludido barrio en el que vivía alrededor de un hospital, veía llegar en helicóptero a los soldados heridos desde la guerra del Yom Kipur. Para ella eso era algo cotidiano. En una amplia entrevista en The Comics Journal contó que en una ocasión, de niños, cogieron para hacer cabañas madera de las los ataúdes de los soldados. Como lo más natural. El humor negro le viene de lo más profundo y arraigado. De su vida. Otro de sus trabajos que se pueden leer online es War Rabbit, un viaje con un periodista que hizo a la frontera de Gaza en el conflicto de finales de la década pasada. En la citada entrevista declaró que no aspira a explicar lo que ocurre en Israel y Palestina a los europeos, ella ama a Israel tanto como lo odia, y bastante tiene con entender ella qué ocurre. Su propósito es loable, no pensar en la audiencia cuando dibuja -en el quedirán- sino en contar la verdad honestamente desde su punto de vista. Es preferible el debate y no llevar razón que callarse. Como ella misma dijo en El Mundo a raíz de los ataques a la libertad de expresión que se han producido en Israel: "Ya no hace falta la Policía. La gente va a dejar de manifestar sus opiniones porque puede ser atacada. Vivir en un mundo donde no se pueden cometer errores o decir cosas estúpidas es muy peligroso".

En Metralla todo partía también de un atentado. Un chico no sabía si había perdido a su padre o no. El hombre era un vivalavirgen y podía haber desaparecido por cualquier motivo. Como en la canción de Peret. Con desgana, desfilando ante nosotros arribistas de toda clase, termina investigando qué ha podido pasar. Le acompaña la última novia de su padre, que casualmente tiene su edad. Todo es fascinante en esta novela gráfica. Revienta tabúes en cada viñeta.

Como la autora, con una línea clara contundente y desacomplejada. Se produce un contraste entre un dibujo muy básico y una profundidad y complejidad de los personajes fascinante. El ritmo fluye como la brisa y absolutamente nada es previsible.

Rutu dice que de niña dibujaba constantemente de forma natural, pero que no volvió a hacerlo hasta después del servicio militar. Durante la adolescencia intentó ser. en sus propias palabras, "convencional", pero no pudo, se lamenta irónicamente. La creemos.

 

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