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Las dos Españas del streaming

23/11/2020 - 

Hay dos bandos no enfrentados por las streaming wars: el de los suscriptores y el otro. Las batallas no las libran estos dos grupos, pero sí sufren sus consecuencias. La guerra enfrenta a las plataformas de contenido que se pelean entre sí por cada abonado y a quienes han prometido algo propio de la economía del siglo XXI: <<si no me quieres, vete. Sin acritud ni confusión en los pagos>>.

El manejo del big data y de un marketing superlativo logra que, pese a que tu poder adquisitivo no te lo permite, quieras quedarte en Netflix, Amazon Prime Video, Movistar+, HBO, Filmin y Disney+. ¿En todas a la vez? Si incluimos podcast de pago, alguna más. Porque acceso, desde hace tiempo, es sinónimo de aprendizaje. Como cuando el reto era saber leer y tener los libros. Para cuando ese hecho es una realidad, el lugar donde ese tránsito sucede se asemeja más a YouTube que a una biblioteca.

Pongamos por caso las bibliotecas antes de que vayan a insultarme a Twitter. Tarde y mal, se extendieron por nuestro país. De la demora, por motivos de pobreza ideológica, pasamos a la explosión e inauguración de muchas de ellas como respuesta esencial y, más tarde, estético-política. Quizá no lo sepa, pero en València capital hay más de 40 si incluimos las propias del Ayuntamiento (33), Generalitat y las de las universidades. Todas públicas. No hay 40 polideportivos públicos, ni 40 escuelas de mayores.

Las bibliotecas son motores del conocimiento. Tienen un uso intensivo, según el barómetro de la ciudad, pero su uso tiene que ver, sobre todo, con el espacio, como sala de lectura (por no decir, de estudio de oposiciones). De hecho, la sala de lectura es el servicio más demandado de las bibliotecas y no solo en el caso valenciano. Ahora, parece, podría sumarse otra motivación: falso coworking público, teletrabajo cerca de casa. Al préstamo solo le faltaba 2020, donde los ejemplares que entran y salen han de pasar cuarentena.

Desde lo empírico-familiar, pregúntese: ¿dónde aprendió su sobrino, su hija o su tío eso que en la última sobremesa le dejó con la boca abierta? ¿No sería en un video online, precisamente? Y lo hizo cual Marlow por África: superando o sucumbiendo a fake news, conspiraciones y posverdad, sin que a nadie en los estamentos públicos les parezca que eso tiene que ver con ellos. También, en dosis de 15 a 60 segundos, algo que no podía imaginar Platón cuando insistió en el poder de la “lectura atenta”, profunda, intensa.

La lectura atenta platónica sigue siendo útil. Pero en un mundo que consume horas de contenido diario al estilo Tik Tok y un par de libros al año, pese a la jungla, cabe aceptar que el lugar para la transmisión de conocimiento no solo es otro, sino que tiene otras formas. La pista es que, en paralelo, pocos sectores económicos son más boyantes que la formación no reglada online. Videos de calidad, podcast, audiolibros y libros digitales adaptados que amenazan incluso a las mastodónticas universidades online. Y aquí va la pista: dos Españas, dos sociedades: a un lado y otro, quien puede pagar por un contenido curado y quien sobrevive a machetazos en mitad de una jungla alimentada por la cesión de datos personales a terceros. La era del capitalismo de la vigilancia.

Toda estas vendas las escribo en párrafos cortos y no es por casualidad. Las escribo con el margen de atención permitido antes de descubrir la herida, la parte por el todo, que es a lo que voy: el caso Patria. La serie original de HBO en España no solo ha adaptado magistralmente el best seller de Fernando Aramburu, sino que se ha convertido para crítica y suscriptores en “la mejor serie española de la historia”. Para sorpresa de pocos, se estima que HBO no alcanza los 1,5 millones de abonados aquí. Entonces, ¿quién tienen acceso a la suturación de una herida social compleja a través de la ficción?

Patria no es un caso aislado. Multipliquen conmigo: silenciado por su éxito, Amazon Prime Video ha lanzado una serie documental tan ambiciosa que resulta impensable para los intereses del duopolio televisivo español y los presupuestos de las públicas: El desafío: ETA. Ya solo su serie adicional de podcast (Audible) es una suma de riqueza social impensables para las radios convencionales. Todo ello, pagando. Pero sigo: en Movistar+, La línea invisible en formato de miniserie de ficción y podcast documental (este de acceso gratuito). Mis contenidos favoritos son otros: por su original enfoque y beber de la mejor televisión actual, la miniserie ETA: el final del silencio (Movistar+), pero también El fin de ETA, que estuvo en Netflix y desapareció de su catálogo para nunca volver. Sí permanece la original Fe de etarras, una comedia fallida con buenos mimbres. Atresmedia ofrece su particular sanación audiovisual, pero solo a través de pago (El instante decisivo, Atresmedia Player) y entre Filmin y FlixOlé podemos encontrar pelis como Yoyes, La piel contra la piedra o Negociador, entre tantas otras.

La suma de estos ejemplos, como transmisión de conocimiento desde los hechos a la ficción, ofrecen una visión tan plural y desacomplejada del conflicto vasco que podrían ser un bien de servicio público. Pero no lo son. Las plataformas no están creadas como trampolines al acceso de un conocimiento universal, aunque sí global. La diferencia entre un adjetivo y otro es el quién, no el cómo. Ante una grave recesión económica, como la que se aviene, ¿quién quedará a un lado y otro de las streaming wars? Los videos de 15 a 60 segundos y la jungla intermedia son, a corto plazo, la solución de uso común. No desconfíe de su hija, sobrino o tío si se pasa horas navegando por YouTube. También está aprendiendo, aunque solo puedo hacerlo a machetazos.

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