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tú dale a un mono un teclado / OPINIÓN

La libertad y las mierdas de perro

Foto: EFE
18/10/2018 - 

Tengo un vecino que baja siempre andando las escaleras de mi finca, no sé si por recomendación médica o por fobia a los ascensores. El caso es que su colilla de tabaco negro acaba día sí día también en la puerta de mi casa. Al parecer, el cigarro le dura justo hasta llegar a mi puerta y allí es —según una lógica que debe parecerle aplastante— donde tira su colilla: sobre mi felpudo. Cuando abro la puerta para salir, lo primero que veo es su boquilla rechupada. Vivo en un primer piso: le costaría un minuto tirarlo en la calle y, ya puestos a hacer las cosas bien, un minuto y medio tirarlo en una papelera. Pero no, lo tira delante de la puerta de mi casa. Hace unos años había alguien que tiraba sus colillas en mi galería, sobre mis plantas. Alguien distinto pues fumaba rubio. Y me gustaría pensar que son dos capullos egoístas pero creo que es peor: creo que ni siquiera se dan cuenta. Que tiran sus cigarros en las petunias del vecino, en la playa o en un parque infantil sin conciencia de lo que están haciendo. Les parece normal, no lo piensan. Y ese es el mayor problema. Que no es un problema individual sino social.

El principio del daño de John Stuart Mill dice que cada individuo tiene derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros. Pero aquí no hemos leído mucho a Stuart Mill, digan lo que digan los currículos sobre nuestro nivel de inglés.

Muchos españoles tienen otra idea de la libertad: hacer lo que me dé la gana donde me dé la gana y a quien le pique que eche a correr. No conocen a Stuart Mill pero conocen al bandolero Juan Palomo, que él se lo guisa y él se lo come. Porque el español es de carácter individualista. Lo decía Hume y lo decía Ortega y Gasset y lo decía Unamuno y lo decía Menéndez Pidal, este último sonriéndose como el abuelo que le ríe las gracias al nieto gamberro. Individualista por naturaleza. O más bien egoísta por naturaleza, llamemos a las cosas por su nombre. Demasiado tiempo hemos tenido como modelo del carácter hispánico a guerrilleros, pícaros, caciques y bandoleros. Nos sentimos orgullosos de nuestros Lazarillos, de nuestros Curros Jiménez y de nuestros Fabras, hombres cuyo concepto de la libertad no es social sino profundamente individual: hago lo que quiero donde quiero. Por eso el español habla con el móvil a gritos en el tren o se enciende un cigarro aunque haya niños delante o bebe antes de conducir —¡Viva el vino!− o lanza la lata de refresco vacía por la ventanilla del coche o habla en voz alta en medio de una película del cine. ¿Pensó Menéndez Pidal en colillas, latas y móviles cuando cacareó todo aquello del individualismo hispánico, que “nos hace uno de los tipos humanos más originales de Europa”? Claro que no. Él pensaba en valientes guerrilleros luchando contra centuriones romanos y generales franceses, en pícaros simpáticos con más salero que los de Cádiz, en la familia Fabra haciendo favores al pueblo llano (porque-yo-lo-valgo) o en el pirata libre del poema de Espronceda que iba viento en popa y a toda vela. Lo que no dijo Menéndez Pidal es que tanto bandoleros como piratas eran ladrones asesinos, que Lázaro de Tormes era un timador, que Fabra acabó en la cárcel y que la guerra de guerrillas no fue una estrategia bélica, sino el resultado de que ningún cacique local fuese capaz de entenderse con otro cacique vecino, recelosos el uno del otro.

¿Saben dónde está el verdadero individualismo español? En las mierdas de perro diseminadas por las aceras, convirtiendo España en una Camboya de heces. Nuestro uso de la libertad individual es terriblemente atrasado y egoísta. Porque no, en serio, viajen un poco, no todas las sociedades son iguales. Hay países donde silencian el móvil para subir al metro. Donde no fuman si hay gente delante, incluso en el campo. Donde se guardan en el bolsillo los envoltorios de los chicles si no hay papeleras cerca. Donde los políticos no hacen apología de beber antes de conducir ni hablan del aeropuerto del abuelo. Hay países —muchos— donde puedes caminar con la cabeza levantada, bien alta. En el nuestro por desgracia todavía no, no sea que chafemos una mierda de perro.

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