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‘La paloma’ de Süskind, un breakdown mental con final feliz

Esto que nos sucede ahora es muy nuestro, pero no absolutamente nuevo, tal y como podemos comprobar en esta novela descarnada y algo terroríficamente del autor de El Perfume

3/01/2022 - 

VALÈNCIA. Como si se nos estuviese poniendo a prueba: no extremadamente terrible, ni mucho menos plácido. El escenario es todo el tiempo incómodo, amenazante, irritante, desesperanzador. Que si la rana en la olla y el agua que hierve poco a poco, que si el reloj del fin del mundo. Pero el mundo no se acaba, solo nos acabamos nosotros. En la red del pájaro azul —¿nacido del huevo teatral de Maeterlinck, de la película estadounidense-soviética de Cukor?— se desbaratan las mentes de múltiples formas: es tanta la agresividad que uno la encuentra hasta en la ayuda, tanta, que tiene forma de lago ardiente de las almas en la capital infernal Pandemónium. La sustancia emocional lo permea todo: nada queda fuera de su alcance. La verdad es una cuestión emotiva: todo depende de las emociones que genere y de los prejuicios que uno tenga. En casa, un electrodoméstico nos radia con estrés si lo encendemos en hora punta. En la calle, nuevas normas cívicas que nos encierran en nosotros mismos, y más allá de ellas, un virus. Un virus disruptivo en la era de lo viral. El virus es viral, por partida doble. El virus es noticia permanente. El virus ha cogido el testigo en la carrera de relevos de las crisis mundiales. Por el momento le va ganando a todo lo demás, al menos, desde nuestra perspectiva. Porque hay lugares en los que la variante ómicron es un problema tan escaso en comparación con lo demás que no hace saltar las alarmas, porque ya no quedan ni alarmas. En todo caso, suma y sigue. El mundo humano ha pisado el acelerador a fondo y ya no se puede disimular el traqueteo sobre los raíles. ¿Será el cambio climático el obstáculo que nos haga descarrilar? ¿Otro virus? ¿Cuánto tiempo estaremos descarrilando? ¿De qué trabajaremos cuando las IA y los robots copen todos los trabajos? Este es un poco el tono y el ritmo. Así no hay quien se levante de la cama tras una noche sin dormir. 

Nah, pero no es tan nuevo como puede parecer. Es cierto que el paisaje es muy singular, muy de este tiempo, pero la gente también se rompía antes de un modo muy parecido. Lo que pasa es que entonces no existían las redes sociales y nadie iba a Twitter a escribir un hilo sobre su pesar. Lo que sí se hacía era escribir libros. Libros como La paloma, de Patrick Süskind, autor de El perfume, uno de las más grandes obras de la literatura. Sin ser una historia tan conocida, La paloma es una lectura interesante que se puede encontrar en una bella edición añeja de Seix Barral con traducción del alemán de Pilar Giralt Gorina. Es interesante porque es la crónica de un colapso, de un ataque de pánico, de eso que ahora hemos tenido a bien llamar —a la anglosajona— mental breakdown. Ua crisis nerviosa que puede sobrevenir en la oficina —la oficina es un lugar muy dado a ello—, en casa —por ejemplo, un domingo, antes de tener que volver a la oficina—, o haciendo la compra en un supermercado. Se hacen muchos memes al respecto para ponerle un poco de humor al asunto. Memes en los que alguien se rompe en medio del trabajo pero luego recuerda que no ha nacido rico y que no se lo puede permitir. Cuando la grieta ya está demasiado abierta, claro, uno no puede decidir nada: se cae dentro sin remedio. Hasta que eso ocurre, se camina sobre ella como buenamente se puede. No parece que La paloma de Süskind sea autobiográfica, al menos hecho por hecho: en el libro, un vigilante de seguridad cuya estoica rutina de décadas le protege de un mundo que considera hostil, ve como todo se viene abajo ante la aparición de una siniestra paloma. Lo que sí parece es que Süskind sabía de qué hablaba. 

El pobre vigilante comprueba en sus carnes cómo hasta una sencilla paloma puede ser la gota que colme el vaso, el detonante de una cascada de reacciones psicológicas que lo llevan del pavor a la parálisis, y de ahí a la vergüenza, a la huida, a la desesperación. Un pájaro. Claro, el pájaro es lo de menos. Fue un pájaro como podría haber sido un grillo —un grillo, en realidad, sí puede resultar desesperante—. Podría haber sido un ruido constante del vecino. Una manera de masticar. Un perfume concreto —un guiño süskindiano—, una manía ajena, una mancha inoportuna en la camisa en el peor momento. El destino aprieta el gatillo. Fundido a negro. Fundido a neón. Todo el peso del siglo XX en La paloma o del XXI en nuestra paloma particular recae sin previo aviso sobre los hombros. Es demasiado peso. Y también afloran los sinsabores vitales, las decepciones, los errores, las carencias, los peligros, los miedos, las amenazas. El siglo en sí no es ni bueno ni malo. El vigilante de Süskind ha renunciado a mucho con tal de dar con un refugio seguro, aunque sea una minúscula habitación de siete metros cuadrados. Aunque su hogar sea poco más que un ataúd urbano. Es su ataúd, su madriguera: cuando entra en ella se acaban los sobresaltos. El vigilante tampoco paga barata la vivienda, pero tras asistir al horrible espectáculo ofrecido por un clochard haciendo aguas mayores entre dos coches, tiene una revelación: “Cuando Jonathan llegó a la conclusión de que la esencia de la libertad humana consistía en la posesión de un retrete comunitario y que él disponía de esta libertad esencial, le invadió un sentimiento de profunda satisfacción. ¡Sí, había acertado al organizar su vida de este modo! Su existencia era un acierto total. No había en ella absolutamente nada que deplorar o motivo alguno para envidiar a otros […] Había encontrado la serenidad de la esfinge”. La había encontrado, hasta la llegada de la paloma. En su caso y por suerte, eso sí, hubo final feliz. 

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